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La patricia búsqueda de la excelencia en el desayuno (un poco de humor)


Audrey Hepburn en un fotograma de Desayunos con diamantes, inspirada en Tiffany. Audrey Hepburn en un fotograma de Desayunos con diamantes, inspirada en Tiffany.

Estos días que te levantas mal y que por más que te empecines, no lo arreglas ni a tiros, son casi diría yo: patricios. Hoy, ha sido uno de esos días, nada de regocijos y gratitudes generales, hoy desde que me he levantado ha sido un día de esos que comienzas tropezándote con la alfombra nada mas bajarte de la cama; destrozándote el dedo del pie...y a partir de ahí toda una catástrofe de acontecimientos se han desarrollado como un tsunami, bueno, como la noria del parque de atracciones que no hay manera de bajarse de ella. La primera cosa después del tropezón ha sido golpearme con la puerta del baño –y es que estoy muy cansada y eran las 6 y cuarto-, ayer después del aviso del jefe de departamento de querer cambiar mis horarios de clases ya creo que no dí pie con bola, entonces, me acosté mal y por consiguiente la levantada, peor.

Después del tortazo con la puerta de la toilettes –sí un poco afrancesada me reconozco- obvié por completo mirarme al espejo porque para qué, para que se escuchen los aullidos desde el otro lado del edificio...no es cuestión, no renta. Una vez sentada en la toilette, casi me la pego porque estaba rota, ¡vaya por Dios! Alguien se ha cargado la tabla del water con lo güay que era en madera antigua, y encima no lo dicen, pellizquito en la entrepierna...en fin, salgo a escape arrastrándome como puedo pues hoy toca migraña y neuralgia hacia la cocina, donde felizmente ya estaba programada la cafetera y por lo tanto el café recién hecho. Esto me encanta, porque ciertas maniobras en alguien hipotenso como yo, por las mañanas es horroroso no doy una, piso al perro… todo lo hago mal, vamos no puedo ni hablar, ni cruzarme con nadie.

Bien, la emprendo con la misma taza de todos los días –estas cosas ahora me encantan y confieso que no puedo vivir sin estos hábitos rutinarios-, pero a la cafetera hoy le ha dado por arrugar ella misma el filtro y no ha salido el café, se ha atascado. ¡Vaya hombre! Bueno, no pasa nada. Me dispongo a poner la taza en el microondas, ese aparato que debe ser contraproducente –fijo- pero al final lo tienes para calentar la leche hartos todos de que se te salga cada día del convencional cacharro al fuego. ¿Qué sucede? Pues que el microondas es un asesino, es decir, agrede directamente al ser humano, punto. Tiene su propio complot. Fluctúa con los días, provoca tu instinto de guerrillero. Vas a coger la taza pensando que la leche está a punto con ese minuto cincuenta que le das cada día, y cada día pasa algo nuevo, y hoy, es ese día en que no se calienta la leche pero sí y mucho la taza. Coges la taza y ¡ostras pedrín! –Ahhhhhhhhhhhhh, que me abraso los dedos. Tendré que estar fijo varios días sin poder coger ni un rotulador, dedos quemados.

Ese es uno de los momentos donde reconoces que estás solo. Quieres culpar a alguien –como solemos hacer los seres humanos cuando algo no nos sale bien- pero no puedes culpar a nadie: ha sido la máquina asesina. No hay nadie a quien culpabilizar. Finalmente el café, un destrozo, la leche tibia y al añadirle el café ha quedado como barro con una mezcla más templada todavía, justo ese término medio que yo detesto, porque ante todo soy una mujer péndulo: o me tomo el desayuno hirviendo de pelarme la boca que ya está como suela por la costumbre, o si no, me lo tomo como un sorbete, pero eso de que esté templadito...puedo coger la taza con el desayuno incluido y estrellarla contra la pared. Pura histeria, razonable a todas luces o ¿no? Si es que yo soy feliz con poco, con poco.

Colocas el croissant en el tostador ya con la taquicardia puesta y los pelos erizados después de la convulsión sufrida y el impacto acaecido gracias al maldito micro, cuando ves con tus propios ojos que hoy te quedas sin croissant porque se acaba de achicharrar, dejando una peste por toda la cocina espantosa; incluido tu pelo que te lo has lavado ayer para estar mona en la Facultad. Pestazo en el pelo. Resultado, te has quedado sin croissant. Bien, no tiene por qué pasar nada porque no es grave. Nada de estas cosas serían graves si nuestro carácter lo sufriera de otra manera, probablemente. Probablemente imposible porque si no, estaríamos muertos, yo por lo menos.

Luego del croissant, he abierto un pan que había por ahí para probar suerte más que nada, por seguir dándome caña a mi misma y descubro que una mitad es mucho más grande que la otra…¡pero si era un pan él mismo y no muy grande! ¿Cómo es posible que al abrirla sea una parte más grande que la otra? No lo entiendo. Vale, paso del pan porque me está rayando por completo. Me llevo unas barritas de cereales para sentirme como sana, pero es que me dan náuseas, me dan mucho asco. A veces –y no quiero molestar a nadie- lo de ser tan sano me agobia. Mi idea era pasarme por la churrería y desayunar como Dios manda con todos los jubilados que no tienen prisa, pero ya era algo tarde y como siempre no llevo ni una maldita moneda. No voy a pagar los tres churros con café con tarjeta, ¡menuda vergüenza!

Resumen, hoy, día previsto de clases y posible escritura para mí desde la mañana, he empezado con muy mala leche, porque esa rutina mañanera que me es imprescindible realizar para sentir que sigo siendo la misma, ha comenzado muy mal, con fuerte oposición por los propios elementos, han sido los elementos, son ellos. Y veo que tengo una legión de enemigos absurdos que me irritan, pero son solo máquinas y tengo que superarlo.

Después el fregadero ha querido ser protagonista, claro, está atascado de una manera muy especial, cuando querías pasar por agua tu taza mañanera. Vamos que ni metiendo el cable de siempre he logrado aliviar el atasco fregaderil. Odio el lavaplatos –mi padre decía que daba malos olores en las cocinas- porque se sale cuando menos te lo esperas y porque no entiendo que una máquina tenga que estar una hora y media cuando se friega en veinte minutos...en fin, dan ganas de salir huyendo.

Cuando me he metido en el ascensor y me he visto en el espejo, me he acordado de la peli Desayuno con Diamantes y bueno....qué queréis que os diga. Poco glamour tenemos hoy, pero es que la vida es así, unos días compensan a otros, a cambio he tenido muy buenas noticias de mi agente literario. Audry, Audry querida amiga...

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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