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Hier encore o vivir del prana


Yo creo que estos días me están influyendo tanto la política y la pandemia mundial, que he decidido volverme respiracionista. Es tal el maremagnum de nuestra tierra, tan considerable, que parte de los madrileños se han decidido a seguir haciendo lo que les viene en gana. Me crucé con uno de los vecinos de mi vivienda y me recomendó –tampoco sé por qué la verdad- que el del cuarto daba muy buenos masajes. Me dio una tarjeta y ahí te las compongas. Pensé que lo mejor sería alejar mis ideas absurdas y concentrarme en la cosa o tema del masaje. Pasó el rato de un paseo cuasi primaveral y recordé sin asombro que tengo toc del toqueteo y que no me pongo en manos de un masajista ni loca. Ya lo hice cuando viví en Japón. Al menos, los buenos masajistas orientales suelen ser ciegos…¡por el qué dirán!

Al continuar con mi paseo decidiéndome por lo del respiracionismo y el prana, pasé delante de la piscina de un club de aquí al lado. Siempre me he preguntado muchas cosas con respecto al tema piscinil, todo hay que decirlo. Yo, nadar, nado, pero nado a mi modo de ver, muy mal, como muy tonta y cuando lo hago, me duele todo, especialmente la zona lumbar, esto me ha pasado toda la vida, es decir, que llevo toda la vida nadando mal, con lo que llego a la piscina ante lo que yo creo son las miradas de todo el mundo y...horror, muy mal. Medité y medité concerniente al agua, a la luz, a no comer alimentos sólidos… a vivir de respirar, en definitiva. Pero compré un bono por un día, alquilé traje de baño y ahí que integré en ese mundo de sirenas y de Aquaman.

Saliendo del vestuario, me decido a tirarme de cabeza, porque aun creo Hier encore j’avais 20 ans, y me doy cuenta de que he fastidiado justamente una de la zona que tengo en estado crítico que es el cuello. ¡Hija de mi vida!, no eres ya una chiquilluela y no estás en forma, así solo haces el pelícano. No, hay que bajar por las escaleras, cosa que no he hecho en mi vida porque me ha parecido algo reservado para cuando sea ya muy muy vieja. Ya lo soy, pero no lo quiero ver. Cuando asistía a las piscinas de Francia y mas si son para terapias, te obligan a sumergirte por las escaleras, lo que para mi, significa empezar de mala manera. Me gusta tirarme de cabeza, chapotear, buzear, jugar…todo lo que no se puede. Después te pones a nadar y te das cuenta de que estas hecha -según bajas por esas malditas escaleras que se clavan en el pie con tu gorro de mosca-, una auténtica foca marina o mamut acuático, a juzgar por cómo se mueve el agua al meterte tú. Ahora sí que mira la gente, ahora miran de verdad, no por tu belleza precisamente, sino porque has demostrado que no eres de ellos.

En esos lugares, cualquier mayor de 65 años y en adelante, está hecho un máquina de la natación, del dominio del agua, de la gimnasia y te mira con desprecio, sí señor, te mira como diciendo “esta glotona y cerda ha venido a quitar la plaza a una de las nuestras (de 70 años pa arriba) que nadan todas como la misma Esther Williams” de sus tiempos, claro. Comienzas a nadar o a bucear que es lo que a mi me gusta y rápidamente viene un monitor que te dice: señora en estas piscinas no se viene a jugar y bucear, que a lo que usted viene, es a hacer una terapia de mejora de esclerosis, de artrosis y de no sé cuantas cosas más, para deprimirte según va. Aquí de buceo ni hablar que te vas a hacer daño. Digo yo, ¿más? A veces la vida es un fascismo completo y continuo.

Salgo del agua, observo que baja el nivel del agua, después de haber realizado unos ejercicios lentos, ¡madre mia! en el agua, porque eso y nada más que eso, es lo único que tengo derecho –según mi estado- a hacer, ejercicios lentos y sin forzar. Y mientras realizo los malditos ejercicios lentos, pasan la mara de jubilados nadando como en competición, si me apuras, hasta estilo mariposa para cabrear a la generación de cuarentones, cincuentones maltrechos que estamos para el arrastre.  Lógicamente cuando salgo del agua tengo más frío que nadie por mi condición mediterránea y me agarro el trancazo de turno, que no se ha agarrado nadie, desde la ocupación alemana porque están -a base de ir al médico o de no sé qué- todos sanos los jodíos. ¡Putain!

Con lo cual, y conociéndome pues no vuelvo, claro. El bono por un día, se queda ahí. Y es que en esta sociedad hay que tener compasión, respeto y mucho cuidadín con todas las generaciones, con los pequeños, huelga decirlo, con los adolescentes, pobrecitos, con los jóvenes, porque a los pobres no les pagan los 4.000 euros que se merecen por terminar su carrera, a los mayores por que lo son, a los jubilados por que están traumatizados y en crisis y cualquier día la lían de verdad, a los más mayores, huelga decirlo, y digo yo… ¿estas generaciones medias adónde vamos? ni pajolero caso. Muchos, no tienen sueldo y tienen familias, muchos han visto su categoría laboral transformada súbitamente, la mayoría ninguneados por los jóvenes que son más listos que nadie y saben bastante de todo. Gran parte de estas generaciones, por no tener, no tienen la vida solucionada, sin embargo, hay que contemplar este abuso de deshonra política como si nada. Probablemente, esta clase social de cuarentón y cincuentón, sea quien peor lo esté pasando, quien menos auxilio tenga y quien más esté deseando ir al bar, a echar unas cartas, a sus ritos masones, a escalar la montaña de ahí al lado, a misa…a algo…a vivir en libertad, por fin. Porque probablemente sean los que más respeten las normas que tenemos, pero no luce, porque ahora cuentan otros.

Después de haber sufrido en la pisci cual absurda y después de reconocer que tengo ganas de una buena conversación inteligente y de que estoy harta de encierro y demás ataques de los politiquillos de mal pelo, creo que solo con respirar no me va a valer. Quizás lo deje para más adelante porque Manolo el de abajo, pone fabada y luego boquerones y claro eso es difícil de obviar. Yo quería ser más sana, más nadadora, más respiracionista, más amiga del aire y de lo volátil, pero definitivamente, como no aguanto nada de lo que me rodea, ya he comprado todo para hacer un supercocido en mi casa y con ello, hallar la felicidad en el tufillo madrileño que va a impregnar mi estancia y mi vida, hoy sábado. Ya no quiero solo prana.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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