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EL PERIÓDICO
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No dejéis caer a ciudadanos


Edmundo Bal. Edmundo Bal.

No cabe duda de que el partido Ciudadanos (Cs) está pasando por el peor momento de su historia, desde su fundación en 2006, y de que, asediados por la estrategia depredadora del PP y por la deserción de muchos de sus cuadros, corre el riesgo de implosionar. Sin embargo, sería muy negativo para la democracia española el hundimiento —por tercera vez en el centro político, tras el CDS y la UPyD— de un proyecto como este.

Al contrario de los que han criticado el giro de Cs por plantear una moción de censura en Murcia, me encuentro entre los que afirman que la estrategia era la correcta y que su fracaso se ha debido a una cierta ingenuidad en su implementación. Entre ellos, coincido con el antiguo dirigente de Cs, Toni Roldán (El País, 11/03/21) que, además, se reafirma en que el verdadero error de Cs fue no pactar con el PSOE en 2019 —a causa del sectarismo de Albert Rivera—, cuando entre ambos sumaban 180 escaños y podrían haber gobernado cómodamente.

En mi opinión, Cs ha sufrido el síndrome del Titanic: cuando un barco va lanzado a toda máquina en una dirección, no es capaz de virar con la suficiente agilidad a pesar de vislumbrar el peligro delante de él. Cs eligió pactar solo con la derecha y no hacer ascos a la ultraderecha y ha empleado demasiado tiempo y energía en descalificar al PSOE —recordemos los epítetos, como el de “la banda de Sánchez”, que el señor Rivera le dedicaba incansable—. Cuando ha querido virar a última hora, no ha podido evitar el iceberg y se ha dejado unas cuantas cuadernas en la maniobra. Aunque no me cuento entre sus votantes, espero y deseo que —a diferencia del Titanic— no se hunda.

Un partido como Cs es muy necesario en nuestra democracia, a condición de que no quiera convertirse en un clon del PP, ni pretenda —como le sucedió a Rivera— ocupar el lugar de este. Su espacio, como corresponde a un partido liberal, es el del centro político y su objetivo —con ese objetivo nació— debería ser actuar como bisagra para evitar que los dos grandes partidos constitucionales se vean obligados a pactar con partidos extremistas o nacionalistas. Entre sus principios fundacionales, también estuvo el de regenerar el ejercicio de la política.

Sin embargo, abdicaron de ambas vocaciones cuando apoyaron los gobiernos autonómicos del PP de Murcia y Madrid. En ambos lugares, el PP había gobernado durante muchos años —25 en Murcia, 26 en Madrid— y había sido protagonista de numerosas tramas de corrupción al más alto nivel: Gürtel, Púnica, Lezo, Kitchen, Totem, etc. Para rematar el error, necesitaron en ambos casos recabar el apoyo de Vox, que dio los votos a cambio de introducir sus políticas retrógradas en la acción de gobierno. En ambos lugares, Cs tenía una alternativa mejor pactando con el PSOE, si de regenerar las instituciones y evitar los extremos se hubiera tratado.

El error de implementación en Murcia fue no contar con el peculiar “estilo” del PP. Ese partido había entendido el recibir el apoyo de Cs, en todo momento y lugar, como un derecho y reaccionó como una serpiente cuando vio cerca el “peligro” de ser desalojado del poder. No dudaron en provocar el transfugismo y la corrupción, como ya hicieron con Tamayo y Sáez en 2003 en Madrid.

La desaparición de un partido como Cs dejaría huérfanos de representación a un gran número de votantes moderados que nunca votarían a un partido de la izquierda, pero que tampoco se sienten cómodos con la actual deriva del PP, ni mucho menos con Vox. En las próximas elecciones de Madrid, estas dos últimas alternativas son casi la misma, por lo que resulta aún más imperioso evitar que desaparezca una fuerza moderada como Cs. En ese sentido, la sustitución del irrelevante Ignacio Aguado por Edmundo Bal ha de celebrarse como un gran acierto. Los votantes de centro ganan con esa elección un buen candidato que, además, está impulsando a nivel nacional la estrategia de resituar a Cs en el lugar que siempre le ha correspondido, pero que la ambición de Rivera le hizo perder. Eso sí, si Cs llegara a convertirse en bisagra y tuviera que decidir entre un gobierno de Diaz Ayuso u otro de Gabilondo, no debería equivocarse otra vez.

El pacto constitucional de 1978, que ha dado a España los 40 mejores años de sus dos últimos siglos de historia, está siendo atacado desde demasiados frentes. Por un lado, desde el independentismo catalán, como en la década de 2000 lo fue desde el independentismos vasco —muchos recordamos todavía el “raca-raca” del lendakari Juan José Ibarretxe—. Por otro lado, Unidas Podemos no deja pasar un día sin atacar la Monarquía, la calidad de nuestra democracia y el propio pacto, al que consideran —ignorantes de nuestra historia— una concesión del franquismo. Además, defienden la autodeterminación de las nacionalidades históricas, “derecho” obviamente no contemplado en la Constitución, y también consideran a ERC y a EH Bildu sus aliados naturales. En el otro extremo, Vox, este sí heredero directo del franquismo, es enemigo de la democracia como concepto y, si están en ella, es tan solo para destruirla desde dentro. Por último, el propio Partido Popular, en otros tiempos defensor de la Constitución y vertebrador del país, ha tomado con el señor Casado unas derivas populistas muy preocupantes: no tiene empacho en pactar con la ultraderecha e, incluso, en gobernar con ella; no atiende sus deberes constitucionales de renovar los órganos que requieren mayorías reforzadas; no colabora en las políticas de Estado, como hemos comprobado durante la pandemia; y no tiene un mismo proyecto en todos los lugares donde gobierna. Se comporta de un modo tacticista y su única obsesión parece ser desalojar a la izquierda del Gobierno a cualquier precio y conservar, también a cualquier precio, sus cuotas de poder autonómico, tal como hemos visto en Murcia y en Madrid.

Ante tantos enemigos del pacto constitucional, este corre cada vez más peligro. No es posible siquiera plantearse su reforma en medio de tanta tensión. El PSOE aparece actualmente como el único partido que defiende la Constitución en todos sus extremos, que tiene una implantación uniforme en todo el territorio y que ofrece un proyecto político idéntico en todas partes. Si fuera capaz de situarse en su sitio, un partido como Cs podría ser un valioso elemento de refuerzo del pacto que sostiene nuestra democracia. Espero que sus votantes sepan darle otra oportunidad.

Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos y profesor de Ingeniería Informática de la Universidad Complutense. Fue diputado por el PSOE en la legislatura X de la Asamblea de Madrid.