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La Universidad latinoamericana bajo la pandemia


  • Escrito por Gaspar Llamazares Trigo, Gema González López y Miguel Souto Bayarri
  • Publicado en Opinión

“No se puede ser al mismo tiempo hombre de acción y hombre de estudio..sin faltar a la vocación de ambas. Pero pueden adoptarse actitudes políticas fuera de la Universidad, y la posesión del saber objetivo..es ciertamente favorable para una acción razonable.“ Max Weber

La pandemia de covid.-19 está teniendo tantas consecuencias que de una manera u otra afecta a todos los ciudadanos del mundo, pero entre los más desvalidos las consecuencias están siendo devastadoras.

La economia latinoamericana antes de la pandemia ya tenía dificultades y debilidades. La pandemia llego para mostrar las debilidades y empeorar sus sistemas productivos, de comercio, laborales y sociales, acentuar la caída de inversión extranjera y remesas, elevando la deuda y déficit público. Todo ello está aumentando aún más las desigualdades y la pobreza, y en particular los millones de personas que incrementarán la pobreza extrema. Y es que la desigualdad social estaba presente en América Latina antes del covid-19, pero una de las principales consecuencias de la pandemia va a ser incrementarla. La universidad es uno de los espacios donde ya se está manifestando. De hecho, uno de los principales impactos de la pandemia ha sido en la educación.

El Banco Mundial señala como desde el año 2000 el incremento de la inversión facilitó que la matrícula universitaria creciera en toda la región latinoamericana. Jóvenes de sectores desfavorecidos pudieron acceder a la universidad con los consiguientes efectos de progreso social y de mejora. Pero a pesar que la tasa bruta de matrícula había crecido del 23 al 52%, la universidad no vio incrementar sus inversiones, siendo este uno de los grandes problemas de la universidad pública de la región. Y es que las universidades públicas en Latinoamérica presentan características similares: escasa financiación estatal y dificultades en el ejercicio de su autonomía.

La universidad es considerada en América Latina cimiento fundamental para lograr desarrollo por medio de conocimiento. No obstante, la universidad se encuentra bastante apartada de la sociedad. Una de las características de la universidad latinoamericana es la fuerte presencia de centros privados de diversas condiciones económicas, confesionales o académicas: en Brasil el 75% de los estudiantes van a universidades privadas, en Chile el 85% etc.

El distanciamiento social, como medida de prevención en la pandemia, ha supuesto además para la universidad dejar de lado todos sus sistemas y estrategias pedagógicas desarrolladas y fundamentadas durante décadas para pasar, de manera improvisada, a un sistema digital que mantuviera su funcionalidad y sostenimiento. Esta digitalización de la enseñanza universitaria ha interrumpido la experimentación pedagógica al verse anulada repentinamente la planificación académica y la comunicación de transmisión de conocimientos. La única experiencia en algunas universidades era la de ciertos programas que ya se venían desarrollando “on line”.

Al suspenderse la enseñanza presencial en el confinamiento y comenzar la digital muchos universitarios regresaron a su casa familiar, la mayoría en el campo, donde la cobertura no siempre es idónea. Las clases intermitentes por coberturas ineficaces lleva a muchos profesores a elaborar manuales que guíen y faciliten el proceso de enseñanza-aprendizaje. Las diferencias sociales son manifiestas y sus recursos materiales también: las aplicaciones digitales muestran las viviendas habitables de algunos estudiantes frente a cuartos reducidos con hacinamiento, centros laborales donde a escondidas sacan conexión, centros públicos, naturaleza pura, establos con ganado etc resultando la mayoría de las veces no ser las infraestructuras adecuadas para el estudio y formación profesional. Con demasiada frecuencia encontramos profesores y estudiantes poco o nada capacitados en enseñanza digital, material y estrategias de aprendizaje improvisadas rápidamente, limitado acceso a tecnología y conectividad, impacto psicológico por confinamiento, enfermedad propia o familiar, fallecimiento de familiares, colegas o cercanos, o el colapso económico que ha llevado a muchos estudiantes a comenzar a trabajar afectando al proceso de aprendizaje, carencia de instrumentos digitales óptimos de evaluación, trabajo juvenil precario, falta de asistencia sanitaria o de muy baja cobertura y calidad, aumento de responsabilidades familiares y de cuidados para las estudiantes, y como consecuencia el peligro para sostenibilidad de la universidad. Y es que hasta la pandemia la universidad se ocupaba de infraestructura y gastos básicos del desempeño académico facilitador del proceso de enseñanza-aprendizaje, sin embargo, desde los confinamientos los recursos de tecnología digital, conexión y gastos básicos quedaron en manos de profesores y estudiantes resultando para muchos de estos últimos inviable. Estas situaciones provocan el fracaso académico, que favorecen una de las principales y más frecuentes consecuencias de la pandemia en la universidad: la deserción. La irrupción en la realidad universitaria latinoamericana de la tecnología y la potenciación de la enseñanza digital, sin el desarrollo de mejoras, ha aumentado la desigualdad social. Según avanza la pandemia normalizando enfermedad, muerte, sufrimiento y crisis económica, se hace más evidente y alarmante el número de estudiantes universitarios que abandonan sus estudios, sobre todo los procedentes de estratos sociales más desprotegidos.

