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EL PERIÓDICO
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La refundación del populismo y la crisis de los partidos


Asistimos a la crisis de los partidos populistas originarios en este segundo año de pandemia. De lo que fueron Podemos como de Ciudadanos, que después de una sangría progresiva de su importante número de votos con su aterrizaje en las instituciones, ahora se enfrentan a un declive, es verdad que de distinta intensidad, junto a la práctica implosión de su modelo de nuevo partido.

Con el aterrizaje, primero en la política, luego en los parlamentos y más tarde como resultado de su influencia en los gobiernos de uno y de otro signo, los nuevos partidos han ganado poder pero han perdido el lustre de movimiento populista de emociones y principios insobornables y ,como consecuencia, han iniciado su declive electoral que ahora se reproduce también en el colapso de su funcionamiento como partidos.

La convocatoria electoral de Madrid pretende simplificar el espacio populista en favor de la variante más apta para la polarización frentista actual, y en ese contexto, Unidas Podemos, la unificación electoral en torno al líder, con la absorción de Más Madrid, y al tiempo, un nuevo modelo de partido, a imagen del liderazgo carismático y la bicefalia del PNV.

Mientras tanto, el populismo ultraconservador, a pesar de la pérdida de su referente al frente del imperio norteamericano: Donald Trump, y del retroceso progresivo de sus homólogos en Europa, continúa en alza, capitalizando en España de un lado el deterioro del PP por el efecto de la corrupción que continúa ante los tribunales, el desplome de Ciudadanos y de otro el populismo nacional, tan antinacionalista como anticomunista, sumados a la desafección y la ira en contra del sistema político democrático. Estos, tampoco tienen problema con un partido de estructura vertical y disciplina militar.

En este sentido, los acontecimientos recientes, provocados el fiasco de la moción de censura en Murcia y la consiguiente convocatoria electoral en Madrid, han sido aprovechados para intentar consolidar la refundación trumpista de la derecha, así como acelerar el declive final del centro populista. La operación de la derecha empieza en Madrid pretende terminar en la Moncloa, ya veremos con qué actores. La debilidad en el seno del populismo de izquierdas ha hecho que el vicepresidente del gobierno se haya lanzado a liderar al conjunto de la izquierda populista por Madrid, a la vez como forma de garantizar la presencia en el Parlamento y como OPA hostil hacia Más Madrid y tambien como un nuevo intento de volver al discurso incial de Podemos de ser el aglutinante de toda la izquierda, como si siete años de incoherencias y que han arribado en un apráctica reformista, no hubieran pasado. Ha visto en la operación de la derecha su oportunidad para hacer lo mismo, aún a costa de seguir deteriorando el sistema democrático. El rechazo de estos últimos era de esperar en defensa de la autonomía del proyecto, aunque seguramente con unos costes electorales inevitables y quién sabe si irreversibles.

La cuestión es que Pablo Iglesias necesita renovar su liderazgo carismático, consustancial al populismo, sacándolo del roce con la gestión de la realidad que lo ponía en peligro y acude ahora a la comparación con la bicefalia del nacionalismo vasco entre el liderazgo y la gestión, cuando éste responde a una larga historia y a la extensión y concentración de poder institucional del PNV en las instituciones vascas. Los dos casos no son comparables. En Podemos nos encontramos con un populismo originalmente de corte iliberal y en el caso vasco con un partido en las coordinadas de la democracia representativa, si bien con los rasgos propios de todo nacionalismo e irredentismo que instrumentaliza discursivamente. No obstante no se pueden obviar los problemas del modelo cuando se agudiza el discurso mítico nacionalista: Los problemas de Garaicoechea, Ardanza, Josu Jon Imaz, etc y cómo se resolvieron cuando el discurso mítico alcanzó a la práxis democrática como con el lendakari ibarretxe.

En todo caso, el movimiento de Pablo Iglesias está claro que no es para ceder el liderazgo, que muy al contrario se consolidaría como carismático al frente de Podemos, sino para dejar de ser el candidato y con ello evitar el desgaste que comportan los compromisos de la democracia representativa y la participación en el gobierno.

En un principio, los partidos populistas surgieron del rechazo a la casta y a la vieja política identificada con la Transición, y con ello en contra los llamados intereses de partido, de las maniobras parlamentarias de despachos y pasillos, de los privilegios de los cargos publicos y del estigma de la corrupción. Agitando la impugnación de la casta y de los privilegios de los políticos como paradigma de la desigualdad, dejando sin embargo la escandalosa desigualdad social y de poder político en un segundo término.

Con reivindicaciones que iban desde la autofinanciación de los partidos y las primarias, la reforma electoral, la abolición de los aforamientos, la reducción de las retribuciones a los cargos públicos, dentro de una genérica regeneración política, y en el caso del populismo de izquierdas, incluso la alternativa de un tan indefinido como inviable proceso constituyente.

Todo ello, originado en una fractura generacional en los sectores medios damnificados a consecuencia de la crisis económica y de una austeridad que echaron por tierra todas las promesas de ascenso social, ante lo que la reacción fue la frustración y la indignación. La generación mejor preparada rechazaba vivir peor que la de sus padres. Unos se alinearon en el populismo nacional, de uno u otro signo, y otros con el populismo de los de abajo. Uno y otro contra la casta y ambos enfrentados entre sí.

