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EL PERIÓDICO
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Elogio de lo civilizatorio


La mayoría de los artículos de opinión que se publican en la prensa física y electrónica están dedicados a criticar las cosas que no funcionan o que nos parecen mal, que suelen ser casi todas. Alguna vez habrá que detenerse a elogiar y poner en valor aquellas que nos parecen bien. Ese es el propósito de estas palabras: elogiar las instituciones que nos protegen y que han surgido históricamente tras un largo proceso civilizatorio.

Recientemente se ha publicado en la prensa que los chimpancés pueden luchar entre ellos hasta la muerte, cuando se agudiza la competencia entre los clanes de un mismo territorio por los recursos alimenticios. De ahí venimos la humanidad: también los clanes humanos primitivos se masacraban unos a otros por el dominio del territorio, como muy bien ilustra Stanley Kubrick en su película 2001, una odisea del espacio. Una vez la humanidad se hizo sedentaria y apareció el Estado, las luchas ya no fueron entre clanes o tribus sino de unos estados contra otros. De ese modo, se crearon los grandes imperios como el helenístico, el romano o el islámico. Las guerras de conquista entre estados prosiguieron sin desmayo durante siglos, persiguiendo siempre apoderarse de los recursos del vecino, fueran estos sus territorios agrarios, sus minerales o sus seres humanos a los que someter en provecho propio.

En el siglo XIX surgió la nación y las guerras de conquista continuaron entre naciones —Europa es un buen ejemplo de ello— hasta confluir en el siglo XX en las dos inmensas guerras mundiales que se extendieron por todo el globo y que causaron decenas de millones de víctimas, la mayoría de ellas entre la población civil. A la vista del poder destructivo de las armas modernas —que ya habían alcanzado la capacidad de destruir el planeta—, surgieron instituciones de mediación, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con el propósito de gestionar los conflictos de forma civilizada e impedir nuevas guerras globales. A imitación de la ONU, se crearon otras instituciones, tales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de la Salud, que trataron de gobernar la globalidad en beneficio de toda la especie. Entramos así en una etapa civilizatoria en la que estas instituciones nos protegen a todos y, en particular, lo hacen de un conflicto de aniquilación total.

La Unión Europea (UE) actual —formada por 27 países, que no hace mucho tiempo guerreaban entre sí— es el proyecto más acabado de esta nueva etapa. Comenzó su andadura muy poco después de la segunda gran guerra y ha ido incorporando países y competencias desde entonces. Las naciones constitutivas han cedido parte de su soberanía en beneficio del conjunto en un ejemplo único de cooperación, solo comparable —aunque en una escala mucho mayor— al surgimiento de los Estados Unidos a partir sus 13 colonias originales. Tan solo un país —el Reino Unido— ha decidido abandonarla, pero hay muchos otros que aspiran a ser incorporados.

La aprobación de los llamados fondos de reconstrucción para superar las heridas causadas por la pandemia y la gestión centralizada de la compra de las vacunas son los dos últimos ejemplos de cómo estamos mucho más protegidos gracias a la existencia de esta institución. ¿Nos imaginamos cómo habría sido la compra de vacunas si cada nación lo hubiera intentado por separado? Posiblemente, los países más fuertes hubieran logrado sus dosis, pero la gran mayoría se habría quedado sin ellas o habría tenido que pagarlas a precios exorbitantes. Ya vivimos un anticipo de este escenario en marzo de 2020, cuando cada país intentó aprovisionarse de mascarillas y equipos de protección en un mercado desbocado por el exceso de demanda. Ahora ese mercado persa se sigue dando con las vacunas, pero —gracias a la existencia de la UE— los 27 estados-nación que la formamos tenemos una capacidad de influencia mucho mayor que cada uno por separado. Igual consideración es aplicable a los fondos de recuperación. La UE se endeuda en nombre de los 27 en unas condiciones mucho más favorables que las que cada país podría alcanzar por su cuenta y —más aún— la deuda se reparte entre todos, con independencia de la cantidad de fondos que cada país reciba. No es posible imaginar un nivel mayor de protección. Aquellos partidos que han denostado nuestra pertenencia a la UE e incluso han propugnado nuestra salida de ella deberían pedir perdón por su ignorancia.

Bajando a una escala nacional, nuestro Estado del Bienestar —la suma de la sanidad, la educación y las pensiones públicas— es otra de las instituciones civilizatorias que nos protegen. Gracias a la sanidad pública, no solo hemos estado y estamos protegidos contra los estragos de la pandemia, sino que se puede organizar la distribución de las vacunas con criterios éticos, atendiendo en primer lugar a los colectivos con más riesgo. ¿Nos imaginamos una sanidad completamente liberalizada en la que deberíamos pagar a los hospitales privados por vacunarnos? Está muy claro a quiénes llegarían las vacunas y a quienes no. Los precios se dispararían y solo se vacunarían aquellos que pudieran pagarlos. A niveles económicos muy altos esto ya está sucediendo: quienes pueden pagárselo están viajando a algún emirato árabe donde las vacunas se venden privadamente.

Otros países con sistemas sanitarios públicos más débiles han entrado ya en la temible “ley del más fuerte”, que es la única que impera cuando desaparecen las instituciones públicas y el Estado. En México y en algunas partes de Brasil, las personas infectadas por la Covid-19 deben aprovisionarse de bidones de oxígeno y de oxígeno por su cuenta y previo pago. En estos contextos, aparecen inevitablemente las mafias, los abusos y los fraudes. Ese es el mundo que nos esperaría si desaparecieran nuestras instituciones civilizatorias.

La humanidad ha hecho un largo recorrido y ha derramado mucha sangre hasta llegar a convencerse de que es mejor para todos los países cooperar que hacer la guerra, convivir y respetarse que enfrentarse y —tras mucho sufrimiento— se ha dotado de instituciones que nos protegen tanto de los males externos como de la violencia entre nosotros. Esta sabiduría debería también aplicarse a escala de cada país. La democracia y el conjunto de instituciones que la forman —Estado de Bienestar, Parlamento, sistema judicial, fuerzas de seguridad, etc.— protegen nuestra salud, nuestra vida y nuestra vejez de las amenazas que nos acechan como seres vivos. Algunas inevitables —como las enfermedades— y otras producidas por la violencia voluntaria —como los robos y asesinatos—. Cuidemos nuestras instituciones y no las maltratemos, tal como algunos hacen demasiado a menudo. Si las perdemos, lo que nos espera es la ley de la selva.

Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos y profesor de Ingeniería Informática de la Universidad Complutense. Fue diputado por el PSOE en la legislatura X de la Asamblea de Madrid.