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Las metáforas de la política


  • Escrito por María G. Navarro
  • Publicado en Opinión
Wikimedia Commons / Lightspring Wikimedia Commons / Lightspring

Existen insospechados parecidos de familia. En sus clases de Ciencia y Filosofía Política en la Universidad de Yale, Seyla Benhabib suele insistir en que las personas se terminan pareciendo mucho más a sus propias instituciones que a los Estados o a las naciones en las que viven. Esta aseveración resulta inquietante. De todos es sabido que podemos identificarnos más o menos con nuestra propia nación, pero la idea de que, en verdad, todos vayamos a terminar pareciéndonos mucho más a ciertas instituciones solo es comparable a una de esas experiencias culinarias que proporciona Dabiz Muñoz, calificadas por él mismo como “de romperte la cabeza”.

Laureado con el Nobel en 1993, el economista e historiador Douglass C. North sostuvo que los seres humanos idean las instituciones para crear orden, reducir la incertidumbre y estructurar la interacción socio-política.

¿A qué clase de institución nos terminaremos pareciendo?

Una explicación aparentemente tranquilizadora que se tornaba para mi gusto de nuevo en inquietante cuando aderezaba su plato con esta última afirmación: seguramente las instituciones son tanto restricciones informales como reglas formales. Es decir, que lo mismo son tabúes, costumbres y tradiciones, que leyes, constituciones o derechos. ¿A qué clase de institución nos terminaremos pareciendo?

La definición de North nos dejaba insatisfechos. Porque en su definición de institución, muy laureada, subyace la metáfora según la cual toda institución podría entenderse como un conjunto de datos o de valores. La imagen es efectista pero poco explicativa; y ha llovido mucho desde entonces.

En el siglo XXI se proponen nuevas metáforas para hacer ver que la función de las instituciones no es estrictamente económica. Enarbolando la bandera cognitiva, nuestro siglo ha quedado persuadido de que las instituciones no solo pueden ayudar a reducir la incertidumbre o a estructurar la interacción humana, también sabemos que dependemos de sus recursos para diseñar respuestas (estratégicas) a determinadas constricciones del entorno.

Las instituciones surgen porque actúan junto a modelos mentales compartidos que guían a los actores y agentes colectivos; y esto implica que existe la posibilidad de llevar a cabo estudios (institucionales) comparados para analizarlas en tanto mecanismos de gobernanza.

Solo al envolvernos de metáforas más arriesgadas se termina arrojando alguna luz sobre la enigmática idea de que todos nosotros vayamos a acabar pareciéndonos más a nuestras propias instituciones que a nuestra nación.

Cambios de adolescencia: llega la innovación institucional

Desde la Universidad de Mánchester, la politóloga Georgina Waylen utiliza las herramientas conceptuales del denominado nuevo institucionalismo constructivista o discursivo para explicar cómo se gestan los cambios institucionales. El nuevo institucionalismo constructivista pone el acento en el análisis de los procesos interactivos del discurso en cuyo seno se generan las ideas y se efectúa la comunicación política.

Este ecléctico enfoque es suscrito por un conjunto de académicos que comparten su interés por el potencial de las ideas y el discurso, y su determinante influencia sobre los intereses, las preferencias y el comportamiento de los actores sociales, políticos y económicos.

Por lo general, los agentes sociales no tienen el poder suficiente para crear nuevas instituciones sino para reformar las ya existentes. Los procesos de diseño institucional necesitan de la existencia de reglas formales sólidas para promover la participación en todos los niveles de actuación además de desarrollar instancias dedicadas al pensamiento estratégico sobre objetivos y el consiguiente desarrollo de alianzas.

Los agentes de la innovación social (activistas de las esferas más diversas) no tienen por lo general el poder necesario para superar no solo la resistencia que rodea a las instituciones existentes sino aquella que suscita sus propios intentos de transformación.

Acredita esta última idea diferentes resultados de investigación obtenidos en torno a las redes de varones construidas sobre la base de la confianza que refuerzan lo que Elin Bjarnegård denominó el «capital homosocial». El comportamiento homosocial describe la tendencia a preferir la interacción socio-política entre personas del mismo género, y es un factor que está presente mayoritariamente en las relaciones entre varones cuando estos buscan preservar sus redes corporativas y entramados organizacionales.

