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Comer menos carne, insisto


Decíamos ayer que hay que comer menos carne, y que la respuesta del Presidente Sánchez a su ministro era una estupidez de la que debería retractarse de manera notoria. Como respuesta, y en una hábil maniobra de distracción, el propio Sánchez ha puesto patas arriba su gobierno intentando eludir la cuestión de fondo, pero no ha sido posible y sigue ocupando la atención de los medios…

Dejemos de fantasear, aunque hubiese estado bien, ¿verdad? Es un debate de calado, y no parece que tengamos políticos para tenerlo, ni medios de comunicación para sostenerlo. Hay una cita de Carl Sagan que explica esta realidad (y muchas otras): “Hemos organizado una sociedad basada en la ciencia y la tecnología en la que nadie entiende nada de ciencia y tecnología. Y esta mezcla inflamable de ignorancia y poder, tarde o temprano, nos va a estallar en la cara”.

Volviendo al tema de la carne, quedó una pregunta en el aire ¿Y qué pasaría si se produjera una reducción del consumo en el sentido preconizado por el ministro? Y ya puestos ¿sabemos qué pasa si seguimos igual y no hacemos caso? Es un saludable ejercicio pensar un poco en como estamos y en una actuación alternativa.

Seguir igual no es precisamente quedarnos en el paraíso: implica agravar los problemas de salud asociados a enfermedades coronarias y metabólicas y, como apuntó el ministro (y la larga lista de instituciones que mencioné), supone también sobreexplotación hídrica, emisiones de gases de efecto invernadero, desarticulación de las economías rurales,… y todo lo que implica nuestra actual máquina de consumo. El “business as usual” (los negocios como siempre) es el origen de nuestros problemas ambientales. Frenar la progresión del cambio climático supone, entre otras cosas, cambios profundos en nuestra forma de vida, y este es uno.

No es casualidad, como mencioné en el artículo anterior, que en el documento de prospectiva a 2050 que el Gobierno lanzó hace pocas semanas ya se avanzara esta necesidad. Como también mencioné, la ley de cambio climático incluye una politica agroalimentaria (art. 22) vinculada a la lucha contra el cambio climático. En uno y otro caso, y como el IPCC lleva señalando desde hace muchos años, la industria agroalimentaria es responsable directa de un porcentaje significativo de las emisiones directas, pero lo más grave son las indirectas: todas aquellas que induce por el modelo de distribución y consumo imperante.

Llenar nuestras neveras de carne implica tener granjas cada vez más grandes, aunque esto no implica que tengan más tamaño, sino más animales. Debería haber escrito “granjas cada vez más pobladas”, y para entender de lo que hablo pondré un ejemplo: Noviercas (Soria), un pueblo que no llega a 200 vecinos y en el que se va a instalar una macrogranja para 25.000 reses. Para que nos hagamos una idea de las dimensiones, una granja media en Castilla y León tiene unas 50. Es fácil suponer lo que viene detrás: una granja media suele estar regentada por una familia, una de 25.000 tiene a una empresa con muchos empleados. Abrirla supondrá desplazar a unas 500 explotaciones, seguramente más, repartidas por toda la región, a cambio de un solo centro de trabajo que difícilmente tendrá algo más de unas decenas de empleos. Esas granjas que se pierdan agravarán la ya crítica situación de nuestro medio rural, pues desarticularán las economías locales en las que se ubican: dejarán de abastecerse en la zona, lo que ahondará el problema de la falta de actividad y la despoblación. Esta es la parte económica y territorial del problema, veamos ahora la parte ambiental.

No es lo mismo una granja en Asturias con 20 vacas, que andarán pastando por los prados, que la proyectada en Noviercas, donde los animales estarán estabulados (el video de Greenpeace es esclarecedor). La concentración es posible a base de gastar en materiales y energía, y acumular cantidades ingentes de residuos. Una vaca lechera “industrial” supone gastar entre 6 y 7 barriles de petróleo para su cria (más de mil litros), y adicionalmente emitirá unos 70 kilos de metano al año (algunas estimaciones elevan la cantidad a 90). Si esas cifras las multiplicamos por 25.000 tenemos que la cria supondrá gastar tanto petróleo como el que genera el tráfico de la ciudad de León en un año, y las emisiones de metano son equivalentes a las del tráfico de la ciudad de Valencia en un año. No voy a abundar en más cifras, aunque las del agua son también interesantes, por no mencionar el asunto de los residuos. Y dejo a la imaginación del lector lo que implica alimentar a esos animales: centenares de hectáreas destinadas a cultivos específicos.

Ese proyecto es todavía eso, un proyecto, pero el sector agroindustrial lleva décadas caminando hacia ello: el promotor es una cooperativa que ya tiene macrogranjas con 5.000 animales, así que estamos pasando de grandes instalaciones que son 100 veces más grandes que la media, a otras que lo son 500 veces. Estas cifras ponen de manifiesto cuál es la naturaleza real del problema.

No es posible consumir tanta, y de la forma en la que se obtiene. Comer menos y de más calidad significa observar el origen y adquirir la que tenga una producción extensiva. Un reproche habitual que suelo oír al decir esto es que esa carne es más cara y no está al alcance de todos. Entonces subrayo el concepto comer menos, que es lo relevante de esto (para llegar a un presupuesto similar). La trampa argumental está en dar a entender que estamos haciendo una discriminación vía renta, que un modelo extensivo y ecológico es para ricos, y se obvia la cuestión de que no podemos seguir con las mismas cantidades, es simplemente insostenible.

No resulta difícil deducir qué pasaría si seguimos por el camino de menos cantidad y producción extensiva. Animaríamos a recuperar pequeñas y medianas explotaciones ganaderas, que obviamente tendrían un carácter familiar. Sería difícil que prosperaran los grandes proyectos, porque los márgenes de beneficio serían estrechos. Esto beneficiaria a muchas zonas rurales de España, que verían de nuevo revalorizada una actividad ecológicamente importante como es la ganadería extensiva. Su recuperación impulsaría actividades asociadas a la misma (la primera transformación, sobre todo) y animaría la vida de muchos pueblos.

Visto todo esto, las actitudes y respuestas de algunos presidentes regionales son incomprensibles, más aun si tenemos en cuenta que sus políticas de desarrollo rural siguen la línea que acabo de trazar. Tal vez ha sido un problema de comprensión lectora, confiemos que pasajero. Para quienes no lo tengáis y os haya parecido interesante el tema, recomiendo visitar carrodecombate.com, el blog de un colectivo de periodistas muy bien documentado sobre el tema alimentario. Merece la pena.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.

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