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Hombres (y mujeres) sin nombre


  • Escrito por Cristina Narbona
  • Publicado en Opinión

Hace algunos días participé -junto a Cándido Méndez y a Toni Ferrer- en la presentación del libro ‘Hombres sin nombre’, del historiador Gutmaro Gómez Bravo: un relato muy bien documentado sobre la represión franquista en el periodo 1939-1970, y sobre cómo muchos hombres (y mujeres) anónimos mantuvieron una estructura clandestina del PSOE en España, conectada con la organización en el exilio.

La lectura de este libro (que recomiendo, sobre todo a quienes han tenido menos oportunidad de conocer esta etapa de nuestra historia) me ha hecho reflexionar sobre la extraordinaria fuerza, a lo largo de tantos años, de las convicciones de los militantes socialistas y ugetistas, en un contexto de inmenso sufrimiento y de graves carencias.

Si fuimos capaces de construir una España en libertad en 1978, a pesar de tanto dolor acumulado durante tantos años… ¿por qué no podemos confiar en un avance hacia la concordia en Cataluña?

Emociona comprobar la valentía con la que hombres y mujeres se enfrentaban a la cárcel, la tortura y la muerte para defender su ideario, confiando durante algunos años en la presión contra la dictadura de Franco por parte de otros países democráticos: en particular, desde la caída de los regímenes fascistas de Alemania y de Italia, y el final de la Segunda Guerra Mundial.

De hecho, con el paso del tiempo, el gobierno de España fue siendo aceptado por los organismos internacionales, e incluso ayudado por las grandes potencias. Las cartas y los testimonios que recoge el libro de Gómez Bravo reflejan la decepción y el abatimiento ante este proceso de “blanqueamiento” de la dictadura, que sin duda favoreció que Franco mantuviera el poder hasta el último día de su vida.

Y también se comprende así mejor el desconocimiento sobre este periodo de nuestra historia, durante el que una parte importante de la sociedad vivió en silencio, aunque en absoluto resignada, ante la brutal represión del régimen. Los ejemplares clandestinos de la revista ‘El socialista’ llegaban a las cárceles y hasta al último rincón de nuestra geografía, gracias al coraje de esos hombres y mujeres sin nombre, insuflando el ánimo necesario para seguir resistiendo, individual y colectivamente. Y en fábricas, cafés, librerias… y hasta en peluquerías, se promovían iniciativas políticas y sindicales, susceptibles de ser consideradas delitos.

Es oportuno conocer esta realidad desde el presente, disponiendo hoy de tecnologías de comunicación que entonces habrían facilitado muchísimo la supervivencia del PSOE, de las Juventudes Socialistas y de la UGT. Por eso cabe preguntarse si somos realmente conscientes de la capacidad actual de defender las propias convicciones y de argumentar ante la desinformación y la manipulación rampantes: y si lo somos, cómo es posible que no seamos más eficientes, a la vista del avance de posiciones de ultraderecha.

Pero la lectura de este libro me suscita también otra reflexión, en estos días marcados por la decisión del Gobierno sobre los indultos a los presos independentistas. La aprobación de la Constitución de 1978 y la transición hacia la democracia fueron posibles gracias a una voluntad de entendimiento entre españoles de muy diferentes ideologías, muchos de cuyos representantes habían sufrido la represión descrita en ‘Hombres sin nombre’. Si fuimos capaces entonces de construir una España en libertad, a pesar de tanto dolor acumulado durante tantos años… con el acercamiento entre vencedores y vencidos -y sin que los vencedores repudiaran de forma expresa la dictadura franquista-, ¿por qué no podemos confiar en un avance hacia la concordia en Cataluña? ¿Eran acaso en 1978 de menor envergadura las discrepancias entre los diversos proyectos políticos que las diferencias actuales entre quienes defienden la independencia de Cataluña y quienes defendemos su integración en España? ¿Es quizás ahora más radical en sus posicionamientos el Partido Popular que lo que fue Alianza Popular, la formación política de la que procede?

Los españoles fueron, fuimos, capaces de iniciar un proceso de reconciliación a nivel nacional, que seguramente parecía imposible tan sólo algunos años antes; por supuesto, un proceso imperfecto, ya que hemos tardado demasiado tiempo en implementar, desde la aprobacion de la Ley de Memoria Histórica, las correspondientes medidas de reconocimiento, reparacion y justicia hacia tantas víctimas del franquismo merecedoras de dichas medidas.

Miremos, pues, hacia el futuro, pero sin olvidar de dónde venimos y el camino recorrido. Vale la pena intentarlo.