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Otro poco de humor, cosas de la vida cotidiana: Numerazo bestial en la farmacia


¿Qué hacemos cuando tenemos que explicar en una farmacia un problema en otro idioma? Lo que tiene el viajar es acumular muchas anécdotas. Recuerdo cuando estuve en Alemania, en Düsseldorf sin saber hablar alemán. ¿Qué sucede? Que te ves en la imperiosa necesidad de hacerlo por alguna razón y no, no todos hablan inglés. El caso es que relato aquí cuando entré a una farmacia para comprar algunas cosas que no sabía como se llamaban en el idioma teutón. Hay un juego muy popular que se trata de dramatizar películas delante de otras personas para que adivinen el título de éstas, no sé cómo se llama, pero, si lo llego a saber, lo practico más.

Entré en la Apoteke como guerrillero ninja que ha dado ultimatum a sus víctimas, es decir, a tumba abierta. Dispuesta yo a explicarle a la señora que mi hijo tenía picores en la cabeza pero que no tenía piojos, solo picazón, es decir, como nerviosismo en el cuero cabelludo, como histeria cerebral que la critatura lo transmite mediante “rascón” y consiguiente sangrado de ciertas partes de su delicada piel del mal llamado cuero cabelludo. Ahí suele asomar el complejo del extranjero: esta gente van a pensar que transmitimos piojos o que somos contagiosos de algo. Esa actitud suele bajar las defensas y por consiguiente vemos mermada nuestra capacidad comunicativa, por acomplejadines.

Yo accionaba con ambas manos en mi cabeza y ella me enseñaba champús y champúes que por los dibujitos eran para piojos, y yo que no, que no tenemos piojos, tenemos nervios, muchos nervios señora, stress o exceso de inteligencia que mi hijo somatiza así con ambas manos accionando sobre su cabeza y destrozando la misma. Después la mujer –habiéndome mirado como a una loca, viene siendo normal y lo llevo muy bien- fue a buscar un champú que por lo que pude entender era para caspa, yo le accionaba como si cayeran cosas de la cabeza y al tiempo le decía que no, que no nos caían cosas de la cabeza, que eso es caspa, lo que tienen los que yo defino como tíos aburridos, egoístas, egocéntricos, plastas, trepas...y que se visten de negro por que ahí se ve mucho la caspa, un casposo puede ser uno de mis colegas escritores, perfectamente, pero no es el caso de mi niño, al menos por ahora. Una vez comprendido la dama que nuestra cabeza tampoco era un árbol de navidad, que no le caen cosas, que no tiene piojos, pero que pica mogollón...¡ahí te las den todas!, yo gritando irriteision, irriteision, cada vez con más potencia, -en las películas se hace mucho- la veo pensativa y como en éxtasis total. Vale. La farmacéutica al ver que entraba yo en fase de histeria, que me rasco que me rasco, trajo por fin, un champú para irritaciones capilares, ¡albricias!

Lo cierto es que hay algunas costumbres que me gustan de ellos, por ejemplo, la de descansar siempre los domingos. Aquí, no es por nada, pero parecemos los tontos del pueblo con ese afán de currar en domingo. No lo entiendo y así vamos, claro. En Tristana, Galdós ya comentaba ese dominio alemán de la ortopedia y otros asuntos de farmacia: "Ya, ya sé lo que tiene que decirme... No hay que apurarse. Soy valiente... Si casi me alegro... Y sin casi... porque vale más que me la corten... Así no sufriré... ¿Qué importa tener una sola pierna? Digo, como importar... Pero si ya en realidad no la tengo, si no me sirve para nada...! Fuera con ella, y me pondré buena, y andaré... con muletas, ó como Dios me dé á entender...

- Hija mía, te quedarás buenísima -dijo D. Lope, envalentonándose al verla tan animosa-Pues si yo supiera que cortándome las dos me quedaba sin reuma, hoy mismo... Después de todo, las piernas se sustituyen por aparatos mecánicos que fabrican los ingleses y alemanes, y con ellos se anda mejor que con estos maldecidos remos que nos ha encajado la Naturaleza. (Tristana, La Guirnalda, 1892, pág. 195.)

Después vino lo de explicar que tenemos mi niño y yo eczemas, ¡alergí, alergíiii! la roncha de sequedad extendida por el frío de toda la vida, que con el frío se agrava, pues esa, pero con alergia. Teóricamente cualquier crema hidratante te ayuda, solo que esto no es siempre así. Tampoco sirve igual una crema a un niño que a su mamá-foca. No cualquier crema sirve para las irritaciones de la piel, y además de eso, resulta que son carísimas por lo tanto además de dejarte el bolsillo, si compras una crema que no es adecuada ¡estás apañao! Después de haber accionado bastante con mi cabeza de un lado a otro, ahora parece que pesa, ahora hago como que estalla, ahora acciono con el cuello como una tortuga del oeste y le digo dulor, dulor, en catalán ¿por qué? No lo sé, pero se lo dije en catalán, pues la mujer ha entendido que tenía enorme dolor de cabeza y que lo que quería era irme cargada de paracetamol bolso y mochila entera. Trae paracetamol y sus variantes, las cojo todas por lo que pueda pasar. Trae varias cremas, todas caras, cojo dos, una para niños –por el dibujito- otra para ella, mamá-foca para hidrateision, todo caro, pero alemán, osea, un marchamo seguro de calidad. Ya lo veremos.

En doña Perfecta se confirma ese marchamo de alta calidad intelectual que en materia de filosofía nos ha quemado siempre, aunque en teólogos parece que ganamos. Vamos, se me figura que ustedes dos van a hacer buenas migas. Jacinto, ruégale a este caballero que te enseñe las matemáticas sublimes, que te instruya en lo concerniente a los filósofos alemanes, y ya eres un hombre. (Doña Perfecta, Turner,1993, pág.53) Así son las cosas.

Pedir crema y desodorante de pies, fue pan comido, quitarme las botas fue todo uno, para que la mujer saliera corriendo como una exhalación, al verme allí como bien vestida pero muy desaliñada, claro, el sombrero por el suelo -por lo de los pelos y la picazón- el abrigo tirado, los guantes igual, el niño desesperado...botas y calcetines de través... Llegó muy contenta con todo lo necesario, marca Dr. Sholl, claro. Acabó la cosa dejándome caer en el mostrador a golpe limpio para que comprendiera que me gustaría dormir y que no puedo cuando cambio de país. Esa estuvo genial, se estiró recomendándome unas pastillas –que seguro eran de leche de burra- y se quedó tan ancha. Un total de 210 euros de nada, despellejaron mi maltrecho bolsillo, no me regaló ni unas gominotas, como hace Rosa la de la farmacia de la esquina, que cutre la tía, pero salí muy contenta, pero que muy contenta de mi interpretación, haciéndome entender en alemán, al mismo tiempo sanar a mi hijo que casi se desolla las meninges. Es que los alemanes son unos fenómenos y tienen de tó en las farmacias y los españoles cuando entramos en sus establecimientos farmacéuticos interpretando, mucho más. La maniobra duró dos horas ante el estupor de los que por allí pasaban dando ánimos.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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