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Suspender ya las patentes ante a la vergüenza del aparheid de las vacunas


Manifestación en Washington a favor de suspender las patentes de las vacunas contra el covid-19, el pasado miércoles 5 de mayo. Manifestación en Washington a favor de suspender las patentes de las vacunas contra el covid-19, el pasado miércoles 5 de mayo.

Después de meses de clamar en el desierto, por fin se ha abierto de verdad el debate de las patentes. No es que antes no hubiera habido iniciativas tendentes a suspender las patentes de las vacunas contra la covid19, con el objetivo de garantizar la vacuna como derecho universal y principal instrumento para acabar con la pandemia. Éstas han sido constantes antes incluso de contar con las vacunas. En concreto, desde Octubre de 2020 la Organización Mundial de Comercio (OMC) viene debatiendo la propuesta de suspensión de patentes de test, medicamentos, pruebas diagnósticas y vacunas, hasta tanto se logre la inmunidad de grupo a nivel global.

De hecho, alguna de las medidas más significativas en esta pandemia como el plan Covax de la OMS y la garantía de exportación de la Unión Europea, pretendían evitar un nuevo fracaso en la distribución equitativa de las vacunas, como había venido ocurriendo a lo largo de las últimas pandemias en que los países desarrollados habían acaparado vacunas y tratamientos, dejando para el final y solamente lo que les sobraba a los países empobrecidos. Es verdad que este peculiar modelo de solidaridad se daba en unos países más que otros.

Sin embargo, a pesar de estas nuevas medidas, si bien con un mayor volumen de vacunas compartidas, los países más desarrollados han acaparado un volumen de vacunas que multiplica por cuatro su volumen de población, dejando con ello a la mayoría del mundo menos desarrollados una cantidad mínima. Con ello, el nivel de vacunación, después de más de cuatro meses, es aunque con retrasos, superior al veinte por ciento, incluso por encima del cincuenta por ciento en los EEUU y China, mientras la tónica general en el resto de los países en desarrollo apenas cubre con una sola dosis a un porcentaje mínimo y en algunos casos nulo de su población.

Aunque también es cierto que mientras los EEUU se han quedado con la práctica totalidad de la producción para sus nacionales, sin embargo tanto China como la Unión Europea han venido exportando una parte superior al cuarenta por ciento de sus vacunas al resto del mundo. Si las cosas siguieran igual, de los más de doce mil millones de dosis previstas para 2021, más de dos tercios serían para los países ricos, dejando el logro de la inmunidad de grupo para el resto del mundo, como muy pronto para el año 2024.

Si en vez de acaparar las primeras dosis, éstas hubieran sido repartidas en función de su población como lo ha hecho la UE, la mortalidad en los países empobrecidos se podría haber reducido a la mitad.

Por todo todo ello, la situación es hoy particularmente dramática en la India y en América Latina, en que la pandemia mantiene un nivel de incidencia muy alto que agota el oxígeno disponible, colapsa sus hospitales y deja un saldo de muertes inaceptable. Esa ha sido la razón para que ONGs, estados, líderes de opinión y expresidentes de gobierno hayan denunciado públicamente la desigual distribución de las vacunas como una vergüenza para la humanidad.

El salto cualitativo, en estas últimas fechas, es la incorporación de la nueva administración estadounidense de George Biden a la propuesta de suspender las patentes, después de sucesivos aplazamientos en la decisión por parte de la OCDE ante el bloqueo de la propuesta patrocinada por Sudáfrica y La India por la resistencia de los países más desarrollados, en donde se asientan las sedes de las principales multinacionales farmacéuticas productoras de las vacunas y sus lobbies de presión, y además como guardianes celosos de la propiedad intelectual, la tecnología y la ventaja geoestratégica que les pueden proporcionar sus vacunas.

Se trata de una decisión trascendental que ha provocado la reacción inicialmente favorable de la Unión Europea, aunque al mismo tiempo crítica con la pasividad hipócrita de los EEUU en compartir su producción y con algunos matices con respecto a la medida concreta y la capacidad por sí sola para incrementar sustancialmente el acceso a la vacuna por parte de todos los países de forma equitativa. Lo incomprensible es la tardanza y la falta de valentía de gobiernos progresistas como el gobierno español.

Independientemente del programa covax y de otras medidas como las alianzas voluntarias entre compañías farmacéuticas, solo la suspensión temporal de las patentes actuales podría ampliar sustancialmente el número de fabricantes contribuyendo con ello a superar la limitación actual en la producción de vacunas en los continentes más desabastecidos.

El argumento repetido de las compañías farmacéuticas es que tal suspensión afectaría a la espectativa de beneficio y en consecuencia reduciría la asunción del riesgo que conlleva toda investigación de nuevos fármacos. El beneficio obtenido hasta ahora ha superado con creces las inversiones iniciales de las compañías productoras de las vacunas frente a la covid19 y multiplicando con cifras sin precedentes sus beneficios historicos. La expectativa de beneficio se ha visto más que satisfecha desbordada.

Por otra parte, las compañías farmacéuticas obvian que el sector de las vacunas tiene poco que ver con el resto de la industria farmacéutica por su alto nivel de riesgo y su rentabilidad a corto plazo, y que por tanto hace ya tiempo que son cada vez son mayores los compromisos públicos tanto en la financiación de la investigación como en subvenciones para compartir los riesgos de la superación del llamado valle de la muerte en los ensayos clínicos, al margen de los contratos con el precio final de los lotes de vacunas. De hecho la gran mayoría de las compañías productoras de vacunas frente a la covid19, han recibido de una u otra manera un ingente apoyo público: unas por encima de mil quinientos millones de euros de fondos públicos como en los casos de Novamax, Sanofi, Astra Zeneca, de en torno a mil millones Johnson y Moderna y más de trescientos setenta millones en el caso de Pfizer, que todavía hoy se enorgullece publicamente de no haber recibido ayudas públicas.

Lo cierto es que, con ser importante, la suspensión temporal de las patentes ésta debe ir acompañada de otras medidas en los ámbitos productivo y tecnológico que garanticen también la de sus componentes, así como la transferencia de tecnología y de un saber hacer tan complejo como el de las vacunas.

Pero sobre todo, lo que no ayuda es que los países ricos abran el debate y al tiempo sigan firmando contratos con las compañías farmacéuticas, comprometiendo miles de millones de dosis para los próximos años, como ha ocurrido recientemente entre la UE y la compañía Pfizer por un volumen de dosis que multiplica por tres la población europea. Con ello, al acaparamiento inicial se le suma el sobreabastecimiento que de continuar tendrá unas consecuencias aún más trágicas a medio plazo no solo para los empobrecidos, sino para todos en la lucha común frente a la pandemia.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.