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La máquina de desquiciar ilusiones


El alcalde de Madrid, JosÈ Luis MartÌnez-Almeida (d) y la responsable del ¡rea de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid, Andrea Levy (i), en una imagen de archivo. El alcalde de Madrid, JosÈ Luis MartÌnez-Almeida (d) y la responsable del ¡rea de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid, Andrea Levy (i), en una imagen de archivo.

Necesito hablar de la maquinación sin argumentos para desquiciar el Consejo de Cultura de esta Villa y Corte.

Hoy en día algunos partidos trabajan a favor del desarrollo del anti-intelectualismo, algunos políticos intentan que se abra paso a través de la gestión inversade sus políticas culturales, alimentando la falsa noción de que la democracia significa, según Isaac Asimov que: mi ignorancia sea igual de valida que tu conocimiento. Craso error.

Existe una voluntad inequívoca, por parte de eso grupos políticos, de que los ciudadanos de esta capital rindan culto a la ignorancia. Todo se basa en desarrollar por todas las vías posibles el anti intelectualismo, para que se haga fuerte entre la ciudadanía. Ellos quizá no lo sepan, pero a los gestores de la vida pública se les elige por cualquier cuestión no relacionada con sus capacidades para el cargo para el que son designados. La profesión de político es la de servicio al pueblo y no la colaboración sin miramientos con las áreas privadas.

No acabo de entender la necesidad de desactivar lo público para ensalzar lo privado. No entiendo el voto hacia los que están desactivando lo público en favor de lo privado, no entiendo que nuestros impuestos se dirijan al sector público mientras se desactiva lo que es de todos, para beneficio del capital privado. Solo se consigue engrasar las puertas giratorias.

Recuerdo lo que exponía el bueno de Platón, cuando refería cuales eran las líneas rojas de la política. La primera y principal no profanar los templos, o lo que es lo mismo las instituciones y la segunda, no esclavizar las leyes, es decir, no ponerlas al servicio del poder.

Cuando pienso en estos principios y veo lo que está ocurriendo con el Consejo de Cultura del ayuntamiento de Madrid, me apena verlo en el abismo. Fue creado por el antiguo consistorio, poco antes de perder las elecciones. Apenas hubo tiempo, por los miembros que lo componían de conocer su dinámica. Estaba bien estructurado a decir de todos. Se contaba con los vecinos y los profesionales, se tenía en cuenta la cultura urbana y la de proximidad, se dejaba asesorar con un comité social, aquel que impediría contratos esclavos, ausencia de medidas que aseguren la salud de los trabajadores...

Ahora todo ese articulado y organigrama ha cambiado y se va a sustituir por una reunión de políticos y funcionarios del ayuntamiento. Adiós participación vecinal, adiós la escucha a los profesionales de la cultura. ¿Para qué se quiere unos Centros Culturales en los distritos, si quienes manejan la programación sin voz ni voto del vecindario son las Juntas Municipales? ¿Para qué necesitamos un área de Cultura en esta ciudad que no reparte su presupuesto entre barrios y distritos? ¿A qué unos gestores con unas políticas que solo fiscalizan y cercenan las peticiones y necesidades de los vecindarios?

Se intenta hacer justo lo contrario a lo que manifestaba el bueno de Platón y lo están consiguiendo.

Vemos que en estos siglos, poco o nada ha cambiado el juego de la política, el político seduce al votante y una vez electo le endilga, por acción u omisión, su apasionante estado de confort. Todo para el pueblo pero sin el pueblo.El homo politicus, no está para vivir en la confortabilidad, está para partirse la crisma trabajando por lo que necesitamos los que pagamos impuestos. Y somos los vecinos los que sabemosaquello que nos es necesario.No es preciso engañarnos ni intentar someter nuestra voluntad con cantos de sirena o sirenas que llaman a la tragedia.

Hablábamos días pasados de la inconsciencia pertinaz de la política en raptar la cultura que emana del vecindario, la cultura de proximidad.

El amigo Quevedo, hombre astuto y sagaz advirtió que la seguridad de un tirano procede de la inacción de un pueblo.

En esta ocasión asociaciones culturales de la ciudad, políticos que desean la participación ciudadana, y la acción vecinal federada, se han puesto de acuerdo para intentar que no se apruebe nada bajo el silencio de los ciudadanos y artistas que desean participar en la mejora del nivel artístico y cultural nuestro Madrid.

En un municipio como este, no es que resulte de interés social la cultura, sabemos que habrá recuperación sin cultura. No, es de un interés esencial, tanto para la ciudad como para cada uno de sus distritos y barrios que la componen, es un derecho de los creadores el hacer cultura y un derecho de sus habitantes el consumirla. No es tiempo para piraterías en las que se usurpan los derechos de ciudadanos y artistas, por parte de los poderes públicos. No es tiempo para piratas.

Hay muchos distritos que superan con creces el número de habitantes de provincias como: Palencia Zamora, Soria o Teruel. Estos habitantes tienen sus costumbres añejas y las que aparecen día a día con la incorporación y nacimiento de nuevas gentes, con nuevos decires y sentires en sus barrios. Recuerdo que en mi distrito, su concejal, hace años, dijo que las fiestas, que se celebraban en El Carmen, en julio, pasaban a ser las de San Miguel en otoño. Con dos narices.

