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Partidos de pensamiento para la postpandemia


Nelson Mandela / Foto de archivo. Nelson Mandela / Foto de archivo.

Los partidos personales de hoy han dejado de pensar e interpretar la realidad, pues esa faceta deliberativa tampoco puede conjugar con el cesarismo estructural del populismo. Si la realidad no se interpreta, no se puede proyectar el futuro.

Me pregunto cómo pueden ser los partidos que respondan a las necesidades del siglo XXI. Después de las pandemias: la infecciosa y la del periodo de populismo autoritario y democrático que aún perviven. Un periodo de incertidumbre y miedo que tan pronto recurre al hombre providencial como vuelve la mirada a las viejas identidades o elige la seguridad.

Vaya por delante que no pretendo resucitar los partidos que yo he vivido, especialmente al final, cuando ya eran organizaciones en crisis: fracturadas, convulsas, escasamente atractivas y declinantes, que por acción u omisión dejaron paso al mito de la nueva política.

Tampoco creo que hayamos cambiado la forma partido para bien con el modelo populista actual, al que parece que se han sumado nuevos y viejos partidos. Muy al contrario. El cesarismo y el bonapartismo son un salto atrás en el tiempo y un peligro para el desarrollo de la democracia política. La Francia de Napoleón III, el peronismo o su reaparición reciente primero en América Latina y luego en Europa y los EEUU han surgido siempre de la crisis y el malestar con la democracia representativa, en este sentido han sido una señal de emergencia pero no ha supuesto aportación alguna para su revitalización, por contra siempre se han demostrado como nocivos.

Precisamente porque los populismos rechazan a las organizaciones intermedias como el parlamento y sus lógicas de deliberación y pacto como componendas y por extensión a los partidos y sindicatos y su labor de representación y de mediación.

También, y este es un punto esencial, rechazan la faceta del partido como estructura de análisis y pensamiento. Los partidos han dejado de pensar e interpretar la realidad pues esa faceta deliberativa tampoco puede conjugar con el cesarismo estructural del populismo. Si la realidad no se interpreta, no se puede proyectar el futuro y sólo queda la acentuación de la polarización como combustible para el día a día. La pluralidad de ideas es lo único que puede evitar el oportunismo político y favorecer cambios y autocrítica. Si no se piensa, sencillamente las ideas dejan de ser un peligro y sólo provienen de la cúpula. Esta ausencia de pensamiento y la mezcla de los populismos con los viejos partidos de gestión, aleja hoy aún más si cabe a la ciudadanía de la política.

En esta sociedad de la información y el conocimiento la militancia se canalizará a través del pensamiento y las ideas. La participación es ya principalmente eso. El populismo no es capaz de estructurar otra participación que la de la adhesión al simplismo como vemos en los referenda en los que se establecen las líneas políticas.

Estamos convencidos de que los partidos políticos son inseparables e insustituibles en la democracia representativa. Es verdad que no exclusivos. Ha habido organizaciones políticas desde mucho antes, prácticamente desde la época clásica, y la mayor parte del tiempo no precisamente en un contexto democrático, tal y como hoy lo conocemos.

En cada momento del desarrollo de la democracia los partidos han ido adquiriendo nuevas formas. Así, hemos ido del partido de masas al partido de cuadros y de éste al partido contenedor o de gestión ya en el periodo neoliberal. En todo caso, los partidos han reproducido en su interior los procedimientos de la democracia representativa con asambleas o congresos y direcciones más o menos proporcionales, así como reglamentos y órganos de garantías.

Con el populismo han incorporado las primarias y el plebiscito como elementos para la sustitución de la democracia representativa y no como instrumentos para mejorar su calidad. Esta sustitución del todo por la parte es regresiva y letal para la democracia en general y para la eliminación de la capacidad de análisis de los partidos.

En España la dictadura nos ha impedido pasar por la etapa de partido de masas, todo por la fuerza de la clandestinidad, es obvio. De hecho, nuestra afiliación ha sido y es endémicamente escasa, tanto como nuestras direcciones ahora son profusas. Las únicas organizaciones que se han acercado a las europeas de masas han sido el PSOE como partido Estado, vinculado a las tareas de gobierno y por otro lado los sindicatos de clase.

En la izquierda el modelo que hemos seguido es el del partido revolucionario bolchevique de cuadros primero y luego el partido comunista italiano o de masas. Desde la crisis de uno y otro nuestros partidos han terminado siendo una rara mezcla del quiero ser de masas y el no puedo de una baja afiliación, una división política y territorial y una presencia débil, cuando no conflictiva en los movimientos sociales.

