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La hora de la Socialdemocracia


La congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez en una sesión de voto de un comité en el Capitolio, Washington D.C (Estados Unidos). La congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez en una sesión de voto de un comité en el Capitolio, Washington D.C (Estados Unidos).

En la izquierda, y en el ámbito mayoritario socialdemócrata, estamos ya desde hace un tiempo viviendo uno de esos momentos importantes que se prolongan en el tiempo, que no son un evento histórico, sino un proceso en el largo período. Este se caracteriza por la recuperación de discursos a la izquierda del marco hegemónico liberal. La crisis de 2008, cuyos efectos repercuten hasta el día de hoy, supuso un gran descrédito para todos los postulados del neoliberalismo que se habían vendido como única opción posible desde el colapso del bloque del Este. El “fin de la Historia” en un perfecto, ascendente y luminoso ascensor de permanente progreso capitalista hacía aguas por todas partes, e incluso gobiernos de tendencias liberales se veían obligados a asumir soluciones enraizadas en la tradición socialdemócrata de la intervención estatal por el bien común.

Siguiendo esta tendencia, se ha dado un avance generalizado de las posiciones de izquierdas en muchos países de nuestro entorno, no sólo electoralmente (donde hay unos resultados diversos) sino fundamentalmente, a nivel de la proyección pública de discursos y posiciones que cuestionan la hegemonía cultural del capitalismo y sus posiciones. Se ha podido desde entonces volver a poner encima de la mesa sin complejos y con frescura toda la herencia, bagaje e interpretaciones sobre la política y la economía que nos legó Marx, y todo lo que supone una línea socialista, de izquierdas. Y con esto no me refiero a un carnet de un partido, sino a toda la visión que pretende construir una sociedad mejor que la capitalista, mediante su crítica, transformación y superación. Un ejemplo excelente de esto es la oleada progresista que se vive en EEUU, donde tras décadas de persecución y marginalidad, se plantean abiertamente alternativas reales de izquierdas, más allá del stablishment liberal, que configuran claras opciones socialdemócratas como la de Bernie Sanders o Ocasio Cortez. Toda una generación joven que ha crecido libre de los temores y propaganda de la Guerra Fría, y que ha visto cómo la falacia de crecimiento ilimitado neoliberal explotaba en sus vidas, se suma a esta línea sin tapujos. A la vez, se ha dado un crecimiento de las fuerzas de ultraderecha, que vuelven a traer de forma más abierta o más disimulada los discursos de odio del fascismo. A parte de la polarización de posiciones en situaciones de crisis, no olvidemos que las derechas, sobre todo las más reaccionarias, una vez suprimida la necesidad del acuerdo social de la postguerra europea que gestó el Estado del Bienestar, pierden la necesidad de consensuar nada con fuerzas progresistas o democráticas. 

En el Partido Socialista, desde ese momento y desde las convulsiones vividas a partir del fin del periodo de gobierno de Zapatero, se han recuperado los discursos a la izquierda, superando – en parte – el viraje socioliberal forjado desde el felipismo y hegemónico desde los 90. Desde aquellas posiciones y momentos, en los que incluso era tabú hablar de banca pública o nacionalizaciones, se ha pasado a lograr un avance consistente en el último 39 Congreso, en el que muchas de las posiciones defendidas tradicionalmente por la corriente Izquierda Socialista ganaron una posición oficial. Como por ejemplo, en cuestiones económicas, defendiendo la democratización de la economía con propuestas como las de la cogestión en las empresas, o la construcción de modelos de acceso a la propiedad obrera de los medios de producción inspirados en el fondo de asalariados de la socialdemocracia sueca clásica.  

