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Madrid y la banalidad del mal


La candidata de Vox a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio (i), y el presidente del partido, Santiago Abascal (d). La candidata de Vox a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio (i), y el presidente del partido, Santiago Abascal (d).

Esta expresión, ampliamente utilizada, la acuñó la filósofa alemana Hannah Arendt para explicar cómo fue posible el genocidio de los judíos por parte del nazismo contando con la colaboración de burócratas, no especialmente malvados, que simplemente aplicaban los procedimientos de exterminio como si se tratara de una tarea administrativa más. También puede aplicarse a situaciones en las que el mal o el peligro crecen a nuestro alrededor sin que seamos capaces de advertir su presencia. Algo de esto está sucediendo en España desde hace varios años y se ha manifestado recientemente en Madrid.

También es oportuna la fábula de aquella rana que sería capaz de escapar del agua muy caliente de una olla si se la introdujera en ella de golpe, pero que sucumbiría de calor si se la pusiera en agua inicialmente fría y esta se fuera calentando poco a poco hasta llevarse a ebullición.

El mal que está creciendo a nuestro alrededor es la degradación de la democracia y, el peligro, la ruptura de nuestra convivencia. Empezaré por hechos poco controvertidos para que —como la rana sumergida de golpe en agua caliente— se activen fácilmente las alarmas democráticas del lector: es una anomalía democrática que el independentismo vasco, particularizado en EH Bildu, no condene el terrorismo de ETA ni haya pedido disculpas a la sociedad por haberlo apoyado en su día. Su admisión plena en el tablero democrático exige que admita que aquello fue un gran error. Los relatos que relativizan aquellos asesinatos y los disfrazan de lucha militar de un pueblo contra un Estado opresor, o los homenajes a los etarras que salen de la cárcel, son un primer ejemplo de banalización del mal.

Siguiendo con los independentismos, la Generalitat catalana ha sido tremendamente tolerante con los desmanes antidemocráticos de la CUP y de sus juventudes y grupos afines como Arrán. Se les ha permitido cortar carreteras y tendidos ferroviarios en los días álgidos del procés o protagonizar altercados de extrema violencia como los que tuvieron por excusa el encarcelamiento de aquel infame rapero. El resto de los partidos independentistas ven a la CUP como sus “chicos descarriados” a los que pueden permitir algunos desmanes porque, a su manera, contribuyen a ampliar el independentismo y, de paso, a atemorizar a los rivales. No es difícil establecer paralelismos con la tolerancia nazi hacia los desmanes de sus juventudes o de los fascistas italianos hacia sus camisas negras. Justificar o “comprender” estos comportamientos alentados por la CUP es también banalizar el mal.

Abundando en ello, los desmanes en Madrid con motivo del rapero fueron asimismo “comprendidos” por Unidas Podemos, tildando a sus protagonistas de “jóvenes antifascistas”. En los orígenes de Podemos se encuentran también escraches a políticos, como aquel famoso a Rosa Díez en 2010, a la que se impidió participar en un acto en la universidad. O el aplauso al reciente altercado violento contra un mitin de Vox en Vallecas. No se puede ser demócrata a tiempo parcial ni que, el serlo, dependa de si uno es el atacante o el atacado. La sensibilidad democrática se debe ejercitar en todas las situaciones en que la libertad de alguien pueda verse mermada o amenazada. La sensibilidad interesada —puño de hierro para el adversario y mandíbula de cristal para uno mismo— es parte del fenómeno de degradación que estamos comentando.

Y, entrando en el meollo del asunto, está el tema de la actitud que los partidos democráticos deben mantener hacia Vox. Para la izquierda es claro que se trata de un partido que utiliza los mecanismos que nos da la democracia —la libertad de expresión, los cargos elegidos, las instituciones públicas— para intentar acabar con ella. Vemos cada día que, cualquier cuota de poder que estos partidos consiguen, la emplean para atacar las libertades que entre todos hemos conseguido con gran esfuerzo. Son especialmente perversos contra los derechos de la infancia —ellos utilizan el impersonal MENAS para cosificarlos— de las mujeres, de los homosexuales y, en general, de cualquier minoría desfavorecida. Su programa político propugna acabar con las autonomías, con el sistema de pensiones, con la educación pública y con una supuesta proliferación de diputados y cargos públicos. En definitiva, acabar con los pilares que hacen posible la existencia de un estado democrático. Sus discursos de odio —odian todo lo que se aparte de sus estrechos postulados sobre lo que debe ser una familia o una nación— son el caldo de cultivo para la posterior aparición de actos violentos.

La actitud hacia estos grupos de la ultraderecha en países como Francia, Alemania e Italia ha sido establecer un cordón sanitario en torno a ellos e impedir que accedan a cargos de poder. Y esta actitud la mantienen, no solo la izquierda, sino también los partidos conservadores, como la CDU alemana o los liberales de Enmanuel Macrón en Francia. Para valorar esta firmeza, conviene recordar que estos países, o bien sufrieron el fascismo en su seno, o bien lo combatieron durante la II Guerra Mundial.

Y, ¿cuál ha sido la actitud de nuestros partidos conservadores hacia Vox? Hasta ahora, ha sido de tolerancia y “comprensión”, actuando de un modo muy parecido al de los independentistas catalanes hacia sus cachorros de la CUP. No en vano, Vox nació del PP y todavía este partido aspira a reunificarse con ellos. También, nuestra historia ha sido diferente a la del resto de Europa: aquí el final de la dictadura franquista no fue una victoria neta contra el fascismo sino, más bien, una transformación de este desde dentro. La izquierda admitió la “reconversión” de franquistas en demócratas —los casos más notables fueron los del propio Presidente Adolfo Suárez y el Rey Juan Carlos o los de políticos destacados del franquismo como Manuel Fraga— a cambio de poner en marcha una democracia para todos sin exclusión. Tal vez ello explique la tolerancia de nuestra derecha con la ultraderecha.

Pero, el mal y el peligro están ahí. No condenar las cartas con balas dirigidas a políticos, ponerlas en duda como hizo la señora Monasterio, o “comprenderlas” insinuando que aquellos son merecedores de ellas, supone aumentar el grado de tolerancia de la sociedad hacia los enemigos de la democracia. Hoy toleramos que ciertos grupos insulten en el parlamento; mañana, que llamen ilegítimo al gobierno salido de las urnas; después, normalizamos que se pueda utilizar “comunista” como insulto o que se apoye a unos ex-militares que afirman que es necesario fusilar a 26 millones de españoles; y acabamos admitiendo que haya políticos merecedores de ser amenazados de muerte.

Y así —grado a grado—, el agua de la olla va subiendo de temperatura, el mal se normaliza y el peligro se ignora. Si algún día la temperatura se hiciera insoportable, podría ocurrir que ya fuera demasiado tarde para conjurar el peligro. Por eso, es muy importante que bajemos el fuego ahora que aún estamos a tiempo. El primer paso sería condenar con contundencia cada forma de violencia y cada amenaza antidemocrática, cualesquiera que sean sus destinatarios. El segundo, negar toda cuota de poder a la ultraderecha.

Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos y profesor de Ingeniería Informática de la Universidad Complutense. Fue diputado por el PSOE en la legislatura X de la Asamblea de Madrid.