Por eso Izquierda unida, en particular, no ha sido ni una coalición ni un movimiento al que siempre queremos volver en momentos de crisis. Es un partido tradicional y como las matrioshkas con otro partido guía en su interior, con sensibilidades organizadas y en permanente conflicto de mayorías y minorías y de estructura cuasi confederal.

Un partido que sin embargo ha integrado su historia de lucha antifranquista con una cultura y capacidad de gobierno basada en el diálogo político y los acuerdos, al nivel municipall y autonómico en particular, pero también en el plano estatal .

Sin embargo, el modelo de partido de la sociedad líquida de consumo a la que ha arribado incluso el PSOE, hoy por hoy, es el partido populista o personal. Un producto de consumo y un aparato de agitación política y electoral al servicio del líder. Su aportación más genuina han sido las primarias polarizadas, primero para la elección del candidato y luego para los cargos de dirección. En todo caso la perversión de los instrumentos de democracia participativa como los plebiscitos mal utilizados para sustituir a la representativa ha dado como resultado unos partidos personales, ejecutivos y centralizados, donde precisamente la participación, la pluralidad y las organizaciones territoriales han quedado preteridas y la generación de ideas plurales y la capacidad analítica definitivamente arrumbada. Porque el populismo no piensa, reacciona instintiva y constantemente, para eso se necesitan fieles no militantes críticos.

La pregunta sigue siendo como puede ser el partido que la izquierda necesita para intervenir y transformar esta sociedad en cambio de lo productivo al consumo digital y de las clases y partidos sólidos a la sociedad líquida. Una sociedad líquida y fracturada entre clases, entre identidades y entre sectores más o menos globalizados, entre medios rurales y urbanos y entre territorios heterogéneos. La pregunta es también cómo organizarlos de forma flexible y como unificarlos en un mismo proyecto.

La respuesta es compleja pero se sustenta en un principio simple: el pensamiento como objetivo esencial del partido. La capacidad para organizar lo líquido reside en las ideas. La historia nunca irá marcha atrás, sólo la adaptación inteligente de los partidos a la sociedad del conocimiento nos permitirá transformarla. La militancia en nuestra sociedad ya no requiere ni de una permanente participación militante que es ajena a la normalidad de las vidas de la ciudadanía moderna -el mito del participacionismo es otra perversión del populismo-pero sí requiere de estructuras que favorezcan el pensamiento permanente de muchas personas y saber organizarlo.

La participación se ha de dar principalmente a través del flujo de las ideas y la información. Y sólo la democracia representativa puede estructurar el pensamiento colectivo del partido y canalizarlo para que se convierta en fuerza de transformación. La pluralidad adquiere fuerza a través de la deliberación y de la ejecución eficaz de lo pensado. También, y esto es esencial, el partido ha de ser hoy un agente cultural de profusión de la democracia representativa como único medio hoy por hoy pensable para organizar la convivencia. Esto requiere de la aceptación de la pluralidad externa como una característica estructural que necesariamente ha de influir en la evolución del propio sistema de ideas de cada partido.

Se trataría de una organización capilar que esté allá donde está la vida social, política y cultural, en el espacio de la sociabilidad. Un partido con diversos niveles de adhesión: desde la militancia al afiliado o al simpatizante. Con un modelo de participación en función de grupos de interés, que haga compatible el debate y los mecanismos de consulta y elección. Un instrumento representativo que dé cabida e integre la riqueza de la pluralidad y la cohesione en torno a un proyecto democrático. Una organización federal con un proyecto de Estado, que suoere la mera suma de partidos territoriales. Una formación política capaz de dialogar y pactar en las instituciones democráticas con otras organizaciones políticas para garantizar el cambio.

Porque la transformación social no se da a través de un único agente o partido, se produce sólo en la interacción entre distintos agentes en constante relación dialéctica. Por eso no son los ejecutivos, como prolongación y estadio final de la acción partidista, los principales instrumentos para el cambio social, sino que requieren de una concepción más amplia de todos los ámbitos del Estado. En definitiva, el partido ha de promover un cambio que se logra sólo en en el pacto, en la cesión. Lo que no excluye épocas de grave conflicto pero que hay que abordar sabiendo que la única solución reside en el acuerdo democrático. O que se lo pregunten a Mandela.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.