Al hilo de esto último, recientemente en este 2020 se ha recordado y homenajeado a figuras como Olof Palme o Salvador Allende, referentes socialistas democráticos. Llama mucho la atención, sin embargo, ver cómo actuales dirigentes y élites socialdemócratas, que siempre que el calendario lo requiere citan y loan a estos dirigentes, presentan después en su actuar y discurso cotidiano una desconexión casi total con las políticas, líneas y direcciones de Palme o Allende. De hecho, es de gran interés consultar el artículo que escribió para Tribune el activista sueco Daniel Suhonen, del Instituto Katalys, titulado “El último socialdemócrata”, en el cual explica de forma excelente cómo Olof Palme se caracterizó por ser el último dirigente socialdemócrata en Occidente que se atrevió a pensar en una sociedad más allá del capitalismo, planteando políticas que, de forma real, permitieran avanzar hacia la construcción real del socialismo. Y por eso lo mataron. Tras su asesinato a manos de un fascista, la socialdemocracia sueca se iría distanciando de sus líneas transformadoras, en plena época de reacción neocon y neoliberal, sumándose al giro generalizado a la derecha que se dio en tantas fuerzas progresistas.

Hoy, sin embargo, y pese a los avances por la izquierda, siguen muchas voces desde la derecha repitiendo mantras liberales hacia el socialismo para evitar que se den pasos hacia una línea realmente transformadora, anticapitalista y constructora de una sociedad y economía diferentes. Voces que claman que la socialdemocracia clásica supone que el Estado apoye a al sector privado para que ese apoyo revierta en beneficio social (!), que el servicio público en áreas como la sanidad es más caro y menos eficiente o que la colaboración público-privada es una panacea de progreso que curiosamente nunca pasa por que parte de lo privado quede bajo control público o social. Son discursos muy del gusto de tecnócratas, siempre de derechas al fin y al cabo, que por desgracia se suelen ver proliferar como hongos bajo el ala de actuales gobiernos progresistas… y que por tanto siempre dificultarán la implementación de políticas genuinamente socialistas.

Ante esto, tenemos desde la socialdemocracia la necesidad y la tarea de recuperar un relato y horizonte que se atreva a pensar y a construir una sociedad más allá del capitalismo, que no se quede en su mera gestión de rostro humano y social. De hecho, si no planteamos el tocar las palancas estructurales de los poderes económicos del sistema, si no resituamos el conflicto capital-trabajo en el centro del debate, si no planteamos la propiedad social y pública de los medios de producción y no pasamos de un reformismo planteado como fin en sí mismo, toda mejora y reforma progresista estará dentro de un bucle cerrado, condenada a ser desmantelada tras cualquier vuelco electoral que lleve a la derecha política de nuevo al poder. Pero el cambio no vendrá de las burocracias y las élites socialdemócratas: es necesario gestar procesos de organización y auto-organización de las bases, que son imposibles sin formación política, sin empoderamiento, activismo y herramientas democráticas más avanzadas en el partido. Y estos procesos, si se activan, son también el camino para reubicar a la socialdemocracia en la centralidad de la sociedad progresista, en conexión con el activismo ciudadano y con el resto de fuerzas de izquierdas. Porque sin superar por parte de todos la mentalidad de competición casi futbolística entre partidos y fuerzas de progreso, no se avanza tampoco hacia un horizonte de cambio suficientemente consistente como para poder cuestionar la hegemonía capitalista y neoliberal. 

En definitiva, es la hora de reconciliar a nuestra actual socialdemocracia con la socialdemocracia clásica, la que nos enseñó Rosa Luxemburg con su visión de la necesaria unidad entre reforma y revolución, la que de la mano de los sindicatos construyó fuertes sectores públicos en Europa, la que pusieron en práctica Allende y Palme con su construcción democrática del socialismo. Pero todo esto no son objetivos que se consiguen de un día para otro con una varita mágica, una proclama, un artículo o ni siquiera un triunfo electoral u orgánico. Son tareas que requieren un trabajo prolongado de formación y activismo. Es la hora pues, de trabajar en estas líneas, cuestionar los marcos dominantes del capitalismo fuera y dentro de las fuerzas socialdemócratas, construir hegemonía en la sociedad de los valores e ideas socialistas.

Historiador y militante socialista, actualmente ejerciendo como profesor de historia. Ha ocupado diversos cargos orgánicos en el PSPV-PSOE y al frente de la corriente de opinión Izquierda Socialista del PSOE en el País Valencià.