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EL PERIÓDICO
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Las palabras importan


Cuando el flamante nuevo ministro de Política Territorial y Función Pública, Miquel Iceta, se estrenó el miércoles en sede parlamentaria, muchos diputados y diputadas quizás descubrieron por primera vez la capacidad dialéctica y las dotes de orador del nuevo ministro.

En sus etapas de parlamentario en Catalunya ya dio sobradas muestras de este estilo. De un estilo ágil y rápido. Donde no deja nada sin responder y responde lo que se le interpela. Haciéndolo todo con un tono siempre moderado y sin faltar ni al decoro parlamentario ni al respeto. Un ministro ahora, un parlamentario antes, que respeta la sede y respeta las instituciones. Un ministro que honra la palabra.

Sin duda fue un estreno de altura, que nos hace presagiar que, más allá de su faceta parlamentaria, el nuevo ministro de Política Territorial y Función Pública se va a conducir en sus quehaceres ministeriales por donde siempre ha transitado: por la capacidad de diálogo, por una tenacidad perenne para llegar a acuerdos y siempre desde el respeto a la palabra.

Porque las palabras importan.

Lo dije el otro día en mi intervención en el atril del Hemiciclo al hilo de las enmiendas de la derecha parlamentaria a la reforma de la LOPJ para regular la interinidad del CGPJ. Las palabras importan. Y los hechos también.

Es curioso que casi tengamos que celebrar el respeto y la voz sosegada, en un hemiciclo que, desde la irrupción de la ultraderecha ha ganado en decibelios y malos modos.

Es curioso que se hagan titulares, que se destaquen fragmentos de un discurso marcado por el reconocimiento de verdades que todos y todas deberíamos tener asumidas e interiorizadas. Y estar fuera de toda duda.

Es un (mal) síntoma de cómo nos estamos acostumbrando a intervenciones fuera de toda normalidad, con exabruptos, insultos y malas palabras. De cómo se criminaliza a colectivos, siempre los más vulnerables, de cómo se intenta torpedear el progreso de leyes necesarias, o de cómo se traen debates negacionistas y trumpistas a la Cámara.

Como dije, la fragilidad de las democracias, aun las más consolidadas, es un hecho. Hace apenas un mes lo vimos en directo en el templo de la democracia de los EEUU, donde la turba amparada y azuzada desde la propia presidencia asaltaba el Capitolio.

La línea es, por tanto, muy muy fina.

Se empieza llamando a un gobierno ilegítimo, como quién no da importancia a las palabras.

Se empieza negando evidencias científicas.

Se empieza hostigando diputados en sus escaños.

Se empieza dudando de la legitimidad de las elecciones.

Se empieza dudando de nuestros tribunales, y luego se pierde el control sobre lo que pueda suceder.

Porque las palabras importan.

Y los hechos, aún más.

Siempre he pensado que uno no elige cuándo llega una pandemia, como tampoco elige cuándo se produce un tsunami o un terremoto. Son hechos desgraciados que llegan sin avisar.

Uno no elige el lugar desde el que le toca asumir sus responsabilidades cuando una crisis nos golpea de manera abrupta y repentina.

Pero uno sí elige cómo ponerse y cómo actuar.

Qué pasos dar. Uno sí puede elegir entre sumar sus capacidades al conjunto de las capacidades, o restar.

Uno sí elige qué palabras usa.

Qué comparaciones utiliza.

A qué causas da soporte.

Qué fakes da por buenas o ayuda a extender.

En definitiva, uno puede elegir de qué lado ponerse.

Si de los que contribuyen a generar confianza y prestigiar las instituciones, o los que optan por tratar de socavar una cosa, la otra o ambas.

De los que trabajan y aportan desde el lugar en el que se desempeñen, o de los que ponen zancadillas.

De los que usan la palabra para dividir, o de los que usan la palabra para sumar.

Porque las palabras importan.

Diputado en el Congreso y Portavoz de Justicia del Grupo Parlamentario Socialista.