El voto de la mujer
- Escrito por El Socialista
- Publicado en Opinión
“Terminada la sesión en que las Cortes constituyentes han concedido a la mujer española el derecho al sufragio, un diputado de la minoría vasconavarra, de filiación carlista y de extraordinaria cultura histórica, nos indica con una sonrisa de satisfacción: «Hemos votado con ustedes...» Ciertamente, la minoría vasconavarra, esto es, los «cavernícolas», según la frecuente denominación de los periódicos, han ayudado al triunfo de una aspiración socialista. ¿Deduciremos de esta coincidencia que están próximos, en determinados problemas, a nuestro doctrinal? De ninguna manera. Lo ocurrido no puede ser más sencillo. En tanto nuestra Minoría votaba por la concesión del voto femenino sin contar si tal concesión representaba una pérdida o una ganancia en las elecciones inmediatas, la minoría vasconavarra establecía su cálculo, y a la vista de la ganancia inmediata, se decidía por la afirmación, como por idéntica razón utilitaria y oportunista, dicho sea sin reproche, un sector importante dé la Cámara, con la minoría radical a la cabeza, se inclinaba a condicionar la concesión. Esto último nos recuerda una resolución votada por una Agrupación Socialista del Norte, contraria a que se concediese momentáneamente el derecho de sufragio a la mujer. Las razones aducidas para persuadir a los asambleístas no diferían de las que pusieron en línea de combate los radicales. Cuando sonaban esas razones, de nuestros bancos se preguntaba: «¿Y las mujeres que trabajan en las fábricas?» Convendrá que no nos hagamos demasiadas ilusiones. Las mujeres 'que trabajan en las fábricas son, evidentemente, mucho menores en número que las que reciben inspiración y consejo en el confesonario. Habiendo ganado, hemos perdido. Esta es la realidad. Cuando menos, amigos, ésa es la realidad en las provincias del norte de España, en aquellas que han confiado sus mandatos alos diputados que constituyen la minoría vasconavarra, y perdón si, Contra la costumbre, no nos decidimos a llamarla de otra manera.
Si la realidad es una condicionante de la doctrina, avengámonos a reconocer que no hemos sido políticos', aun cuando hayamos sido consecuentes con un postulado de nuestro Partido. La mujer usará de ese nuevo derecho, en la mayoría de los casos, en contra de quienes se lo han concedido, y desde luego sin agradecerlo ni poco ni mucho. Habrá que esperar a las nuevas generaciones femeninas, dueñas de un más fino sentido de la política, para que la concesión de hoy surta sus efectos. La única ventaja posible para los 'que hemos favorecido con nuestro sufragio tal resolución es la de quedar obligados a iniciarnos en una nueva actuación política. Es exacto que no se nos puede reprochar el haber abandonado a la mujer proletaria a su suerte; pero es igualmente exacto que no la hemos asistido con un consejo permanente y duradero, acaso porque su decisión no era del todo definitiva. Ahora lo será, y ello crea el nuevo deber que nuestras organizaciones no pueden descuidar. Se hace indispensable contar con la cooperación femenina, 'incorporar a las. mujeres a nuestro Partido, de suerte que participen de nuestras mismas preocupaciones. Esto será, si sabemos conseguirlo, todo lo que por el momento podamos ir ganando con la concesión que las çonstituyentes han otorgado a las mujeres. Esa obligación nueva—nueva al menos por lo-que hace al interés, con que debe ser cumplida—tiene un mayor rigor en aquéllas provincias que, como las del Norte, presentan unos peligras mayores.
Enfocando así el problema, el voto favorable de la minoría socialista para el nuevo derecho femenino representa una nueva consigna de ti abajo. Y una consigna de tipo urgente, de cuyo cumplimiento habremos de tener noticia todos en las próximas elecciones. Las derechas se hacen pocas ilusiones con relación a ellas. Creen, en efecto, contar con la voluntad de las nuevas electoras. Es muy posible que se equivoquen si, como tenemos derecho a esperar, nuestras colectividades prestan todo el interés que están obligadas a la nueva tarea, que les está consignada. Se trata, en el fondo, no de otra cosa que de ganar, para siempre, la batalla definitiva. Convengamos en que ya iba siendo hora de librarla.”
El Socialista, número 7066, de 2 de octubre de 1931.