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EL PERIÓDICO
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Voto, identidad y lengua


Vista del Parlament de Catalunya. Vista del Parlament de Catalunya.

Ni en Barcelona 92, ni cuando la ilusión por la victoria electoral de Maragall en el 99, ni tan siquiera en el segundo gobierno progresista y catalanista de Montilla; en ninguno de estos momentos fue evidente que Catalunya cayera en un proceso de exacerbación identitaria como el vivido en estos últimos 10 años. El Procés ha vinculado el voto a la identidad. Hasta entonces, en Catalunya, el eje ideológico derecha e izquierda determinaba el voto de manera prioritaria. Incluso en la etapa post crisis, cuando aparecieron nuevas fuerzas políticas, emergieron en función de este eje. No obstante, con toda probabilidad, este proceso de exacerbación identitaria se había gestado durante años, incluso décadas.

La primera expresión excluyente evidente, quizá, apareció en 2003. CiU+ERC=CAT. Esta suma nacionalista se pintó en paredes, autopistas y edificios. ERC, entonces, hizo caso omiso. Ante la posibilidad de que los socialistas consiguieran el gobierno de la Generalitat después de 20 años de monocultivo convergente, se inició esta campaña que me pareció, entonces, una reacción desairada y poco institucional de quien pierde lo que consideraba de su posesión.

Tony Judt, en Sobre el olvidado Siglo XX, reflexionaba sobre las luces y las sombras que condicionan el voto de la ciudadanía. Entre los elementos que analizaba aparecen algunos que han tenido importancia en las últimas elecciones norteamericanas. El voto ha pivotado entre la religión y la razón, valores sobre los que había argumentado Judt. El de Trump se ha alimentado de telepredicadores, del mismo modo que las iglesias evangelistas brasileñas determinaron la victoria de Jair Bolsonaro en 2018. El de Biden-Harris, en cambio, ha contado con las meteduras de pata de Trump contra la ciencia en la gestión de la pandemia. En el fondo de la cuestión el ‘America first’ de Trump ha tropezado con la democracia, la apertura y el multilateralismo de los demócratas. En todo caso, la ola de descontento ideológico de 2008 ha cristalizado mal en muchos sitios del planeta donde ese descontento lo ha acabado capitalizando el nacionalismo.

¿Cuál es el peligro en Catalunya en esta situación? Que los partidos nacionalistas configuren, a través de sus votantes, comunidades económicas, sociales y culturales cerradas. En estos momentos, en Catalunya hay propuestas identitarias tanto desde el nacionalismo español como desde el catalán, que insisten en ignorar la complejidad y diversidad de las identidades en Catalunya. De la Catalunya de todos -inclusiva y enriquecida con la convivencia y el respeto a sus diferentes identidades y raíces- se ha viajado a las sombras amenazantes de la Catalunya de las burbujas en comunidades que comparten espacio físico, pero no mantienen ninguna interacción. El voto ha dejado atrás el análisis frío y se ha convertido en expresión de identidades cerradas. Y lo que es peor: estas identidades han sido confrontadas permanentemente por la política. Los partidos nacionalistas han trabajado mucho para establecer un sistema de relación identitaria: “nosotros representamos lo que eres”.

La valoración de las políticas, la ideología y la gestión del día a día ocupan un segundo plano en este escenario. Para muchos, el voto identitario se ha convertido en el modelo perfecto, porque permite prescindir de rendir cuentas sobre la gestión, de las consecuencias políticas, del programa e incluso de la ideología. Por eso los principios pueden esperar, que dijo Lluís Llach; o el yo no he venido a gestionar, del propio Torra.

El lenguaje político, además, ha sido utilizado para radicalizar los sentimientos vinculados a la identidad. Ha habido afirmaciones sin ningún tipo de fundamento sólido que excluyen -“las calles serán siempre nuestras”- o que acusan a los que no secundan el Procés -“sólo queremos democracia”, “no tenemos libertad de expresión” o “vivimos oprimidos”-. Por otra parte, Ciudadanos, Vox y el PP han acusado al conjunto del independentismo de golpismo y han condenado cualquier acercamiento de posiciones con los partidos independentistas. El propósito ha sido la construcción de una identidad fuerte opuesta a otra identidad.

El clima de radicalidad dialéctica ha facilitado el alejamiento de posiciones moderadas y pactistas. En los últimos meses, la lengua ha aparecido como un nuevo ingrediente para avivar la división. Nuevamente se usa un elemento de cohesión para la confrontación con la otra parte. ¿No es evidente que las lenguas son lenguaje, es decir, comunicación y, por tanto, encuentro?

Ha habido mucha irresponsabilidad política. Los partidos nacionalistas han creado un campo de confrontación entre identidades definidas cada vez de manera más simplista y cerrada. Este nacionalismo ha servido para asegurarse la fidelidad acrítica de sus votantes. Esto, sin embargo, ha puesto en riesgo la unidad de la nación. La nación, a modo de proyecto común ciudadano, existe cuando hay un acuerdo de mínimos entre las diferentes corrientes ideológicas e identidades de un país. No hay una identidad catalana, las hay diversas. Los escritores catalanes, por ejemplo, no son solo los que escriben en catalán. Y todo ello no es defender menos a Catalunya. Al revés: es defenderla en toda su amplitud, complejidad y riqueza. Una Catalunya moderna y abierta, con mayor cohesión social, donde el voto no se defina por atributos de identidad sino por valores de ciudadanía, programa económico, protección del sistema de bienestar, consecución de derechos y valoración de líderes políticos que prioricen el bien común, es más fuerte como nación. Avanzar en el respeto mutuo y reencontrarnos sería, además, un buen síntoma de madurez democrática y disponer, seguro, de un mejor futuro para Catalunya.

Licenciada en ciencias químicas en la Universidad de Girona, tiene el Master en dirección técnica de empresas y el Master en gestión integrada de sistemas de calidad. Es portavoz del PSC en el Ayuntamiento de Girona y primera secretaria de la agrupación del PSC de Girona.