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EL PERIÓDICO
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Ciudadanos del mundo


Si la pandemia ha dejado algo absolutamente nítido, es la interdependencia irreversible entre todos los seres humanos, y entre ellos y los ecosistemas de nuestro planeta. Cualquier tentación de abordar los desafíos de nuestro tiempo desde una perspectiva exclusivamente local, nacional…o economicista, resulta no sólo fruto de la ignorancia o de la ingenuidad, sino la manifestación de una grave irresponsabilidad.

La emergencia climática o la creciente amenaza de virus desconocidos exigen una visión multisectorial, integral y de largo plazo, puesto que implican complejas y necesarias transformaciones en nuestro modo de producir y de consumir: transformaciones que deben ser lideradas desde el sector público, con una amplia implicación de la ciudadanía, en estrecha cooperación con todos aquellos países dispuestos a contribuir en una respuesta conjunta. Somos, lo queramos o no, ciudadanos del mundo, con capacidad para conocer en tiempo real lo que sucede en cualquier punto del planeta; y también con la capacidad y la obligación de actuar, desde un principio de equidad global –sobre todo quienes tenemos el privilegio de vivir en los países más desarrollados–.

Nadie debería ser indiferente ante la tragedia que los más vulnerables sufren en Gaza, en Siria, en Beirut… –o en Marruecos, mucho más cerca de nosotros–, de donde llegan jóvenes cargados de esperanza. Ellos deberían poder educarse, trabajar y tener una vida digna en sus países de origen, sin exponer sus vidas y sin ser utilizados por intereses ajenos

Así debería ser, también, a la hora de enfrentar el reto de los flujos migratorios hacia la Unión Europea, en particular los procedentes del continente africano. Sin embargo, es evidente la dificultad de construir un verdadero “pacto migratorio europeo”, impulsado con determinación por el gobierno de Pedro Sánchez. Lo cierto es que no todos los países miembros sienten tan próxima la dramática realidad de quienes huyen desesperados del hambre, la pobreza o la guerra. Y, además, lamentablemente, sigue prevaleciendo un enfoque defensivo, que prioriza el frenar por todos los medios la llegada de los emigrantes, sin promover con suficiente ambición la cooperación para el desarrollo de sus países de origen.

Nada frenará estos flujos mientras se mantengan las brutales diferencias en las condiciones de vida entre las dos orillas del Mediterráneo, así como la explosión demográfica de África –que precisamente sólo puede ralentizarse si hay un verdadero avance en términos de educación y de empoderamiento de la mujer, que reduzca las elevadísimas tasas de natalidad–.

Hace un par de semanas tuve ocasión de ver la película ‘Cafarnaum’, de la directora libanesa Nadine Labaki. Invito a quien no la haya visto a que lo haga; quizás a alguno le abra los ojos. La película es tan dura como real. Describe la dramática experiencia de un chaval explotado por su propia familia y por todo tipo de maleantes, que a pesar de ello es capaz de actuar con una inmensa ternura hacia otros niños, víctimas como él de un sistema extremadamente injusto; y que es capaz, además, de cumplir con su sueño de emigrar hacia esa Europa cuyo bienestar material conoce por las televisiones.

Nadie debería ser indiferente ante la tragedia que los más vulnerables sufren en Gaza, en Siria, en Beirut… –o en Marruecos, mucho más cerca de nosotros–, de donde llegan jóvenes cargados de esperanza. Ellos deberían poder educarse, trabajar y tener una vida digna en sus países de origen, sin exponer sus vidas y sin ser utilizados por intereses ajenos. Y, por supuesto, nadie debería inculcar el odio a los inmigrantes, mucho menos hacia los menores, como lamentablemente hacen, en España y en otros países europeos, los líderes de la extrema derecha, culpabilizándolos de las carencias sociales agravadas por la pandemia.

Muchos de esos jóvenes y de esos niños podrían integrarse en nuestros países, compensando entre otras cosas los efectos del creciente envejecimiento, como pudimos comprobar en España en la etapa de amplia regularización promovida por el gobierno de Zapatero. La tasa de natalidad aumentó, tanto por el nacimiento de hijos de las inmigrantes como por la dedicación de éstas a los hijos de las españolas, permitiéndoles desarrollar trabajos remunerados. Hay numerosos informes que demuestran los efectos positivos, en términos sociales y económicos, de una inmigración bien regulada, que permita el acceso de los inmigrantes a la plena ciudadanía, con sus correspondientes derechos y obligaciones.

Urge, por tanto, combinar el control de las fronteras europeas y la lucha contra la trata de seres humanos, con un incremento significativo de la cooperación económica de la UE con los países de origen y de tránsito de los flujos migratorios, y con una mayor capacidad de integración de quienes están dispuestos a formar parte de nuestra sociedad. Como lo hicieron muchos de nuestros abuelos, mucho antes de que España se convirtiera en una democracia, y nuestros compatriotas en ciudadanos del mundo.

Presidenta del PSOE, partido del que es miembro desde 1993. Vicepresidenta Primera del Senado. Doctora en Economía por la Universidad de Roma, ha sido, entre otros cargos, secretaria de Estado de Medio Ambiente y Vivienda (1993-1996) y ministra de Medio Ambiente (2004-2008), así como embajadora de España ante la OCDE (2008-2011). Desde enero de 2013, y hasta su elección como presidenta del PSOE, ha sido consejera del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN). Es miembro del Global Sustainability Panel del secretario general de Naciones Unidas (2010-2012), de la Global Ocean Commision y de la Red española de Desarrollo Sostenible. También forma parte del colectivo Economistas frente a la Crisis.

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