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EL PERIÓDICO
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Hoc voluerunt (Ellos lo quisieron)


Detalle de un hombre implorando del Guernica. Guernica es un famoso cuadro de Pablo Picasso, pintado en París 2​ entre los meses de mayo y junio de 1937, cuyo título alude al bombardeo de Guernica, ocurrido el 26 de abril de dicho año (1937), durante la guerra civil española. Detalle de un hombre implorando del Guernica. Guernica es un famoso cuadro de Pablo Picasso, pintado en París 2​ entre los meses de mayo y junio de 1937, cuyo título alude al bombardeo de Guernica, ocurrido el 26 de abril de dicho año (1937), durante la guerra civil española.

La guerra, entendida como un acontecimiento común o prueba comunitaria por la que pasan las sociedades es sin lugar a dudas lo más difícil y costoso para superar en cualquier sociedad, y por consecuencia minimizada a cualquier ser humano en su vivir cotidiano. Pero como conflicto grupal, una guerra con la barbarie que implica, capaz de aniquilar almas para toda la eternidad, supone una lucha encarnizada del hombre contra el hombre que es capaz de provocar consecuencias eternas, probablemente irreversibles. Porque durante una guerra, el hombre, se transforma en una bestia capaz de hacer o mandar hacer las peores acciones, cosas inimaginables, lo que nadie podría ni tan siquiera suponer o presumir. Solo pocas personas, hoy, pueden imaginar lo que se puede hacer en una guerra, lo que ésta supone.

Cuando en España se dio la encarnizada guerra civil, con cuya lucha entre hermanos, tocó la sensibilidad de los carniceros más grandes que había dado la historia, es decir, los nazis, éstos se sorprendieron de la crueldad de los españoles. Los nazis se sorprendieron de cómo corría la sangre por las calles, fue un panorama humano desolador. Deprimente. Pero claro, lo peor de todo aquello, fueron las consecuencias generadas del conflicto, la herencia, el resentimiento inconsciente que se acumula y que se sucede generación tras generación. El horror de no entender nada, el orgullo de los vencedores que sin duda volverían a hacer todo de nuevo pero como más horror, la venganza de otros.

Es lícito si bien se mira que la persona que ha sufrido una guerra, que ha sido humillada hasta ese punto o que ha sido vejada, albergue sentimientos de destrucción. En ese caso, depende de la actitud que cada persona va a tomar frente a esa iniquidad. Las influencias externas son sin duda un reto para afrontar situaciones así. Hay casos en los que la persona por sí misma sería incapaz de ejecutar una venganza, otras veces la venganza está velada, la persona adquiere una actitud perversa sin apercibirse de que lo que está buscando es precisamente acabar con la persona que en su momento le infringió dolor.

Cuando la guerra es guerra, cuando la guerra es civil, el sentimiento es mucho más siniestro por ese motivo. ¿Se puede perdonar a los que provocan una guerra? ¿Quién la provoca? ¿Acaso cada hombre como persona individual puede hacer o no hacer algo a favor de una guerra? Y la cuestión es ¿cómo se puede vivir y convivir con esos sentimientos? No parece posible.

Conozco el caso de una mujer mayor que vivió la guerra civil española, conozco muchos casos de personas que vivieron de una manera o de otra la guerra civil española: Nadie que haya pasado por ahí, olvida. Yo misma no puedo olvidar, lo confieso. Sobre todo esto se ha escrito mucho, pero da igual, porque nadie ha cambiado su forma de pensar. Los agresores siguen justificando sus hechos, mostrando adónde se llega cuando se transforma en lo que Hanna Arendt1, discípula de Heidegger y filósofa por derecho propio, denomina un idiota moral, que es un ser funcionarial dispuesto a obedecer ciegamente las órdenes de sus superiores sin cuestionarlas, claro. Como en su momento dijo un superviviente del campo de exterminio: “no soy capaz de olvidar ni de perdonar, más aún, olvidar me parece un menosprecio a las víctimas”. Hasta nuestros días incluso, la cuestión de lo que pasó en España –que no tiene paralelismo con otro país- todavía queda hoy en los individuos de nuestra sociedad. Hay quien dice que sigue habiendo dos Españas –ya lo había pronosticado por ejemplo Galdós en su momento- y que llegado el tiempo volverían a enfrentarse. Probablemente sea así, ¿por qué? Porque ni se ha olvidado, ni se ha perdonado como sociedad los unos a los otros.