Ambos populismos tenían precedentes y no solo en los históricos populismos ruso, americano o francés, sino también en España en el carlismo, el regeneracionismo y luego el lerrouxismo, antecedentes más cercanos de la diversidad de variantes de populismos de hoy en día, desde el llamado de centro, los independentistas, los populismos de izquierdas y los de extrema derecha.

Entre sus características, destaca como consustancial el liderazgo fuerte y la simplificación del mensaje emocional como alternativa a la complejidad del pluralismo y el mensaje racional y políticamente correcto de los viejos partidos, junto a la polarización política, e incluso la criminalización del adversario, frente al la naturaleza de la democracia realmente existente: reconocimiento mutuo, el diálogo, la negociación y los acuerdos. Para ellos el fin justifica los medios, llevando la legitimación de cualquier medio. Una política donde prima lo emocional.

También el rechazo a la democracia representativa y los organismos intermedios y el prejuicio sobre el acuerdo como cabildeo de pasillos sospechoso y siempre cercano a la traición frente a una lealtad y unos principios considerados inalterables, y en favor de alternativas de cuya posibilidad real nunca se quiere hablar y que permanecen en el reino de las ideas como es el caso de la genérica de la democracia participativa y de la democracia directa. Y por otro lado la más prosaica de la tecnocracia.

En consecuencia, priman la agitación, los gestos y los principios sin responsabilidad, frente al compromiso, las concesiones y la noción de utilidad de la vieja política. Por eso las alianzas y el gobierno se entienden como temporales e instrumentales solo para el acceso al poder, y al margen del contenido del programa.

El partido populista

Los partidos tradicionales hacen de la ideología, más o menos definida, de la militancia y de sus organizaciones su vínculo con una clase, sector social y territorio, así como del programa electoral su contrato con los electores en las instituciones.

Sin embargo, el partido populista, pretende instalarse como partido en el terreno del movimiento social y ocupar ambos espacios acusando al partido clásico de no estar enraizado en lo social y de peramencer sólo en lo institucional que es despreciado como un lugar corrrupto. Una versión del partído único que representa a todo el pueblo, de ahí sus afirmaciones "somos la gente". No es nuevo en la historia. Por eso se autoconceptúan como movimiento socio político. Su organización interna es, principalmente, el grupo o enjambre digital en torno al líder, con las primarias y el plebiscito utilizadas como alternativa y filtro de la democracia interna, en que la mayoría se lo lleva todo y como consecuencia donde la militancia, la organización, la dirección colectiva o el debate son sinónimos de obsolescencia, división e ineficacia. Es un sinisestro híbrido que esteriliza el campo social al destrozar la autonomía de la sociedad civil y maximiza las peores tendencias de la forma partido al no someterlas a ningún límite. (Ley de Mitchel). La institución, que es la materialidad de la Ley democrática, es denostada y por tanto los únicos límites quedan pulverizados. La institución no ha de ser mejorada, es siempre impura frente a una sociedad ya estructurada por el Partido Movimiento cuya catársis permanente e ilimitada es el referendum continuo. Por eso abandonar la institución es siempre bueno, frente a la institución nunca se ha de ser responsable, solo frente a un mítico pueblo.

La lógica populista necesita de la personalización de un liderazgo fuerte -el populismo sólo vive encarnado ya que es el medio que le permite cambiar de criterio sin más explicación que la visión del lider, el populismo es un significante vacío que llena con el carisma- (por eso se pasa del sorpaso y sustitución al PSOE a enunciar que el PSOE y Podemos se complementan electoralmente y tienen que pactar), donde la dirección y los grupos institucionales son sustituidos por conceptos como la subordinación y la delegación, de forma que no difuculten la interlocución directa del líder con el pueblo.

Lejos de una riqueza, el pluralismo interno se considera fuente de conflicto, convertido en el enemigo interno y como consecuencia lleva a la permanente exclusión del discrepante. Eso ha supuesto también una organización centralizada y en consecuencia unas delegaciones territoriales sin autonomía política.

El programa es para el populismo un relato de máximos de brocha gorda y sin límites objetivos ni subjetivos. Porque no está pensado para las alianzas y la gestión de gobierno. No está hecho para la democracia y la sociedad compleja.

Estas características de los nuevos partidos populistas, personalistas, como proyectos antagonistas, con relatos de parte y también con una forma partido centralizada, si bien en su momento pudieron ser útiles como revulsivo necesario para su súbito ascenso, hoy sin embargo, como siempre a lo largo de la historia, son un obstáculo insalvable para su mantenimiento como organización y para su desarrollo futuro y su deterioro afecta al funcionamiento de las únicas instituciones posibles en democracia. Con la dinámica populista iliberal instalada en gobierno, parlamentos y en toda la dinámica política y electoral, la democracia no puede abordar los problemas que le afectan y que requieren reformas estructurales a medio y largo plazo, lo que siginifica que requieren de grandes acuerdos plurales. La democracia puede convertirse en una permanente representación de discursos estridentes y epidérmicos que tendrán como conclusión alguna forma de autoritarismo. Este será el legado del populismo iliberal nacido en 2014, si los demás nos sumamos de defender sus categorías conceptuales y sus dinámicas. El declive del populismo originario aviva objetivamente que la extrema derecha continúe su ascenso electoral y probablemente de gobierno.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.