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El virus trumpista


Pablo Casado (d) y Santiago Abascal (i) en una imagen de archivo. Pablo Casado (d) y Santiago Abascal (i) en una imagen de archivo.

Con el asalto del Capitolio hemos sido conscientes de la fragilidad de la democracia. Incluso en países con siglos de convivencia democrática y donde pensábamos que estaba firmemente consolidada, como es el caso de Estados Unidos, el riesgo existe, especialmente con el resurgimiento del populismo y el nacionalismo exacerbado. Donald Trump ha inoculado ese veneno durante cuatro años, socavando las instituciones, alentando las más bajas pasiones, procurando el enfrentamiento entre partidarios y detractores, y ha puesto a la primera democracia del mundo en jaque. La turba de insurrectos tomando la sede de la soberanía popular se ha de erigir en un aprendizaje para toda la sociedad frente a los peligros que conlleva ese radicalismo destructivo.

El pensamiento de Trump no dista mucho del de Hitler, Mussolini o Franco. Un siglo después, el excéntrico presidente norteamericano ha generado un contexto político y social que tiene demasiados puntos de intersección con la consolidación del fascismo en la Europa del siglo XX. Afortunadamente, el pueblo de Estados Unidos supo reaccionar a tiempo y se conjuró ante esa fatalidad con una movilización sin precedentes en los pasados comicios de noviembre. El aspirante republicano a la reelección se ha resistido, sin éxito, a dejar la Casa Blanca y aceptar el veredicto inapelable de las urnas, empleando todas las armas legales y todos los atajos tramposos a su alcance. A Trump, si no prospera el impeachment (cese) planteado por los demócratas, le queda en el cargo hasta el 20 de enero. Apenas una semana para pasar esta página de los horrores en nuestra historia reciente.

La marcha del terror de las redes sociales nos deja una herencia envenenada. Se va Trump, por fin, pero el trumpismo sigue vivo y coleando. Y no sólo en Estados Unidos. Este virus de la antipolítica se ha expandido por el mundo como una mancha de aceite. En España tiene doble representación: Vox, que porta el gen auténtico y actúa de modo calcado, y PP, que es una mala copia por contagio y por su particular competición con la extrema derecha dentro de este espacio electoral.

Igual que el mandatario saliente norteamericano, Vox basa toda su acción política en la incitación al odio, a la división de la sociedad, a la voladura de las instituciones democráticas, a la persecución del diferente, a la bronca, y a la desinformación y a la creación de una realidad paralela desde la impugnación de nuestros valores democráticos. Una actuación propia de unos dirigentes que no tienen especiales problemas en lucir el sambenito de ser los herederos del franquismo. Sin embargo, que un partido con vocación y trayectoria de gobierno como el PP derrote en esa dirección hace saltar todas las alarmas.

La principal fuerza de la oposición en España está demostrando su peor cara desde que una legítima moción de censura la desalojó de la Moncloa por su corrupción. Ya con el gobierno de coalición, que ahora cumple un año, y con varias contundentes derrotas electorales en sus maltrechas espaldas, Casado y su tropa se han instalado en el paroxismo. Cuando España, como ocurre en todo el mundo, está atravesando la peor emergencia sanitaria desde hace un siglo como consecuencia del Covid-19, el PP ha buscado derribar al gabinete que preside Pedro Sánchez en vez de sumar esfuerzos para doblegar la pandemia. Cuando nuestro país necesitaba y trabajaba por conseguir una plan de recuperación de la Unión Europea, los populares hacían todo lo posible por hacerlo descarrilar… y fracasaron de nuevo. Cuando llega la borrasca Filomena, en lugar de arrimar el hombro, han preferido el chascarrillo (ya cansan las payasadas de Teodoro García Egea) y los golpes de efectos para la galería. La imagen de Casado quitando nieve con una pala para colgar un vídeo en sus redes sociales es un gesto ridículo, además de populista y demagógico.

Todo pasa por montar ruido e intentar generar inestabilidad y descontento. No se le exige al PP una entrega incondicional al Gobierno, pero sí altura de miras, seriedad y visión de Estado, virtudes que, a día de hoy, brillan por su ausencia en su cuartel general de la madrileña calle Génova. España necesita una derecha democrática responsable e implicada en el devenir de sus conciudadanos. Lamentablemente, y con este elenco de dirigentes que encabeza Casado, ni está ni se le espera.

Senador socialista por Andalucía, y periodista.