La universidad latinoamericana arrastra desde antes de la aparición del covid-19 la necesidad de mejorar la calidad y el nivel de estudios. El uso de la tecnología en sí no conlleva desarrollo ni mejora del proceso de enseñanza-aprendizaje. De hecho, durante la pandemia, el uso de tecnología mantuvo las mismas formas tradicionales de aprendizaje, porque no hay que olvidar que la tecnología fue aplicada y utilizada de manera masiva no con el objetivo de mejorar el proceso de enseñanza-aprendizaje sino como estrategia para evitar un mal mayor que todos los implicados temían: perder el curso académico.

Desde hace demasiado tiempo uno de los principales problemas pendientes de solución en América Latina es precisamente la educación, que facilita y repercute en la existencia de otros problemas. Ya antes de la pandemia la universidad latinoamericana se enfrentaba en demasiadas ocasiones al reto de formar profesionales a estudiantes que llegaban con dificultades de escritura, de comprensión lectora, de razonamiento abstracto… y desde ahora acogerá a estudiantes bachilleres que desde hace un año han accedido a sistemas educativos digitales improvisados. La educación en América Latina se encuentra en uno de sus momentos más criticos. Mientras la crisis sanitaria, social y económica como consecuencia de la pandemia es manifiesta, la crisis educativa está en proceso de desarrollo. José Saramago señala en “Democracia y universidad”: No hay solución para la universidad, para sus problemas, si no se encuentra solución antes a los problemas de la enseñanza primaria y media. Todos los involucrados son responsables, aunque no en la misma medida, de desarrollar un sistema de educación superior más equitativo e inclusivo que resulte beneficioso para la sociedad y la comunidad en general al generar profesionales de mayor formación académica y mayor compromiso social y ético.

Las universidades tienen ante sí una gran responsabilidad y reto: participar activamente en la recuperación socio económica tras la pandemia por covid-19. Tras el inicio de las clases presenciales, la vuelta a las aulas y al movimiento de los campus, la universidad debe asumir su protagonismo para contribuir en la reactivación y recuperación socio económica. Pero la pandemia continua, las olas marcadas por el incremento de la incidencia de casos y fallecimientos parece no acabar y la única medida de suavizar esto parece ser la vacunación de la población, que en la región latinoamericana se prevé dificultosa y muy lenta. Además, la falta de planes y protocolos transparentes de vacunación está siendo una característica que deja de lado a poblaciones de riesgo, lo que puede agudizar la desigualdad social. Sin la vacuna volver a clases presenciales en la universidad resulta arriesgado al ser los jóvenes una población muy afectada actualmente por el covid-19 y ser el profesorado predominantemente de edad avanzada.

La situación va a continuar, las universidades deberían centrarse y trabajar en mejorar esta realidad que ya dura un año. Como José Bernardo Toro, filósofo y analista educativo colombiano dice: La sociedad no paga para que los profesores den clase, sino para que los estudiantes aprendan”, no se puede permitir que las promociones de estudiantes afectados por esta pandemia salgan peor formadas pues afectara directamente a la sociedad en general. La universidad debería centrarse en apoyar a los profesores en los medios digitales y de conectividad necesarios para el ejercicio de la docencia, formándoles para dar respuesta a las nuevas exigencias de la enseñanza digital y reconociendo y garantizando sus derechos laborales. A los estudiantes además del apoyo tecnológico y de conectividad deberían considerar su nueva situación y cubrir sus nuevas necesidades. Pero ante todo la universidad debe tener en cuenta que el sistema presencial no desaparece, que el campus y no la computadora es el referente. La universidad debe cambiar, adaptarse a esta nueva situación y aunque la mayoría de los universitarios compartimos esa idea de Ortega y Gasset de Hacer cambios en la Universidad es como remover cementerios, hay que hacerlo.

Tanto los sistemas educativos de los diferentes países de la región latinoamericana como las propias universidades deben adaptarse a la nueva realidad sin olvidar ni dejar a un lado la formación académica de calidad que cumpla los estándares de acreditación. Además, debe garantizar la formación de los profesionales pues contribuirán con su desempeño en la sociedad a la innovación y cohesión social que genere riqueza y bienestar económico y social.

El reto está servido, en estos tiempos difíciles de pandemia y crisis socio económica se hace necesario más que nunca que la universidad dé respuesta a las demandas y necesidades de su sociedad.