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La culpa es de Podemos

Vivíamos en el mejor de los mundos. Un rey nombrado por el dictador Francisco Franco se disponía, como en los cuentos, a traicionar a su mentor para encabezar la causa de la libertad y la felicidad de su pueblo a cambio de que nadie controlase sus actividades, ingresos y gastos. Salvo unos cuantos irredentos todavía muy presentes en Vox y el Partido Popular, los franquistas, que siempre fueron monárquicos de toda la vida, votaron contra los Principios Generales del Movimiento y a favor de la Reforma Política, eso sí, con la condición de que no se tocara el pasado ni los intereses económicos derivados de la tiranía. El Partido Comunista de España, columna vertebral de la resistencia antifranquista, cedió en casi todo pensando en el bien común y en que los demás no jugaban con cartas marcadas. Hizo bien, pero a la larga se equivocó. Las cartas estaban marcadas con matasellos y tampón: En adelante gobernaría un partido de derechas, legítimo heredero y representante de las fuerzas del pasado, y un partido social-cristiano que iría desprendiéndose de su carga izquierdista para ir pareciéndose cada vez más al Partido Liberal de Sagasta, aquel que pactó con el muy conservador Cánovas del Castillo el turno pacífico en el poder mediante el uso indiscriminado del caciquismo y el falseamiento del voto.

Se reformó al ejército disminuyendo su tamaño y cabeza, enviándolo a operaciones internacionales y dejándoles hacer en el seno de los cuarteles. Casi todas las grandes empresas y fortunas tenían sus raíces en el franquismo y en la democracia fueron las destinatarias de la obra pública, lo que acrecentó exponencialmente sus ganancias otorgándoles además un poder desmesurado. La Iglesia, en horas bajas durante los primeros años de la transición, recibió el inmenso regalo de la enseñanza concertada de manos de Felipe González, lo que le permitiría en las décadas siguientes hacerse con el control del pensamiento de casi la mitad de los niños y muchachos y multiplicar sus ingresos a costa del Erario, es decir la Iglesia Católica recibiría a partir de 1985 miles de millones de pesetas y euros para adoctrinar con teorías antidemocráticas y muy reaccionarias, hecho que evidentemente ha dado sus frutos a lo largo de los años conformando un electorado cada vez más conservador y retrógrado. Por su parte, el discípulo de Manuel Jiménez Fernández, ministro de Agricultura por la CEDA en un Gobierno de Lerroux, con su brillante equipo ministerial dirigió con mano de hierro la reconversión industrial exigida por Europa y por la plutocracia patria, dejando en la calle a miles de trabajadores y diezmando la producción pesada del país. Del mismo modo que recurriría a policías franquistas muy significados por su afición a la tortura para combatir a los asesinos de ETA, organización criminal que condicionó dramáticamente la evolución de la democracia española. No se creó una policía verdaderamente democrática, se mantuvo en sus puestos a personas con actitudes y aptitudes claramente totalitarias, no se hizo nada por hacer atractivo el ingreso en los Cuerpos de Seguridad a personas amantes de la libertad y de los Derechos Humanos: Cómo éramos un pueblo muy malo, sólo cabía la posibilidad de tratarnos a palos. Por otra parte, base fundamental de la dictadura y del régimen borbónico, se llegó a un pacto no escrito pero respetado por casi todos, mediante el cual el chanchullo, las puertas giratorias y la corrupción serían cosa normal siempre que no se entrometiese algún juez díscolo, en cuyo caso se haría todo lo posible para su desactivación inmediata. No existía Podemos, pero ya la responsabilidad de todo ese orden anormal e insultante de cosas correspondía a Pablo Iglesias.

Tras el estallido de la gran estafa financiero-inmobiliaria, el castillo de naipes comenzó a derrumbarse. No había pan para tanto chorizo, ni comisiones encubiertas, ni puertas giratorias suficientes, ni contenedores para meter tanta mierda, tanto abuso ni tanta degeneración. Los jueces vinculados al Opus Dei se encaramaron en los puestos claves de la judicatura, los procesos se hicieron lentos y farragosos y los medios de comunicación, casi todos de derechas y muy vinculados al poder económico y político real, decidieron hablar de la corrupción como algo normal, lo mismo que hoy hacen con la ultraderecha, calificando de populista tanto a la formación nacional-católica que dirige el antiguo miembro del PP Santiago Abascal como a Podemos, partido surgido de la indignación del 11-M para denunciar y acabar con toda la basura consuetudinaria sobre la que se había asentado el régimen otorgándole rango de inevitable normalidad.

