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Violencia y agresividad: el secreto oculto de las Redes


Una de las noticias que ha saltado por ahí estos días son los estudios que demuestran que entre la población juvenil, la violencia y el maltrato han aumentado de forma considerable. Ya entendemos por agresividad la violencia sobre algo o alguien que impide, fuerza, altera, trastorna o destruye su propia estructura o dinamismo. Cualquier forma de conducta física o verbal destinada a dañar, ofender o destruir, al margen de que se manifieste con hostilidad o como medio calculado para alcanzar un fin, se considera una conducta agresiva. En psicología, la agresividad (física o verbal) puede ir dirigida contra uno mismo (autoagresión) o contra otros (heteroagresión), ya sean personas, animales u objetos. Las conductas agresivas forman parte del repertorio normal de las personas. No está claro el papel que juegan la herencia y el ambiente en su desarrollo, pero se considera que la agresividad es una consecuencia conductual de la maduración biológica y social característica de la infancia.

Por lo general, estas conductas se van reduciendo a medida que los adolescentes incorporan nuevas habilidades físicas y sociales con que enfrentarse a los estímulos aversivos que puedan encontrar en su exploración del entorno y en el ejercicio de su creciente autonomía. Las conductas agresivas son susceptibles de adquirirse y mantenerse a través del aprendizaje social. Numerosos estudios confirman la importancia que tiene el refuerzo en el modelado y el mantenimiento de la conducta agresiva. Así los sistemas familiares que permiten un control de la conducta mediante la utilización del dolor o castigo físico producen niños y jóvenes que exhiben un elevado índice de respuestas agresivas.

Desde el punto de vista social, la cultura regula el uso de la agresión en las relaciones sociales y aporta significados compartidos a estas acciones. En general, la conducta agresiva produce actitudes de rechazo, ya que el intento de producir un cambio en una persona adulta, desde una postura de fuerza, atenta contra su libertad (viola su derecho a conducirse de acuerdo con sus criterios) y vulnera las reglas y normas sociales.

Hay que aclarar que un niño puede ser agresivo, sin ser violento, aun cuando estos dos aspectos están íntimamente relacionados. Podríamos decir que la agresividad es una actitud y la violencia es una conducta. Hay miradas o gestos agresivos que no acaban en una pelea o en una acción violenta. La pelea es la conducta violenta que manifiesta una agresividad no controlada. Uniría el hecho de mencionar que la actitud agresiva (de fastidio o de malestar) ante algo que deseamos y que por las causas que sea, no conseguimos, se puede considerar natural y sana.

Eso implica que sentimos de forma correcta, que nos interesa conseguir ese objeto o llegar a esa meta y tenemos una disposición para lograrlo. El problema aparece cuando no “admitimos” ese impedimento y desarrollamos una conducta negativa (violenta) para conseguirlo.

Las hormonas masculinas, especialmente testosterona, son otras de las sustancias que se asume que están relacionadas con la agresión. Los machos de muchas especies de animales incrementan su agresividad con la pubertad y el consiguiente incremento de hormonas masculinas, dato que incluso se ha obtenido en animales criados en cautividad y durante los periodos estacionales en los que se manifiesta un incremento en los niveles de testosterona.

No obstante, no se trata de un hecho generalizado en el reino animal, ya que hay hembras de otros mamíferos que son mucho más agresivas que los machos e, incluso aquellas que no lo son tanto, manifiestan conductas agresivas muy elevadas durante el periodo de crianza, a pesar de que dicho estadio no se corresponda con niveles elevados de hormonas masculinas.

En los seres humanos la investigación experimental todavía debe dilucidar si la testosterona induce agresividad, o simplemente prepara para reaccionar intensamente en respuesta a la provocación. Incluso habría que comprobar si es causa o consecuencia de la agresividad, ya que hay estudios que señalan que la testosterona se incrementa después de vencer en deportes como el tenis o judo. Ya se comprende que ninguno de estos deportes debe considerarse como un acto de agresión, por enérgica que haya sido la competición. Lo que vendría a demostrarse en estos trabajos es que, efectivamente, la testosterona es una hormona que facilita la realización de acciones enérgicas, que es condición necesaria al menos para la agresión hostil.

Es evidente que, en muchas acciones agresivas, especialmente en lo que hace referencia a peleas, está implicado el alcohol. Pero no porque esta sustancia produzca agresión en sí misma. El alcohol actúa como reductor de las inhibiciones, de forma que, si las lógicas restricciones sociales al uso de la violencia desaparecen al consumir alcohol, es probable que se exhiban acciones agresivas, si es que quien se encuentra en estado de embriaguez no dispone de otros recursos conductuales más apropiados. Se puede concluir señalando que la conducta agresiva suele implicar una acción enérgica, por lo que el grado de activación es crucial en su ejecución. A esto se le añade el consumo de drogas de diseño que son completamente incontrolables al ser consumidas de forma irresponsable y sobre todo añadido al descontrol juvenil.

La pornografía es lo que ocupa las mentes de muchos jóvenes, desgraciadamente desde los 12 años, incluso antes. Lo porno es cualquier representación, ya sea en imágenes o por escrito, con el objetivo de despertar sentimientos sexuales del calibre que sea, para la que aquí escribe, inapropiadamente. La pornografía es más común en el mundo actual que en cualquier otra época anterior y son muchos los padres de jóvenes que descubren cualquier día que su hijo es un adicto a la pornografía. Puede encontrarse en material escrito (incluso en novelas románticas), en fotografías, películas, imágenes electrónicas, videojuegos, publicaciones de las redes sociales, aplicaciones para teléfonos, conversaciones telefónicas eróticas, música o en cualquier otro medio. Para mi es escabroso por la cantidad de personas que veo destruir su vida, sus relaciones y la familia con el ocultismo de esa adicción. El problema es ese: la invisibilidad. Solo está en tu mente, pero esa mente está enferma y son cada vez más los que necesitan ayuda, siendo detectados generalmente por padres que están alertas. Los que no lo están, también otro día cualquiera, descubren la psicopatía de su hijo o de su hija.

Es pura violencia y cosificación de la persona, de las mujeres, de la intimidad. Huelga decir que no hay hasta ahora tratamientos especializados en adicción a la pornografía. Ya comienza a haberlos para la adicción a los videojuegos, pero el horror solitario pornográfico, no. La pornografía también es adictiva, paraliza la capacidad de decidir y esclaviza a quienes la usan, haciéndolos volver obsesivamente por dosis cada vez mayores. Un joven de 24 años que había sido adicto a la pornografía desde los 12 y a las drogas ilegales me escribió esta comparación: “En mi opinión, la cocaína ni se compara a la pornografía. Yo he sido adicto a ambas cosas… El dejar de usar las drogas más potentes no fue nada en comparación con tratar de abandonar la pornografía”. Sabemos que es la pornografía unido a otros nuevos componentes lo que induce a los hombres jóvenes a actuar con más violencia que nunca, con más violencia sexual. Se verá con el tiempo las terribles consecuencias de esta práctica permitida por todos, en los jóvenes y en su bienestar emocional. Ya están dando síntomas de todo el problema, pero parece que son pocos los que quieren intervenir para frenarlo.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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