Desde entonces hay una parte de la vecindad que desea vuelva a celebrarse el Carmen, aunque siga San Miguel, pero no lo consiguen. Se instauró la tradición a golpe de mayoría en el Pleno de la Junta Municipal, sin más alegaciones ni contemplaciones, sin consultar al vecindario. Alegaciones hubo una, la más peregrina: Como hay otros distritos que tienen como patrona festeraEl Calmen, hay que cambiarlo. Alegación crematística. Había que diversificar la economía de Madrid, no quedaban feriantes para dar cobertura a la demanda y por tanto, subían los precios de sus atracciones. ¡Había que diversificar! La tradición, esa cultura inmaterial, a la basura.

A nadie se le ocurrió que las fiestas podrían tener otro entorno festivo más cercano a la cultura y menos a los feriantes. Nadie dejó hablar a los vecinos y que estos dieran sus opiniones.

Lo mismo ocurre ahora con el futuro del Consejo de Cultura. Creen los gobernantes que legalizar el silencio de las instituciones fortalece el sistema, pero solo aumenta el sentido de esclavitud social.

Unos advirtieron que la calle era suya y otros, con pantomimas juglarescas, pulverizan leyes, toman las instituciones y modelan sus normas poniéndolas bajo unos intereses partidistas, frente a lasnecesidades del grupo social.

Ellos pervierten la necesidad social, se convierten en fantasmas que ululan por las instituciones a las que intentan subyugar. Son los espectros de lo innecesario, porque nadie ni nada, en democracia, necesita ser esclavizado con normas egocéntricas y sociopáticas.

Los espectros que ululan por sus intereses crematísticos, sin poner en valor una máxima importante: el voto sirve para llegar a gobernar, pero el pueblo obediente es participante en la construcción y deriva de las normas.

Un día aciago, alguien se descolgó eliminando de los estudios en institutos la asignatura de filosofía, pensando que sin el análisis crítico el ciudadano quedaría a merced del político, pero la filosofía está en más lugares que en las aulas y el ciudadano aprende en todos los sitios y de mil formas. Puede que tarden más en diseñar sus vidas, pero aprenderán a pensar por ellos mismos, se harán preguntas, aprenderán a responderlas y de nada habrá servido el muro que están levantando.

Otro día el ciudadano se preguntará como poder llevar el arte y la cultura a su barrio, y por más muros que se pongan, con normas que eviten su participación en el desarrollo cultural y social del barrio, buscarán la forma de llegar a su vecindario y hacerse entender por los suyos. Los muros retrasan, pero no aíslan al ser. La cultura habrá triunfado nuevamente, sin la aquiescencia del raptor que humilla al vecindario sometiendo la norma y decidiendo no escuchar al pueblo, tenga posibilidad de triunfo.

Piénsese antes de obligar a la participación ciudadana a elegir otros derroteros alejados del espíritu de la Ilustración. Trabájese a su favor y no a la contra. No hay que someter a las instituciones, como el Consejo Municipal de Cultura, den alas al ciudadano. No perviertan las normas haciendo del Consejo un trámite político y administrativo más, cuenten con nosotros, maticen nuestras necesidades, pero no las frenen. Todos sabemos negar lo organizado y destruir lo construido, es fácil sabotear, pero pocos saben sentarse con el pueblo, escuchar sus necesidades y actuar según estas.

Luego se rasgarán las vestiduras y hablaran de izquierdas bolivarianas, sin percatarse que solo son seres que luchan por no perder sus derechos, como el derecho a la cultura.

Si el Consejo llega a ser lo que parece que va a ser, pensaremos en no abandonar la vocación ilustrada, es decir, la necesidad de que el ser humano liberado obtenga la posibilidad de pensar por sí mismo. Es la reacción de los ciudadanos ante la amenaza de no ser. Está demostrándose que para algunos gobernantes los límites de nuestra razón tanto individual como colectiva, están en la adolescencia.

En un periquete los ciudadanos salvamos la situación activando la razón crítica, nos lanzamos a los espacios que cobijan la cultura y nos hacemos fuertes evitando las impertinencias de los elegidos en las urnas que intentan maltratarnos.

Sí, hoy en día tenemos medios para publicar nuestros pensamientos, existen otros canales para expresarnos. La voz no se nos apagará, las imágenes grabadas serán mostradas sin las fronteras que nuestros representantes irresponsables nos pautan.

Queremos seguir siento un vecindario ilustrado y no nos podrá eliminar el lustre ninguna norma que quiera borra la cultura de proximidad.

Desde aquí y desde otros medios, rogamos a quien puede desfacer el entuerto, que lo evite, que se ponga en marcha un nuevo Consejo de Cultura de la Ciudad de Madrid, con una Mesa dedicada a la cultura de proximidad, esa que atañe a los ciudadanos nuestros barrios.

Evitemos las boñigas liberaloides en los tiestos y fuera de ellos. Plantemos flores, que huelen mejor.

Necesitamos mejorar esa norma, pongamos por caso; la creación de Consejos de Cultura distritales.Ofrezcan herramientas para mejorar las habilidades artísticas de nuestros vecinos con certámenes, conferencias, ciclos, festivales…

Vuelvan a trabajar para potenciar la Ilustración en cada barrio. Cualquier espacio público, un colegio o un hospital, son lugares de desarrollo de acciones culturales. Piensen, pensemos todos al unísono.

Gracias.

Ergónomo PhD. Profesor del Master Prevención de Riesgos Laborales en Suffolk University Campus Madrid. Sindicalista. Dramaturgo y Escritor. Vicepresidente del Colectivo de Artistas Liberalia. Guionista y conductor de los programas de radio: Mayores con reparos, Salud y Resistencia y El Llavero.