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Por qué los testimonios de las víctimas del terrorismo son eficaces en la construcción de la memoria colectiva


  • Escrito por María Jiménez Ramos
  • Publicado en Opinión

La organización terrorista ETA decretó el cese definitivo de la violencia en otoño de 2011 y, con su anuncio, abrió la era del posterrorismo etarra. Casi al mismo tiempo se inició en círculos políticos, sociales y culturales una pugna inédita que académicos y periodistas convinieron en llamar “la batalla del relato”. Se trataba de un debate moral en torno al discurso público que debía explicar la historia de la organización terrorista con la trayectoria más larga de Europa, responsable de alrededor de 850 asesinatos y 2500 heridos.

De ese debate dependería la versión de la historia que quedaría fijada en la memoria colectiva, que el sociólogo francés Maurice Halbswach definió como una corriente de pensamiento continua que retiene del pasado solo lo que todavía interesa a la sociedad de hoy, lo que aún está vivo y es capaz de vivir en la conciencia del grupo.

Las generaciones más jóvenes encarnan un papel fundamental: para buena parte de ellas el terrorismo con el sello de ETA suena demasiado lejano o directamente resulta desconocido.

Tres narrativas sobre el fin del terrorismo etarra

En esa batalla entraron en liza, y aún permanecen, tres narrativas: la de los perpetradores, la del tercer espacio y la de las víctimas.

La narrativa de los perpetradores persigue salvaguardar el legado político de ETA y justifica su existencia y su trayectoria en el marco de un conflicto contra el Estado español que se remontaría, al menos, a la Guerra Civil.

También abrazan el marco del conflicto los partidarios del tercer espacio, un concepto que pretende aplicar mecanismos de resolución de conflictos, incluida la justicia transicional, en un “mundo violento” que pone al mismo nivel a ETA y al Estado.

Por último, la narrativa de las víctimas niega la existencia de un conflicto con dos bandos y persigue deslegitimar el terrorismo poniendo a las víctimas en el centro del relato. En este paradigma, las víctimas se erigen en una autoridad moral, un símbolo, en tanto que no respondieron a la violencia con violencia. Su respeto al Estado de derecho evitó el inicio de una espiral de consecuencias insospechadas.

La narrativa de las víctimas ha ido ganando terreno

La narrativa de las víctimas ha ido ganando terreno en la etapa del posterrorismo. El contexto internacional ha jugado un papel fundamental: el auge del autodenominado Estado Islámico ha impulsado las investigaciones y los programas de prevención de la radicalización violenta, en los que las víctimas han sido protagonistas de iniciativas de contranarrativa.

En lo que respecta a la memoria colectiva, sus testimonios en primera persona cuentan con un hecho diferencial: la centralidad de las emociones, que facilitan la identificación con la audiencia y contribuyen a que los hechos narrados se perciban como colectivos.

En España, el empuje de la narrativa de las víctimas es especialmente visible en el ámbito de la ficción: “Patria”, la novela de Fernando Aramburu, abrió una senda a la que se han sumado series de televisión como la propia adaptación de “Patria” o “La línea invisible”, documentales como “El desafío: ETA”, y sus podcasts adyacentes. La investigación académica también ha adquirido un fuerte impulso para el que probablemente ha sido clave el empuje del Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo.

Además, en el ámbito educativo, tanto el Gobierno vasco como el Ministerio del Interior han puesto en marcha iniciativas para llevar los testimonios de víctimas a las aulas. En estos programas se parte de la hipótesis de que sus relatos en primera persona son herramientas eficaces para la transmisión de la historia reciente, la deslegitimación de la violencia y la prevención de la radicalización violenta. Sin embargo, se desconoce cómo impactan en la audiencia y si influyen en su percepción del terrorismo y de las víctimas.

Un estudio con jóvenes estudiantes

Esta laguna fue el punto de partida de un estudio en el que participaron 225 estudiantes universitarios de la Universidad Pública de Navarra y la Universidad de Navarra. Se utilizó una metodología basada en la realización de una encuesta previa para valorar su interés y conocimiento sobre el tema en cuestión y una encuesta posterior a la exposición a los testimonios de las víctimas en la que se valoraban eventuales cambios de opinión.

Los testimonios seleccionados pertenecían a cinco familiares de personas asesinadas en atentados de ETA en Navarra: tres mujeres y dos hombres con distinta relación de parentesco con la víctima (hermana, viuda, madre e hijos). Tres de los testimonios se distribuyeron en formato audiovisual y dos, por escrito.

Los cambios detectados entre la primera y la segunda encuestas resultan reveladores. Después de conocer los testimonios de las víctimas, la opinión general sobre ETA empeoró 12 puntos: pasó de ser completamente negativa para el 76% de los encuestados a serlo para el 88%. El porcentaje de estudiantes que tenía una opinión más favorable a la organización terrorista también se redujo.

Al conocer las vivencias en primera persona, la visión del papel de la sociedad y su apoyo a las víctimas cambió: inicialmente el 39% opinó que la sociedad había apoyado a las víctimas de manera considerable, pero posteriormente el 41% pensaba que el apoyo había sido escaso. Otro cambio relevante está relacionado con la necesidad de que la memoria del terrorismo se estudie en las escuelas, un porcentaje que se duplicó. Además, creció 12 puntos, hasta el 72%, el número de estudiantes que consideraba necesario perpetuar la memoria de las víctimas.

Por último, la segunda encuesta también arrojó datos interesantes sobre los propios testimonios. El que causó un mayor impacto fue el de una madre cuyo hijo menor de edad había sido asesinado. En general, los testimonios tuvieron un mayor impacto en las mujeres que en los hombres. En ambos, los sentimientos más comúnmente generados fueron tristeza y compasión. Sin embargo, en una pregunta abierta, solo hombres mencionaron otros como el odio, la rabia y la impotencia.

Este experimento, con sus limitaciones, pone de manifiesto la eficacia de los testimonios de las víctimas para la construcción de la memoria colectiva en torno al terrorismo. Su evaluación se presume como clave para mejorar las iniciativas públicas en este terreno, especialmente las educativas, y pueden constituir un elemento de alerta temprana para atajar eventuales picos de radicalismo.The Conversation

María Jiménez Ramos, Profesora de la Facultad de Comunicación, Universidad de Navarra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation