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Los hechos alternativos


Asalto al Capitolio en EE.UU. Asalto al Capitolio en EE.UU.

Una de las derivaciones que más me han impactado del reciente asalto al Capitolio estadounidense por parte de hordas de fanáticos seguidores del ya ex-Presidente Trump ha sido el dato estremecedor de que el 86% de sus votantes estaban convencidos de que había habido un fraude electoral y les habían robado unas elecciones legítimamente ganadas. Todavía hoy, tres de cada cuatro lo siguen creyendo.

Todo ello, a pesar de los 50 pleitos perdidos por los republicanos en el Tribunal Supremo en los que denunciaban el supuesto fraude; a pesar de los minuciosos recuentos y de sus numerosas repeticiones a lo largo de varios días llevados a cabo por las instituciones competentes; a pesar de las noticias difundidas por la mayoría de los medios de comunicación solventes; y a pesar de la aceptación de los resultados por los gobernadores republicanos de algunos de los estados en disputa.

Más de 60 millones de estadounidenses se creyeron las patrañas difundidas por su líder a lo largo de las semanas que precedieron y siguieron a las votaciones. Esa era la única evidencia para dichos votantes: que su jefe político afirmaba y repetía sin cesar la existencia de fraude. En estos tiempos de redes sociales y de comunicación directa entre el líder político y sus seguidores es más verdad que nunca la famosa frase del Ministro de Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels: que una mentira repetida mil veces puede convertirse en una realidad.

Muchos políticos de nuestras latitudes han aprendido enseguida la técnica: repetir incansablemente falsedades a sabiendas de que lo son, es decir —lisa y llanamente— mentir. Así lo hicieron los independentistas catalanes cuando repetían —a pesar de que las evidencias de las balanzas fiscales no soportaban dicha afirmación— que España les robaba; o cuando el Partido Popular y Vox repiten que el actual gobierno es ilegítimo, a pesar de que fue votado por una mayoría parlamentaria; o cuando la señora Díaz Ayuso afirma sin despeinarse que nadie le advirtió de la magnitud de la nevada en Madrid, a sabiendas de que la Agencia Estatal de Meteorología llevaba avisándolo desde una semana antes, hasta en cuatro ocasiones, y otorgándola el máximo nivel de alerta.

Los políticos que así tergiversan los hechos saben perfectamente que muchos de sus seguidores solo reciben datos a través de una burbuja informativa consistente en sus redes sociales y, tal vez, en algunos medios de comunicación afines, poco escrupulosos con los hechos y al servicio de su misma ideología. De este modo, las afirmaciones de los líderes caen en terreno abonado porque sus seguidores reciben aquello que ya están predispuestos a creer. La propia autoridad del líder hace el resto: ¿cómo les va a mentir su jefe?

Que la democracia es fácilmente manipulable se sabe desde sus mismos comienzos. Por ejemplo, en el 410 a.C. el general ateniense Alcibíades enardeció a la asamblea de ciudadanos con apelaciones al honor y al heroísmo militar para hacerle votar a favor de emprender una ruinosa expedición a Sicilia que costó miles de vidas, a pesar de todos los datos objetivos y numerosos políticos y generales lo desaconsejaban. En la democracia ateniense también existían los sofistas, profesionales de la oratoria que defendían cualquier causa a cambio de dinero.

¿Qué puede hacer la democracia para defenderse de los “hechos alternativos” —es decir, de las mentiras— que tanto abundan en las actuales declaraciones políticas o que circulan libremente por las redes? Las democracias actuales otorgan el mismo valor a todos los votos, provengan estos de una persona bien informada o de un fanático manipulado por sus líderes como los que se han visto invadir el Capitolio americano. Nadie admitiría hoy volver a las democracias censitarias, donde el voto solo se otorgaba a partir de un cierto nivel de riqueza, o a cualquiera de los diferentes tipos de aristocracia —etimológicamente, el “gobierno de los mejores”— donde solo gobernaban ciertas élites. No hay vuelta atrás en el derecho universal de voto. Por lo tanto, se hace necesario encontrar antídotos para impedir que la democracia esté a merced de manipuladores y demagogos sin escrúpulos como Trump, que no dudan en mentir sistemáticamente para mantenerse en el poder o llegar él.

El mejor antídoto conocido contra la manipulación es aumentar el nivel educativo de la sociedad. A mayor cultura, mejor criterio para informarse, mayor libertad de juicio y menor posibilidad de manipulación. Las sociedades más cultas son también las más libres y las menos expuestas a los peligros de la demagogia. También lo son las más justas e igualitarias. No es casual que los demagogos hagan su agosto en las crisis económicas. El ascenso del fascismo en la Alemania de los años 30 estuvo precedido de la profunda recesión económica del 29 y de las secuelas de la Primera Guerra Mundial, con cifras de inflación de dos dígitos. Por eso, la socialdemocracia pone en su frontispicio la lucha por la educación pública y la equidad social. Además de ser aspiraciones éticamente defendibles, hacen a las democracias más fuertes y libres.

Pero, mientras llega esa sociedad más ilustrada y más justa, hay algunas otras cosas que se pueden hacer. Lo más importante es elegir buenos referentes para conocer los hechos. En las redes sociales, la información es “plana”, es decir, no está jerarquizada ni filtrada. Todos los datos están al mismo nivel. Pueden proceder de una fuente fiable o simplemente venir rebotados a través de numerosas cuentas sin una procedencia clara. Con frecuencia, su origen es una intoxicación premeditada a cargo de profesionales de la manipulación, de políticos sin escrúpulos o —como se ha visto en algunos procesos electorales— de una potencia extranjera que pretende desestabilizar nuestro sistema. Por eso, la existencia de una prensa y televisión independientes es imprescindible para el buen funcionamiento de la democracia. La tarea principal de un periodista independiente es contrastar las noticias y separar los hechos de los bulos. Uno debe elegir muy bien de quién se fía. Si elige una prensa de partido, ya sabe que va a obtener una información sesgada. Recibir solo la información que coincide con nuestros prejuicios puede resultar más confortable, pero también nos coloca en una posición más vulnerable. Por el contrario, leer o escuchar lo que opinan personas opuestas a nuestra ideología —siempre que se trate de personas honestas— nos enriquece y nos hace tener un punto de vista más matizado.

Por último, es muy recomendable fiarse de los “profesionales de la verdad”, que no son otros que los científicos. Un científico tan solo persigue comprender el mundo y, en consecuencia, no está interesado en manipular los hechos. Si un científico dice, por ejemplo, que una vacuna contra la Covid-19 es segura, debemos creerle, porque esa afirmación se basa en miles de experimentos previos donde se ha constatado esa verdad.

La ciencia y los intelectuales independientes —sean estos periodistas, tertulianos, escritores u otro tipo de profesionales— son nuestras tablas de salvación en el océano de mentiras en que hoy se han convertido nuestras fuentes de información.

Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos y profesor de Ingeniería Informática de la Universidad Complutense. Fue diputado por el PSOE en la legislatura X de la Asamblea de Madrid.