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EL PERIÓDICO
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Comer menos carne


No me andaré por las ramas: el ministro Garzón está en lo cierto. Hay que comer menos carne. Las razones son las que ha expuesto, para quien quiera escuchar y entender. Y la propuesta es no solo importante, sino urgente, por lo que para variar estaría bien tener un debate razonable. Puestos a subrayar lo que dijo, se trata de comer menos cantidad y que la que se consuma sea de más calidad.

Dicho esto, hay dos cuestiones que abordar. Por una parte, las consecuencias de que se produjera una reducción del consumo en el sentido preconizado por la propuesta; por otra, las respuestas recibidas tras el anuncio. La primera cuestión merece un análisis detallado, por lo que anticipo que este articulo tendrá una segunda parte. Las urgencias políticas obligan a abordar primero lo que debería ser irrelevante.

Las respuestas contrarias no por esperables son menos grotescas. Dado que desde un punto de vista científico no hay nada que discutir, solo queda el capítulo económico, asunto en el que entraré en el próximo artículo. La consecuencia de esto es que solo cabía esperar ruido y tonterías (como la foto de barbacoa del secretario general del PP). En otro contexto no merecería la pena responder, pero hay que hacerlo porque a la fiesta de sandeces se ha unido quién debería ser el paladín de la propuesta: el presidente del gobierno.

Como ya he dicho, el porqué hacerlo y que consecuencias tendría es materia para otro texto, pero cabe apuntar que esta propuesta ya la maneja la OMS, la Agencia Europea del Medio Ambiente, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de la ONU y que ya se discute en el contexto de las políticas alimentarias de la UE, por citar alguna referencia exterior y sin ánimo de ser exhaustivo. Por recuperar lo que se dice aquí, ya se introduce en el documento de prospectiva a 2050 que el propio gobierno lanzó hace pocas semanas, y la ley de cambio climático destina un apartado a definir una politica agroalimentaria de mitigación y adaptación al cambio climático. Además, y por seguir con el hilo de las políticas del propio gobierno, el Ministerio de Transición ecológica y, sobre todo, el de Sanidad, ya tienen tradición mencionando la necesidad de reducir el consumo de carne.

Vistas así las cosas, y mirando hacia el Gobierno, lo que está claro es que es una apuesta política que choca de frente con el “business as usual” (los negocios como siempre) de manera radical, y eso conducía de manera natural a dejar fuera de sitio al ministro de agricultura Planas, fiel escudero de la agroindustria. Lo que cuesta entender es el silencio de la ministra de Transición y, sobre todo, la actitud de la ministra de Sanidad, que ha eludido posicionarse en una propuesta que, en origen, es de su propio departamento: es la definición del tipo de político que no necesitamos. Y voy a dejar al margen las actitudes de algunos presidentes regionales, que al parecer ignoran que, si se siguen las propuestas del ministro de consumo, sus respectivas Comunidades Autónomas saldrían enormemente beneficiadas, aunque no cabe descartar la hipótesis de que tuviera alguno problemas de comprensión lectora. Sobre esta cuestión entraré en el próximo artículo.

Ahora bien, la respuesta del presidente Sánchez es peor que inoportuna: es estúpida. La propuesta de Garzón está contenida en todos los planteamientos políticos del PSOE en materia ambiental, de salud y climática de los últimos años. Tras la presentación todos los ministros involucrados, en coherencia con lo que han venido defendiendo sus departamentos, deberían haber salido en su defensa. Sin embargo, y con un comentario improcedente, Sánchez ha abierto una brecha no ya sólo en su propio Gobierno, sino dentro de sus propias filas: ahora esta en cuestión la coherencia y sinceridad de su politica ambiental, y ha dejado en evidencia a una vicepresidenta. Como en el cuento de Jack London, la victoria se nos escapa por un pedazo de carne. Quien le haya sugerido la respuesta del chuletón debería ir buscándose un trabajo acorde con sus competencias, sean las que fueren.

Ha aflorado también una amplia convergencia de toda clase de negacionistas con el fascismo español de siempre, a la que se ha unido el PP con alegría, todo predecible pero no por ello menos preocupante. La pandemia ha servido hasta ahora para retrasar algunos debates, pero la situación esta dejando sin margen de demora muchas políticas. De hecho, el acoso fascista se extiende a todos los ámbitos políticos, y este no iba a ser una excepción: los insultadores profesionales de twitter incluso han rescatado el menú de la boda del ministro reprochando que un comunista invite a chuletón o se lo coma, y sigo sin saber donde esta escrito que no pueda hacer ambas cosas, aun cuando recomiende comer menos carne.

Así pues, el presidente tiene ahora que decidir si este gobierno es lo que dice que es, progresista y ecologista, o no. La gracieta del chuletón puede quedarse en eso, siempre que asuma que esperar que con ella la tormenta desde la derecha fuera a amainar es, como poco, ingenuo.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.