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Cosas de diario. Algunos aspectos del Covid

Hay muchas cosas de la vida cotidiana que pueden llegar a fundirnos en un horror absoluto, en un marasmo de sentimientos contradictorios, en una provocación a la armonía, en el desate de instintos bajos. La pandemia ha desatado aquí y allá el animalillo que todos tenemos en nuestro interior. Lo cotidiano, aun siendo motivo muchas veces de divorcio, pérdida de amistades o de huida del hogar sigue siendo un escollo en nuestro quehacer de la vida diaria, podríamos llegar a consensos varios de compatibilidad activa y real en este devenir cotidiano. Observando mi vida y la de los demás, he tenido diversas experiencias en ese sentido y hay algunas cosas que ya se han establecido bastante claras para mí, es decir, puedo asumir la mal establecida falacia de que me conozco a mí misma. Conocerse a sí mismo y no engañarse merece admiración, yo admiro a los que se conocen y no se engañan, es propio de sabios y por sabios humildes, que decía mi difunto Benito Pérez Galdós.

Todo ser humano se comporta de forma muy parecida, nadie es excepcionalmente especial, quizás en los principios de una relación en esas historias que llaman de “amor ciego” que como tal sentimiento, no reconoce la realidad y lo acepta todo...pues puede valer, al menos funcionará en la imaginación, fantasía que tantas y tantas veces alimenta nuestro espíritu. Me confieso mayor para estos temas, la ceguera en el amor por desgracia unas veces, por suerte otras, ha venido a desaparecer de mi vida. Ya no idealizo nada, ya no vivo en las batuecas de antes, esas que me proporcionaban hermosos trozos de vida regalado de imaginación y me da pena. He pasado a otro nivel me dicen por aquí. La felicidad se construye con pico y pala y si hay que inventarla, pues se inventa. Para aquellos que no estaban acostumbrados a la convivencia este estadio es curioso. También he visto que los individuos-as idealizan bastante según veo yo por aplicaciones de móvil como para ligar o algo así. No podría hacer yo una cosa tan premeditada, pues ya lo llevo haciendo en mi labor de escritora, creando personajes y perfiles inventados del todo.

Cual especialista en el realismo literario, observo las cosas con una realidad que espanta, con la distancia que procura la inquebrantable sabiduría y conocimiento, con el desinterés de tener todo hecho...horrible desinterés, hasta el punto de no creer en nada o hacer las cosas por hacer. Sin embargo cuando la ceguera amorosa existía nos hacía vivir en un plano distinto, desconocido, atractivo, imaginativo...del que como digo tristemente nos alejamos para ver las “cosas como son”. Esto del amor ciego y de las relaciones personales –cualquiera que ésta sea- que estaban en nuestra imaginación, eran –digo- mágicas, personales, pertenecían en exclusividad a nuestro pensamiento engrandeciéndonos en muy buena medida, nos hacían enormes en nosotros mismos. Todo se puede reinventar y los aires pandémicos han traído también invención.

Luego está, no la forma nominal del pensamiento sino el resultado de él, la actuación, la parte práctica, lo cotidiano del amor que nunca se cuenta con ello cuando nos pensamos enamorados de alguien o deslumbrados por alguien. Esta es la más destructora, la que asoma con su ácido corrosivo a los hogares.

Observo que los jóvenes y sus relaciones hoy, sufren de lo mismo. Convivencia absurda y ninguna tolerancia. Por ejemplo, ¿a quién no le molesta que le cojan su cepillo del cerebro y lo dejen lleno de caspa y gurruños? ¿Quién no ha maldecido ese secador de pelo a deshoras? Quién, por muy pacifista que se sea, no le han dado ganas de matar al ver por la mañana el tubo de pasta de dientes espachurrado y seco por arriba porque el anterior o la anterior ha olvidado espachurrar como debe ser y además ha olvidado ponerle el tapón. Esto clama el cielo. ¿Y los dos mil vasos usados repartidos no importan dónde? ¿Y esa lata de coca-cola o goga-gola -según pronunciación madrileñochulesca- encima de la chimenea que tan solo ves tú? La cadena de la taza del wáter que queda sin usar incólume mientras olorcillos de micción salen y salen. Cuestionables lavabos con pelos, espejos empañados donde uno no llega a verse así mismo en la vida, calcetines pelota por toda la casa, una, dos o tres chaquetas derrengadas en el respaldo de una silla, puertas que acogen en sus picos mogollones de ropas tipo tienda de campaña...

Cuando convives con otros y éstos se comen tus pequeños caprichitos que tienes casi escondidos en la nevera...ahí la vida se convierte en traición absoluta y despiadada. Con lo fácil que es preguntar ¿puedo comerme esto que mañana te lo repongo? Y ya está. Pues no, la susodicha se lo zampa y no dice nada, con lo cual ya se ha convertido en enemiga, ya no es esa amiga idealizada, no es el gran compañero. Alguien aparece en tu vida y quiere hacerte vivir de una manera diferente, ¿qué sucede por mucho amor que haya?

Que te vuelves irascible, intolerante, odioso. Y eso no puede ser.

¡Comer con ruidito! O por qué no ir más allá: ¡comer con ruidito chicle! No es comer la ensalada con la boca abierta porque no queda otra, no, el chicle se come por ocio y por lo tanto puede quedar de lado perfectamente, no es vital para la vida, no es necesario, por lo tanto mascado con ruido solo sirve como arma arrojadiza para molestar o desquiciar. Deberían prohibir que la gente coma el chicle con ruidito. Es simplemente insoportable. Son esas cosas con las que nunca contamos porque son como las pequeñas vocales y consonantes imperceptibles en letra pequeña que conforman la leyenda de la convivencia a la que llegamos, generalmente como consecuencia del amor –sea con una amiga, sea con amigos, sea con un hombre, sea con una mujer, sea- ese que en su momento era ciego y por el que estábamos dispuestos a darlo todo. Pues hijo, sigue dándolo todo y no me hagas ni caso porque seguro que cuando leas esto –querido y apreciado lector- verás que son acciones absurdas lejanas de lo que significa amar y entregarse a los demás y a lo que te gusta.

Por hoy, solo quiero recordar estas pequeñas cosas que nos dejan tiempos de flores hermosas, no quiero aburrir a las ovejas con la vejez sabionda de mi pensamiento incontrolable, que no puedo controlar bajo ningún concepto. La convivencia, amar y soportarse con estoicismo a uno mismo y a los demás es el gran acto de amor que la vida nos impone hoy.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.