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Jaque al PP


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Un movimiento inesperado a modo de efecto mariposa ha convulsionado el tablero político en las últimas horas. El jaque al Partido Popular en Murcia ha tenido una fuerte repercusión política en el debate nacional. En esta comunidad, PSOE y Ciudadanos han llegado a un acuerdo global para poner fin a lustros de gestión bajo sospecha y controvertida a cargo del PP en ese territorio. Esta sacudida murciana ha tenido réplicas con distintos epicentros geográficos. En la Comunidad de Madrid se está pendiente de que la justicia dictamine si habrá elecciones anticipadas, como pretende Isabel Díaz Ayuso, o si se debaten sendas mociones de censura registradas por parte de PSOE y Más Madrid. En Castilla y León, los socialistas ya han tramitado una iniciativa similar para remover al actual ejecutivo autonómico.

Aunque en una democracia parlamentaria gobierna quien suma más apoyo en su asamblea legislativa, no está de más recordar que en estas tres autonomías que copan ahora el interés informativo fue el PSOE la fuerza más votada en las elecciones de mayo de 2019. De forma legítima, las derechas se pusieron de acuerdo, en los casos de Madrid y Murcia con el agravante del apoyo de Vox (como también ocurrió en Andalucía y en muchas corporaciones locales), para cerrar el paso al partido ganador de las elecciones. El mantra del PP de que gobierne la fuerza más votada quedó aparcado para mejor ocasión.

Tan lícito y democrático es sumar para llegar al gobierno como lo es la presentación de una moción de censura para cambiarlo. Este último, además, es un mecanismo contemplado en nuestro marco constitucional. Llama la atención, por tanto, la reacción hiperventilada del Partido Popular cuando en aplicación de nuestro ordenamiento jurídico se articulan procedimientos para modificar el destino de las instituciones. Desde las atalayas conservadoras se recurre con demasiada frecuencia y desahogo al ‘haz lo que yo diga pero no lo que yo haga’. Como ya pasó en el 2018 con el desalojo democrático de Mariano Rajoy de la Moncloa, ahora se deslizan insidias para desacreditar una decisión política amparada por nuestra legislación.

El seísmo cogió a contrapié al partido que, de momento, lidera Pablo Casado y su reacción ha sido estridente. El PP ha hecho suyo el grito delirante y con copyright trumpista de Isabel Díaz Ayuso de “socialismo o libertad”, un desvarío que tiene la misma debilidad argumental que el “socialismo o muerte” tan manoseado por la propaganda del régimen cubano. Estamos ante un alegato tan insustancial como rancio que busca alentar la polarización y dividir a la sociedad. ¿Alguien en su sano juicio puede poner en duda que la izquierda española no defiende la libertad? Quien enarbola un razonamiento tan tosco e inicuo (poca gente para suerte de este país) se sitúa en el populismo de derechas o en una suerte de neofascismo.

El cuartel general de la presidenta madrileña quiere que las eventuales elecciones se diriman en el marco de una fuerte confrontación ideológica, del choque de bloques y de la construcción de realidades alternativas que desvíen la atención sobre la nefasta gestión de un gobierno autonómico más interesado en la bronca en plena pandemia que en trabajar con unidad en momentos tan difíciles. Hay dirigentes políticos que prefieren confrontar a construir y sumar, que apelan de forma sistemática a la crispación y que desarrollan una política de tierra quemada en detrimento del bien común y el interés general. Ése es el caso de Ayuso, un producto de la factoría de Miguel Ángel Rodríguez, uno de los herederos del aznarismo.

Otra de las discípulas de esta doctrina, Cayetana Álvarez de Toledo, ángel caído del PP, aprovechando este terremoto político (y la debilidad de Pablo Casado), animaba a renunciar a la moderación en pro de la supremacía de esencias retrógradas y del radicalismo, situando a Ayuso como el ejemplo a seguir para los vendedores de la sede de la calle Génova. El Partido Popular se encamina de forma inexorable a entregarse a Vox tras este desencuentro con Ciudadanos. Mala noticia para la democracia que el PP no tenga otra pareja posible de baile que la extrema derecha. La hidra se dará un gran festín.

Senador socialista por Andalucía, y periodista.

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