Claro, el perdón, tal y como lo concibe Paul Ricoeur (otro día hablaré del perdón religioso o espiritual) no debe confundirse con el hecho de olvidar2. El epílogo de su libro La memoria, la historia y el olvido es una apología del perdón de un gran calado filosófico. Tal y como expresa el pensador francés, el olvido es una carencia, un déficit de memora; a veces, incluso saludable. Pero no es en ningún caso una virtud, en tanto que el perdón, es un acto de la voluntad, una libre toma de posición frente a lo que pasó otrora tiempo. Desde este punto de vista solo podemos perdonar si recordamos el daño sufrido, aunque no se pueda negar que el tiempo ayuda a calmar, a tranquilizar o a cerrar las heridas del pasado. El perdón libera –apunta- de la ponzoña del odio y de la tiranía espiritual.

Olvidar, no tiene ningún sentido. Es obvio. No podemos mezclar el pensamiento, las ideas con las emociones. No me considero una persona resentida, nada más lejos, es absolutamente degradante tratar mal a cualquier persona por el solo hecho de estar resentido. Pero lo cierto es que siempre se quiere manipular, una cosa y la otra.

La cuestión sigue en el ambiente y se recrudece más cuando se siente (tanto de un lado como del otro) que hay “otros como yo” que han sufrido el dolor y las vejaciones de tal guerra. El impacto es mucho mayor que si fuera un problema individual, no lo es, es un problema colectivo que solo se puede resolver si todas las mentalidades que están implicadas en dicho trance actúan igual, perdonan igual. El perdón parece una cuestión más privada, de mayor individualismo, pero no lo es en este caso. ¿Porqué? Porque lo que le pasó a mi abuelo, a mi abuela, a mi madre a mi padre les ha pasado a otros muchos igualmente y con ello, se forma un corazón doliente que sigue chorreando dolor e indignación. Se confunde en ocasiones el pensar que se ha perdonado con la ausencia de venganza, hasta que un día vuelve a resurgir.

De la mano del perdón en un caso como una guerra se da la culpa que es hermana mayor del martirio. Si un hombre ha excedido su capacidad moral –porque ha tenido que hacer cosas que en circunstancias normales no las hubiera hecho jamás- ¿a quién hay que castigar? ¿De quién es la culpa? Es obvio, que hombres y mujeres en una situación de guerra exceden sus capacidades éticas, se transforman, hay una causa.

En unas entrevistas que realizamos a supervivientes de la ocupación alemana en Francia, observamos cómo ninguno de ellos hablaba de cuestiones negativas, solo de sensaciones, de frío, de hambre, o de acciones: descripción de contrabandistas, de espías a los que ayudaban como resistentes. Aún a sabiendas que cuatro de los entrevistados habían matado durante aquellos días, o que le habían arrebatado el alimento a un niño dejándole morir de hambre, por supuesto que ninguno mencionó el hecho. Solo incertidumbre de encontrarse en medio del bosque que era un lugar típico de la resistencia francesa, solo, descripción de cómo poder salir o aguantar aquella situación, pero nada de lo que hubieran sido capaces de poder llegar a hacer por una idea, por miedo o por un pedazo de pan. El hombre deja de ser, y se convierte en situaciones límites en la crueldad personificada que impone la supervivencia.

El hombre que perdona, a menudo se posiciona en un nivel de superioridad frente al que ha infringido el mal. Éste es un desgraciado absoluto, es desde el punto de vista humano, un miserable que en muchas ocasiones ni sabe lo que ha hecho. Otras veces sigue aferrándose a justificar lo que de ninguna manera tiene justificación para poder como en una catarsis, espolear su culpa. Este sentimiento ha sido transmitido a las generaciones posteriores. Ser un criminal vencedor se justifica porque ganar es bueno, es la razón, puedo oprimir y descargo mi culpa, pensando que el bando perdedor lo hubiera hecho igual. Ya, sí, pero no es el caso. No puedo justificar ser caníbal o matar a cientos de niños porque otra en mi caso lo haría igual llegada la circunstancia. Gran error que permanece en estos “bandos” de ahora adueñados del país.

Quisiera recordar en este breve apunte que la petición de perdón es el último capítulo de un proceso de reconciliación posible. Es el tramo en que el ofensor deja de depender de si mismo, poniendo su vida y futuro en manos de las víctimas. Aquí entra de nuevo la fragilidad e inferioridad del ofensor, porque pierde el control del proceso y puede ser herido de muerte por la persona ofendida. Pedir perdón es perder la soberanía del proceso, perder el control y el poder que es –dicho sea de paso- lo único que puede salvarlo o hundirlo en la miseria definitivamente. Sea.

1Arendt, H (1998): Eichman en Jerusalén, Anagrama, Barcelona.

2Ricoeur, P (2003): La memoria, la historia y el olvido, Trotta, Madrid.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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