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EL PERIÓDICO
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¿El bien común o el "sálvese quien pueda"?


En tiempos de pandemia el día a día transcurre, a la par que entre la incertidumbre, por las cifras de contagiados y fallecidos en todo el mundo, entre la esperanza por las vacunas que están ya inmunizando a millones de personas, en un contexto vivencial de distanciamiento social, que ha rearticulado los modos de presentarnos en sociedad y vincularnos con los otros. Nuevas formas de interacción se han apostado, subyaciendo la cuestión de si este hecho nos conducirá hacia un mayor individualismo o, en su caso, nos llevará hacia la conformación de ligazones de naturaleza comunitaria.

El individualismo es el valor que preside la lógica de lo social, se asocia a la desvinculación de las personas respecto de sus grupos y comunidades más directas, en un entorno en donde tienen opción a elegir que desean hacer con sus vidas. Ulrich Beck, hace ya varias décadas, planteó que en los países occidentales, tras la segunda Guerra Mundial se generó un impulso social de tal profundidad, que las personas fueron desprendidas de sus referencias familiares y remitidas a sí mismas, con los consecuentes riesgos, oportunidades y contradicciones. Los individuos son, por tanto, el centro de sus estilos de vida, de tal suerte que aun, habiendo quedado constatado que la familia, en esta etapa inédita de la humanidad más reciente, ha sido nuestro refugio y amparo (a pesar de la separación física), se negocia con plazos definidos, y desarrolla tendencias de dependencia familiar respecto a agentes externos no familiares, habiendo hecho su aparición nuevas comunidades identitarias.

Durante el confinamiento se produjo un fenómeno de catarsis colectiva cuando a diario los ciudadanos salíamos a los balcones, terrazas y ventanas a deferir con los vecinos aplausos de agradecimiento a los sanitarios por alejarnos del sufrimiento y la muerte. Muchos de estos encuentros se prorrogaban con vecinos espontáneos que daban pequeños recitales musicales y, en ocasiones, con animadas “celebraciones” de cumpleaños de balcón a balcón, particularmente hacia los niños y niñas de menor edad, que recibieron, para su felicidad y recuerdo, la visita de la policía en sus unidades móviles, regalándoles su presencia al compás del “Cumpleaños feliz”. Fueron momentos de gran vibración, de “estar juntos”, de compartir miradas y gritos de apoyo.

Para Fernando Castro Flórez, “El confinamiento pandémico ha convertido los balcones y a las ventanas en los espacios fundamentales de la “expresión pública” (los aplausos ritualizados de agradecimiento a las “cadenas de cuidados” o la expresión del desacuerdo político en forma de charivari-cacerolada” pero también puede que haya generado una singular idiorritmia … que, como propusiera Roland Barthes, podría llevarnos a reinventar la delicadeza…”[1], bosquejada en términos de alejamiento y consideración, al tiempo que de calor en los vínculos y del retorno quizá, contingente o quizá no, a un tipo de “solidaridad mecánica”.

“Solidaridad mecánica”, en terminología de Emilio Durkheim, uno de los padres de la Sociología, coligada a un sentimiento de unión entre los sujetos, sujetos que, en aquellas fechas, se sentían como iguales (el mal nos acechaba), atañían sus conciencias, creando una colectividad de creencias y sentimientos comunes ante el riesgo y el miedo. Mujeres y hombres fundidos, como los amigos de la obra de Camus La peste, por unas circunstancias inusitadas, en una apariencia en donde al “otro” se le reconoce por la empatía que genera estar en convivencia con el mal y la vulnerabilidad en las esferas emocionales y sociales.

En definitiva, la percepción entre la población de riesgo al contagio, de poder enfermar y hasta de morir dio lugar a que la sociedad se presentara como un conjunto con un profundo sentimiento del “todo” que se ha materializó en frases como “todos a una”, “todos podemos con el virus”, “lo superaremos juntos”, etc.

