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¿A quién le importa Toni Cantó?


Toni Cantó e Inés Arrimadas en una imagen de archivo. Toni Cantó e Inés Arrimadas en una imagen de archivo.

Si realizamos una simple búsqueda en Google con la cadena “Toni Cantó PP”, nos aparecerán 24 millones de resultados, casi todos ellos referidos a los últimos días y protagonizados por la práctica totalidad de los medios de comunicación escritos y audiovisuales. Ello puede servir como indicador de la atención —a mi juicio, desproporcionada e injustificada— que los medios han prestado al último salto, desde Ciudadanos al PP, de este titiritero de la política. ¿Por qué sucede esto?

Es un lugar común referirse a la mediocridad de la “clase política” o afirmar que los políticos van “a lo suyo” y que no les preocupan los problemas de los ciudadanos, pero se habla poco de la “clase periodística” y de si a esta le preocupan realmente dichos problemas. En mi opinión, casi todos los medios se han dejado deslizar por la pendiente de la comodidad y la pereza y han dedicado un espacio descomunal a lo que podríamos llamar un no-problema. Que el señor Cantó entre o salga, vaya o venga, suba o baje, le importa seguramente a él y tal vez a sus familiares y amigos. A los demás, nos debería traer sin cuidado. Pero, a muchos periodistas les excita la sangre y el morbo y les encanta ver a los políticos pelearse unos con otros y dedicarse “perlas” entre ellos. Perlas, que duran un suspiro, lo mismo que un tweet, y que no dejan huella más allá del consabido minuto de fama. Cuando ponen un micrófono delante de un político, no le preguntan por sus propuestas fiscales o educativas o por cómo piensan combatir la falta de vivienda social. La primera cuestión que el entrevistador suele plantear es “¿Qué opina usted de lo que ha dicho fulano?” —fulano es, por supuesto, otro político—. Entienden que el morbo es bueno para mantener a los lectores “enganchados” a su medio. Conciben la vida política como un sucedáneo de Sálvame. Y, de este modo, lo que transmiten a sus lectores es que la política es justamente eso: una sucesión de pullas y descalificaciones entre políticos. Si, por ejemplo, en una sesión parlamentaria se habla de media docena de problemas serios —lo cual sucede en la mayoría de ellas, sobre todo en las comisiones— pero en el pleno hay alguna frase gruesa, el periodista destacará tan solo esta última.

Las razones de que suceda esto son diversas. Por un lado, estudiar un problema importante —digamos la transición ecológica, la reforma laboral o las leyes educativas— y hacer las preguntas pertinentes al político de turno exige más esfuerzo al periodista que preguntarle por el chascarrillo y la anécdota del día; por otro, hay una carencia de principios sobre cuál debería ser la misión de los medios en una sociedad democrática; y esta, a mi juicio, no consiste simplemente en informar del día a día, sino también en separar lo importante de lo accesorio, en analizar con rigor los problemas, en comparar las soluciones que se ofrecen con las de otros países, en criticar las malas políticas y en formar la conciencia cívica del ciudadano.

En el caso del señor Cantó, la única reflexión relevante hubiera sido, en mi opinión, poner de manifiesto que los comportamientos como el suyo son un descrédito para la política. Militar en un partido debería tener —y así sucede en la mayoría de los casos— un carácter vocacional y, en cierta medida, proselitista. Uno entraría en un partido porque está de acuerdo con su ideología y, después, aspiraría a convencer a muchos conciudadanos de que esa ideología es buena para solucionar sus problemas. ¿Qué diríamos de alguien al que viéramos un día actuar como párroco católico, un poco más tarde como rabino judío, para acabar más adelante como imán musulmán? Cuando ese señor se subiera al púlpito y nos hablara del Dios verdadero, ¿creeríamos una palabra de lo que dijera? Pues esa es la situación del señor Cantó.

Por desgracia, no solo los medios dedican mucho espacio a los no-problemas. También algunos partidos son especialistas en poner no-problemas en la agenda pública. Por ejemplo, los independentistas catalanes nos aburren a diario al resto de los españoles con su no-problema, que ellos saben no tiene solución tal como lo plantean. Saben que, para que triunfasen sus postulados, tendrían que someter primero a la mitad de sus ciudadanos, contar después con la improbable aprobación del resto de España y enfrentarse por último a la Unión Europea. Pero siguen atascados en su “raca-raca” porque, si no, tendrían que desdecirse de toda la épica falaz que han alimentado en los últimos diez años. Lejos de esa Cataluña ideal que pregonan, sus diatribas actuales para formar gobierno son simplemente patéticas: se reducen a disputas por cuotas de poder y a decidir cómo se reparten los cargos públicos. Uno de sus escollos actuales es, por ejemplo, acordar qué papel debería tener el huido Puigdemont en un fantasmagórico “Consejo de la República”. Y así pasan las semanas, mientras Cataluña se desangra y los problemas reales de los catalanes —la vacunación, la crisis, la reconstrucción, la fuga de empresas— siguen ahí esperando, probablemente por algunos años más.

Otros ejemplos de no-problemas que nos tienen muy entretenidos son si deberemos optar por el comunismo o por la libertad —lema de campaña del PP— en las próximas elecciones de Madrid; o si hemos de elegir entre Monarquía y República —reivindicación que Unidas Podemos pone todos los días en la agenda.

Y así, entretenidos en la nada, vamos dejando pasar el tiempo y no haciendo frente a los problemas reales. Refiriéndonos a Madrid, sería bueno saber, por ejemplo, qué piensan hacer los diferentes partidos con respecto a nuestra atención primaria, recortada durante tanto tiempo; o qué ayudas se van a dar a las empresas que han sufrido tanto durante la crisis; o qué medios se van a movilizar para acabar con las colas del hambre; o qué número de viviendas para alquiler social piensan construir, cuando todos admiten que el precio del alquiler depende críticamente de la escasez de este tipo de viviendas; o cómo piensan disminuir la interinidad en la administración autonómica, tras el toque de atención de la UE; o qué van a hacer para que las universidades publicas madrileñas pasen el filtro del Ministerio de Universidades; en particular, cómo van a remediar la excesiva precariedad del personal docente e investigador.

Pero, interrogar a los políticos sobre todo esto requiere esfuerzo, rigor y profesionalidad y nuestros periodistas se han vuelto cómodos. Abundando en ello, las redes sociales han venido a rematar la cuestión: arden de no-problemas, de disputas inútiles y de informaciones irrelevantes. Si la consigna de la Internacional Comunista fue hace años “proletarios del mundo, ¡uníos!”, la de nuestro tiempo podría resumirse en algo como “ciudadanos del mundo, no penséis, ¡entreteneos!”.

Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos y profesor de Ingeniería Informática de la Universidad Complutense. Fue diputado por el PSOE en la legislatura X de la Asamblea de Madrid.