A partir de la primera década del siglo XXI son sorprendidos con las manos en la masa varios presidentes y altos cargos de las comunidades de Madrid, Murcia, Andalucía, Cataluña, Baleares y Valencia, se sabe que Jordi Pujol y su prole han estado jugando al monopoli con los intereses y los dineros de su pueblo, se aceleran los procesos de privatización y externalización de la Sanidad Pública, la Educación y el cuidado de la vejez, que se entrega casi en su totalidad a empresas privadas de amigos con los resultados desastrosos que todos sabíamos en silencio pero que hemos podido comprobar a raíz de la pandemia. El problema es que ya no están solos los partidos del régimen y adyacentes, sino que desde 2014 existe un partido nuevo que no está en el entramado ni quiere estarlo. Denuncias personales, persecución, demandas judiciales inacabables, descalificaciones constantes, insultos, espionaje policial son sólo algunos de los instrumentos utilizados por el régimen para hacer ver a la ciudadanía que Podemos es éticamente tan despreciable como los otros y políticamente un partido extremista que pretende echar de sus viviendas a la buena gente para entregárselas a los ocupas desalmados, no como la señora de Aznar que vendió viviendas municipales a precio irrisorio a un fondo buitre que estaba deseando dar techo a los sin techo.

Si el Rey se fuga de su país a otro feudal de la noche a la mañana debido a los escándalos que se van sabiendo gracias a una de sus amantes y a la fiscalía suiza después de una vida de lujo y despilfarro, es evidente que la responsabilidad no es del monarca ni de los partidos que lo defienden ni de las personalidades que firman manifiestos en su defensa, la culpa es de Podemos que denuncia tal actitud como aberrante e irrespetuosa para con el pueblo español. Si la Sanidad, la Educación, el cuidado de nuestros viejos presentan un estado lamentable después de tanta privatización, tanto recorte y tanto granuja, lo mejor es callar y mirar para otro lado, en caso contrario sólo serías un pobre populista que no tiene idea de como funcionan las cosas. Si unos ciudadanos salen de sus casas en pleno Estado de Alarma sin mascarillas, gritando burradas y en clara actitud pre-constitucional con el beneplácito de la policía y otros reclaman el respeto a sus derechos y su rechazo al fascismo con la enemiga de la misma policía, lo más adecuado es callar porque las cosas son como son y, como decía Pitágoras, mejor no menear el rescoldo. Si la Iglesia recibe miles de millones para adoctrinar infantes y la escuela y la universidad pública carecen de los medios mínimos exigibles pese a la entrega de muchos de sus profesionales, lo justo es no decir nada para que los sectarios -palabra que ya indica ideología- no te califiquen de sectario. Si el Estado salva a la banca con cantidades ingentes de dinero pero no es capaz de construir una banca pública que enseñe a la otra como se hacen las cosas, lo perfecto es aplaudir con las orejas a Fainé y Goirigolzarri por aquello de las puertas giratorias de un mañana próximo. En fin, que aquí quien sobre, y están haciendo lo posible para que así sea, es Podemos, partido sin cuya existencia todo seguiría siendo igual Ad maiorem Dei gloriam, incluso tal vez no tendríamos a Vox, partido surgido para luchar contra el contubernio judeo-masónico-comunista. Amén.

Pedro L. Angosto, nacido en Carabaca en 1960, obtuvo el Grado de Licenciatura en la Universidad Autónoma de Madrid en 1984. Doctor en Historia por la Universidad de Alicante gracias a una Tesis sobre el político y escritor Carlos Esplá dirigida por el profesor Emilio La Parra, ha publicado unos quince libros de historia del siglo XX español y colaborado en numerosos periódicos y revistas. Es director científico del Archivo Carlos Esplá de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.