Ahora bien, muchos analistas no previenen en estas ideas, para el filósofo Fernando R. de la Flor, “Ya sean las comunidades de vecinos de ayuda recíproca, o sean estas grandes empresas destacadas en la biosalvaguarda de sus trabajadores. Han de proliferar (pero sólo en el “primer mundo”) los agrupamientos capaces de generar su propia energía. Pero aquellos no forman de ninguna manera multitud, sino que expresan el individualismo total de estructuras que se envuelven en sí mismas, a la par que se desentienden de todo “exterior”[2]

Y, junto a lo anterior, el miedo al contagio intensificó la idea de una “sociedad de la sospecha” y con ella del “sálvese quien pueda”, del individualismo más estricto. Individualismo que nos hizo, al tiempo que víctimas, policías y jueces. La que algunos han denominado “la Gestapo de los balcones”, convertidos, en aquel momento, en lugares de control social, asumieron dos funciones claves: socializadora y de vigilancia. Dos son los factores que hicieron factible que la población asumiera este control sobre sus congéneres, por una parte, por el papel adquirido por los medios de comunicación, en calidad de informadores y creadores de opinión día a día, produciendo, en ocasiones, sentimientos de pánico e incluso de hastío por una realidad que nos transferido a una noria de emociones. Y, por otro lado, al rol asumido por las redes sociales, piezas centrales en la construcción del imaginario colectivo, en tanto en cuanto, siguiendo a Borges son constructores de valores, actitudes y modelos de actuación[3]. En este escenario covidiano, adquiere una extraordinaria actualidad la idea del contrato social Rousseniano, en el sentido de que cuando un individuo violenta el derecho social se le juzga más como enemigo que como ciudadano.

A partir de las reflexiones anteriores, cabe preguntarse, hacia dónde nos dirigiremos como humanidad cuando llegue la calma, cuando los miedos se diluyan y hayamos vencido a la adversidad, aunque posiblemente la zozobra, nos acompañe por tiempo ante tan excepcional vivencia. ¿Se instalará la búsqueda del bien común o del “sálvese quién pueda”? Y aunque episodios de indignos “ciudadanos” que han hecho uso de la oportunidad y de su poder, saltándose los protocolos de vacunación, muestran una de las caras de nuestra naturaleza, me quedo con la experiencia, en los últimos meses, de instantes únicos, en donde pudimos sentirnos partícipes de la totalidad, sin perder nuestra individualidad.

[1] Fernando Castro Florez, “Vivir juntos (en tiempo de distancias) y dando vueltas a la catástrofe (de lo siempre igual”, Revista de Occidente,, nº 476, enero 2021, pág. 51.

[2] Fernando R. de la Flor, “Todo se pasa”, Revista de Occidente, nº 476, enero 2021, pág. 13.

[3] Rodrigo F. Borges, “Esfera pública y medios de comunicación La contribución de los media a la construcción de la ciudadanía democrática”, Daimon Revista Internacional de Filosofía, 2011, págs. 79-93

Nacida en Ingolstadt Donau (Alemania). Doctora en Ciencias Políticas y Sociología. Catedrática de Sociología de la UNED. Es autora de un centenar de publicaciones sobre los impactos sociales de la Biotecnología, exclusión social, personas “sin hogar”, familia, juventud, inmigración, etc.

Es miembro y secretaria del equipo de investigación del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) de la UNED. Ha participado en una treintena de proyectos de investigación. Es evaluadora habitual de revistas de Ciencias Sociales españolas e internacionales.

Desempeña tareas de gestión en la UNED desde el año 1996. Ha sido secretaria del Departamento de Sociología III (Tendencias Sociales) y subdirectora del mismo. Asimismo, coordinadora del Máster en Problemas Sociales y del Programa de Doctorado en Análisis de los Problemas Sociales de la UNED.

En el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha sido coordinadora y evaluadora de becas dentro del Área científica Ciencias Sociales.

Miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida (1997-2010), vocal de la Comisión de Bioética de la UNED y Vocal Titular del Foro Local de “Personas sin Hogar” del Ayuntamiento de Madrid.