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EL PERIÓDICO
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El discurso de la renuncia de Felipe VI


Esperábamos que todo estuviera preparado para el discurso inaugural de una nueva etapa en la jefatura del Estado. Un discurso, que estando a la altura de la Transición, dejase atrás el rastro del dolor de la pandemia con la expectativa de las vacunas y con ellas del principio del fin, pero sobre todo, la cuestión política fundamental: el escándalo de la corrupción que ha venido cercando la vida política española y más en concreto a la propia casa real y al anterior jefe del Estado.

Porque este discurso de Navidad no era un discurso más, y no solo por las circunstancias excepcionales de la pandemia. Se trataba del discurso sobre la capacidad de la monarquía para continuar al frente de la jefatura del Estado, después del escándalo continuado de los oscuros negocios de la familia real, aprovechándose en beneficio propio de sus altas responsabilidades institucionales, más en concreto en las relaciones económicas tanto internas con las CCAA como las exteriores.

Solo así se puede entender la cadena de acontecimientos y de informaciones escandalosas que han ido escalando los distintos niveles de la casa real hasta llegar al rey emérito.

El mayor error es no aceptar, como ha hecho el rey Felipe el coste de la crisis de credibilidad en que se encuentra el autogobierno de la casa real, como prerrequisito para el ejercicio de sus funciones, y por tanto el haber afrontado el discurso como si fuera uno más, cuando éste era el más importante del inicio de su reinado. Negarse conscientemente a aceptar costes manteniendo todos y cada una de las prerrogativas, cuya función es sobrellevar esos importantes compromisos, es el principio de la decadencia de una forma de gobierno.

El rey emérito ha continuado con la demolición de su legado político y todo ello le obligaba al nuevo rey a exigir explicaciones, marcar distancias y pasar página de sus negocios oscuros e irregularidades fiscales, para así comenzar una nueva etapa, más allá de la abdicación y la sucesión formal, en base a la transparencia, la explicación a la ciudadanía, la exigencia de responsabilidades y el efectivo liderazgo de una jefatura del Estado con sello propio.

En esta situación de excepción, han respondido los medios de comunicación que con sus informaciones más recientes han roto el velo que ha ocultado hará el final de su reinado la impunidad del rey emérito. Las últimas informaciones han creado además una atención inusitada sobre lo que podría decir en su discurso de Navidad el rey Felipe como jefe del Estado, ante todo sobre el gobierno de su propia casa real.

A este clima sobre la institución monárquica se ha sumado una pandemia letal que ha extendido sus consecuencias de dolor y de incertidumbre por el mundo y también en nuestro país, pero al tiempo ha favorecido en gran parte de la ciudadanía española la expectativa del diálogo y la estabilidad institucional, a la vez que la necesidad de la realización de los cambios para superar los errores y debilidades para abrir un nuevo tiempo.

Todo esto, precisamente cuando Europa culminaba el Brexit con un acuerdo in extremis, coordinaba la próxima respuesta de la vacunación ante la pandemia e iniciaba la puesta en marcha del mayor esfuerzo de recuperación económica europea desde la postguerra de la segunda guerra mundial y el mayor salto en el federalismo europeo desde la frustrada Constitución.

Y una vez lograda, también en España, la aprobación de los primeros presupuestos, consolidando con ello la expectativa de la legislatura.

Pero todo quedó en nada. El monarca tomó la decisión de ignorar la responsabilidad y sus costes en una huída hacia la comodidad de la inercia que impide todo liderazgo democrático y amenaza con debilitar la Constitución, de tal gravedad es la decisión tomada en unos tiempos de polarización política. De nuevo, las adherencias ideológicas de la monarquía se han impuesto una vez más a la inteligencia política.

La consecuencia ha sido un discurso hueco, lleno de tópicos sin mayor empatía, y tan solo con alguna insinuación sobre lo fundamental, sin aportar claridad, valentía ni liderazgo democrático : la crisis de su casa que a pesar de la vieja estrategia de poner tierra antidemocrática de por medio no ha hecho más que aumentar.

Por tanto, la limitación del principal reto de su responsabilidad en la jefatura del Estado a breves alusiones a su credibilidad personal en defensa de la ética y de su compromiso por un reinado modernizador, incluso por encima de su familia, ha sido a todas luces insuficiente. No sólo porque los gestos hayan sido tardíos, y similares en su contenido a los que hacía el anterior monarca cuando ya se comportaba de la manera que ahora vemos, sino sobre todo porque en su mayoría las explicaciones y las medidas siguen aún pendientes. Tanto sobre el origen de los fondos multimillonarios manejados por los testaferros de su padre en el extranjero, como en relación a la regularización con Hacienda de las importantes donaciones recibidas y sus nulas responsabilidades judiciales.

Al no responder a lo esperado, el resto del discurso ha sonado a hueco y no ha logrado el objetivo enunciado de unir a todos los españoles en el recuerdo de los que han sufrido las consecuencias de la pandemia y el reconocimiento de los servicios públicos y sus profesionales, en torno a los principios y valores constitucionales de la libertad y la solidaridad. El rey de todos se ha quedado en un mero enunciado.

Como culminación de todo esto, la extrema derecha franquista ha pretendido patrimonializar los símbolos nacionales como la bandera, pero en especial a la justicia como garante de la razón de Estado y a la figura del rey como rey absoluto.

Aquí, lo fundamental también es que las adherencias ideológicas de esta casa real a las que aludíamos, parecen haberle impedido descalificar de forma instintivamente democrática a los que le utilizan para añorar un pasado dictatorial y animar la deslegitimación y la desestabilización antidemocrática. Por eso, incluso esperar a la Pascua militar es un error. El problema de los pronunciamientos antidemocráticos por parte de unos militares retirados que pretenden patrimonializar la figura del rey es algo que se debió rechazar y condenar mucho antes y ante el conjunto de los ciudadanos, no solo más tarde exclusivamente con el estamento militar.

Las reacciones al discurso real han estado dentro de lo previsible antes de su emisión. Así la derecha monárquica se han deshecho en elogios, los republicanos y los nacionalistas ha criticado su falta de respuestas y de contenido.

Entre tanto, la izquierda en el gobierno se dividía entre el realismo constitucional desenfocado y complaciente con unas decisiones reales que al final contribuyen a debilitar todo el sistema constitucional, y de otra parte el de un republicanismo como bandera de partido destinado sólo a polarizar y confrontar dentro de una lógica populista. Paradójicamente, la decadencia de la monarquía parece evolucionar en paralelo con la de una izquierda asentada en la complacencia o bien en la superficie de la realidad.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.