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Las ventanas hablan


Estamos viviendo un momento en el que mucha gente quiere expresar sus opiniones o la marca de las diferentes tribus a las que pertenecen de una manera pública y ostentosa. Si seguimos las noticias, y estos días las elecciones americanas han estado muy presentes, vemos cómo en muchos hogares tienen un mástil con la bandera de las barras y estrellas. Con eso quieren demostrar su inequívoco patriotismo. En España también vemos un fenómeno similar que claramente se basa en la confrontación. Algo parecido a “si el otro pone una bandera yo pongo la otra y, si puede ser, mucho más grande”.

Es una realidad que en Catalunya, especialmente desde el año 2012, las ventanas y balcones se fueron llenando de ‘esteladas’ que después fueron complementadas con todo tipo de mensajes relacionados con la libertad, la democracia, el derecho a decidir, los “presos políticos“ y todo tipo de símbolos sacados de la inagotable chistera del independentismo. Todo ello en barrios de clase media.

La realidad es que, detrás de esos fuegos artificiales de materiales textiles de colores, no hay nada más que palabras vacías y ningún proyecto para aportar soluciones que mejoren las esperanzas de la ciudadanía en un momento tan crítico como el generado por la crisis global del Covid-19

Hubo una rápida respuesta en el resto de España y especialmente en Madrid. También en los barrios acomodados de la capital hubo un frenesí textil con profusión de banderas españolas que intentaban publicitar un patriotismo reactivo como contraste a lo que pasaba en Catalunya.

Pasan los años y todos estos ‘patriotas’ de uno y otro signo han dejado que sus amadas banderas estén cada día más descoloridas por el sol y raídas por las inclemencias del tiempo. A veces, uno, que no cree en los nacionalismos, tiene la tentación de comprarles banderas nuevas para que nadie pueda acusarles de patriotas de baja intensidad ya que su espíritu de sacrificio patriótico no alcanza ni tan siquiera para gastar unos euros en mantener sus respectivas enseñas en condiciones.

Estoy convencido de que no se trata de tacañería, sino que la realidad es que, detrás de esos fuegos artificiales de materiales textiles de colores, no hay nada más que palabras vacías y ningún proyecto para aportar soluciones que mejoren las esperanzas de la ciudadanía en un momento tan crítico como el generado por la crisis global del Covid-19.

El próximo 14 de febrero, Día de los Enamorados, ¡qué ironía!, los ciudadanos de Catalunya están llamados a las urnas para decidir, esta vez sí, decidir, qué gobierno quieren en los próximos cuatro años y no tengo ninguna duda de que los permanentemente excitados con las banderas van a estar agitándolas con fruición para conseguir el máximo de apoyos populares. Apoyos basados en la división y la confrontación que es lo peor que nos puede pasar en este momento.

Hay que hacer que las ventanas y los balcones estén más limpios y cuidar más el interior de las viviendas. En Catalunya y, también en el resto de España, hay que romper ese frentismo y alimentar la capacidad de diálogo y grandes consensos y eso se hace, evidentemente, pensando más en las soluciones y menos en las diferencias. Sólo así podremos dar respuesta a los retos que significa mejorar la Sanidad, la Educación, la Sostenibilidad y tantos otros que implican que las ventanas hablen menos.

Miembro del Comité Federal del PSOE, delegado especial del Estado en el Consorcio de la Zona Franca de Barcelona y licenciado en Biología por la UAB. Fue alcalde de Terrassa entre 2002 y 2012, primer secretario del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC)entre 2011 y 2014, diputado del Parlament de Catalunya y miembro de la Comisión Ejecutiva Federal del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). A lo largo de su carrera profesional ha desarrollado distintos cargos de dirección como presidente del consorcio Localret y presidente del Fons Català de Cooperació al Desenvolupament. En 2013 la Fundación City Mayors lo incluyó en la lista de los mejores alcaldes del mundo.