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El 11-M y los heraldos de la muerte


Veinte años de los atentados del 11-S en Nueva York. Uno de los titulares de prensa del día siguiente decía,

-Gobierno, patronal y sindicatos firman el acuerdo para la nueva renta mínima. Claro que recuerdo aquel día, acabábamos de volver de la Puerta del Sol a la sede de CCOO de Madrid. Habíamos acordado con el gobierno madrileño llevar a la Asamblea de Madrid un proyecto de Ley de Renta Mínima de Inserción y firmamos un protocolo de intenciones con el Presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, el Presidente de la Patronal, Fernando Fernández-Tapias y José Ricardo Martínez, Secretario General de UGT.

Resulta pasmoso que se cumplan ya veinte años desde que consiguiéramos convertir aquel decreto que creaba el Ingreso Madrileño de Integración (IMI), uno de los mejores frutos de la Huelga General del 14-D hace ya más de treinta años en un derecho subjetivo regulado por ley. Tras la Huelga, fue intensa la negociación con Elena Vázquez, a fin de cuentas estábamos inventando los salarios sociales en España.

Elena era en aquellos días Consejera de Integración Social de Madrid, la única mujer en un gobierno del que formaban parte magníficos políticos como Eduardo Mangada, Eugenio Royo, Pedro Sabando, Agapito Ramos, o Jaime Lissavetzky. Para avanzar hacia la paridad en los gobiernos hubo que esperar aún varias décadas.

Así que, volviendo al principio, allí estaba aquel 11-S, en el despacho, escribiendo sobre lo que acabábamos de firmar, cuando alguien abrió la puerta y encendió la tele. Algo grave estaba pasando en Nueva York. Un avión se había estrellado contra una de las torres gemelas. El despacho se fue llenando de gente frente al televisor. Con el impacto del segundo avión contra la segunda torre supimos que estábamos viviendo en directo un golpe de terror que cambiaría el mundo. Cuatro aviones, cuatro atentados, casi 3.000 muertos, más de 25.000 personas heridas.

Luego vinieron la guerra de Afganistán, la invasión de Irak, las impresionantes manifestaciones del No a la Guerra y el presidente más acomplejado de la España reciente, supliendo con la chulería de sus pies sobre una mesa del Presidente de los EEUU, su falta de consistencia personal, su desconocimiento absoluto del inglés y de la política, su endeblez como estratega, su incapacidad para ver que lo de las armas de destrucción masiva era sólo un invento, una patraña, un argumento estropeado de su reciente amigo americano, que, a falta de otro aliado disponible, le había invitado a formar parte del Trío de las Azores.

En los Estados Unidos y el Reino Unido, culturas en las que los servicios prestados son apuntados en un libro de favores, hasta que un día son devueltos, quedó consignado un apunte valedero por todas las puertas giratorias de las que ha disfrutado Aznar desde entonces. Del magnate Murdoch, a fondos de inversión, pasando por grandes eléctricas, grandes constructoras, grandes consultoras y hasta minas de oro.

Menos de tres años después de los atentados del 11-S los heraldos negros de la muerte viajaban en trenes de cercanías camino de Atocha. Esta vez fueron cuatro trenes, diez explosiones, casi 200 personas muertas y más de 2.000 personas heridas. No eran aún las 7:40 de la mañana y de forma sincronizada la violencia nos asestó un nuevo golpe que ya nunca olvidaremos.

Trabajadoras y trabajadores, estudiantes, ancianos y jóvenes, hierros retorcidos, cuerpos destrozados, imágenes imborrables de serpientes mecánicas abiertas en canal por las bombas. Las mujeres y hombres de la sanidad, de los servicios de emergencia, policías, ejército, seguridad ciudadana, salud mental, todos los servicios públicos desplegados para taponar la terrible herida abierta en las venas de Madrid.

El 11-S, el 11-M, cambiaron el mundo. Aprendimos con insufrible dolor que la injusticia es global, aunque con mayor o menor intensidad. La violencia es global y aunque la muerte no distingue de razas, se ceba más sobre los más pobres, independientemente de dónde nacen, o dónde viven. Lo mismo que las pandemias. Fuimos conscientes de que el planeta, o mejor dicho, nosotros, nuestra especie, en el planeta, estábamos unidos por un mismo destino que compartimos.

Cada nuevo golpe asesino del islamismo en Londres, en París, en Bruselas, o en Niza, reproducía las imágenes diarias de los brutales atentados en los mercados, mezquitas, o plazas de Bagdad, Kabul, Mosul, o Karachi. El terrorismo de ETA nunca podría aspirar a producir inmolaciones de tal calibre. Su final aún tardó unos años en llegar, pero era ya inevitable.

Cada año, hubo quienes se empeñaron en convertir el 11-M en un momento para alimentar las teorías de la conspiración, en lugar de crear un punto de encuentro de toda la sociedad unida frente a la barbarie de la violencia dispuesta a acabar con la libertad, con la democracia, con la vida.

Porque no hay víctimas de primera y de segunda, porque cuando la violencia entra en acción ya no hay más que víctimas unidas por el dolor y la pérdida. Los pueblos no siempre aprendemos de la historia que nos ha tocado vivir y todas las lecciones no aprendidas, todas las páginas pasadas con distracción, o con voluntad de olvido, terminamos por repetirlas, volver a leerlas.

Lo triste es que esas lecciones ya nunca son iguales y, probablemente, serán más costosas y duras. Lo menos triste, es que nunca es tarde para aprender. Siempre es tiempo de recuperar un poquito de sensatez que nunca está de más cuando se trata de combatir la llegada de los heraldos de la muerte.

Maestro en la Educación de Adultos, escritor y articulista en diferentes medios de comunicación. Fue Secretario General de CCOO de Madrid entre los años 2000 y 2013, años duros de corrupción y miseria política antisindical. Durante los cuatro años siguientes fue Secretario de Formación de la Confederación Sindical de CCOO.

Patrono de las Fundaciones Ateneo 1º de Mayo y de la Abogados de Atocha. Ha publicado varios libros, entre los que se encuentran El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de nos Nadie, o Cuentos en la Tierra de los Nadie. Ha sido ganador de más de veinte premios de poesía y cuento, en diferentes lugares de España y América Latina.