David Collison y Jeff Hearn, y Elin Bjarnegård detectaron que, entre las mujeres, la tendencia al comportamiento heterosocial es mayoritario cuando se persigue preservar redes y organizaciones. El fenómeno homosocial constituye una variable determinante para analizar el tipo de capital social producido (de alcance particular o, por el contrario, general o puente, esto es, entre distintos grupos). Georgina Waylen sostuvo que el cambio institucional con perspectiva de género es inviable si no se acomete una investigación detenida acerca de los procesos informales que dominan “la vida oculta de las instituciones.”

Fortaleza y debilidad

Son dos adjetivos muy utilizados para describir la permanencia o, por el contrario, la porosidad y maleabilidad de las reglas y principios rectores en los que están atrincheradas las instituciones que sobreviven en equilibrio, es decir sin ser alteradas.

En su obra acerca de la innovación institucional en América Latina, Jorge Gordin y Lucio Renno llamaron la atención sobre el hecho de que en la literatura científica suela decirse que una institución es débil cuando los actores políticos y las élites modifican y manipulan unilateralmente sus principios rectores o las reglas que describen el despliegue de las estrategias. Frente a esto, una institución sería fuerte cuando está atrincherada en los principios y reglas con los que fue diseñada originariamente.

Contrariamente a lo establecido, Gordin y Renno afirmaron que las instituciones fuertes no son siempre deseables ya que no están en disposición de generar las ventanas de oportunidad (las soluciones innovadoras institucionalmente) que sí ofrecen potencialmente las instituciones debilitadas.

Se ha dicho que la fortaleza institucional explica fenómenos como la capacidad de regular el comportamiento político y económico de los ciudadanos. La fortaleza es el rasgo dominante de las definiciones de institucionalización; prueba de ello es que el término «institucionalismo» se define como el proceso mediante el cual las organizaciones y los procedimientos adquieren valor y estabilidad, generando al cabo un escenario que no es modificable fácilmente.

Este rasgo se ha trasladado a multitud de escenarios de la política y está presente en nuestros discursos compartidos acerca de los partidos políticos; por ejemplo, cuando asumimos que las elecciones son un medio para determinar quién gobierna, y que las elecciones y los partidos políticos habrían de gozar de legitimidad precisamente por ello.

La fortaleza institucional se reviste de una idea clave según la cual la institucionalización conduce a procesos de consolidación de la democracia. Sin embargo, lo cierto es que, más importante para la estabilidad a largo plazo de una institución es que existan procedimientos para generar discursos con ayuda de los cuales institucionalizar cambios y reducir los efectos derivados del conflicto.

En muchos casos, los diseños institucionales fuertes tienden a encerrar las decisiones mientras que los diseños institucionales débiles pueden suscitar patrones de resolución de conflictos. Así, si las redes de varones construidas sobre la base de la confianza refuerzan el capital homosocial es porque este modelo genera beneficios colectivos y, por consiguiente, acredita la fortaleza del diseño institucional. Pero las cosas son un poco más complejas cuando de lo que se trata es de desencadenar cambios sociales.

Graham Smith ha puesto de manifiesto hasta qué punto cuando el diseño institucional promueve de manera manifiesta la modificación o el debilitamiento de marcos institucionales previos puede llegar a renovar y conjugar ideales democráticos y modelos de ciudadanía. De donde se desprende la idea de que las instituciones tienen el poder tanto de potenciar como de restringir el poder de agentes y actores sociales porque modulan la capacidad de actuar de estos conforme a la existencia de reglas prescriptivas de actuación.

La lección que aprendemos cuando miramos de cerca los mecanismos institucionales que a un tiempo modulan y moldean nuestros propios contornos es bien sencilla: reviste mayor complejidad el hecho de que terminemos pareciéndonos mucho más a nuestras propias instituciones que a nuestra nación.The Conversation

María G. Navarro, Docente e investigadora. Departamento de Historia del Derecho y Filosofía Jurídica, Moral y Política, Universidad de Salamanca

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation