Quantcast
HEMEROTECA
             SUSCRÍBETE
ÚNETE A EL OBRERO

El insoportable dolor de Palestina

En 1917 el Gobierno británico hacía pública la Declaración de Balfour por la que proponía la creación de un estado judío en Palestina. Sin contar con los habitantes mayoritarios de aquellos territorios, los británicos habían decidido que ese era el lugar ideal para que los judíos de todo el mundo tuviesen una patria común. En las décadas siguientes se produjo una moderada emigración hebrea que se disparó tras el final de la II Guerra Mundial, siendo en mayo de 1948, tras la retirada del ejército británico, cuando verdaderamente nació el Estado de Israel con capital en Tel-Aviv, quedando Jerusalén bajo administración internacional.

Israel nació gracias al apoyo de Gran Bretaña y Estados Unidos, pero sobre todo gracias a la guerra y a la imposición de sus criterios tanto a los habitantes de Palestina como a los del resto del mundo árabe, que pese a las guerras sostenidas para recuperar los territorios ocupados por Israel, comunidad mucho más rica y apoyada, terminaron por aceptar la superioridad bélica judía.

Aunque Naciones Unidas amparó en sus primeras resoluciones de 1947 y 1948 la creación de un Estado Judío en el Protectorado británico de Palestina con la oposición de los países árabes, también obligaba a Israel a llegar a acuerdos con los palestinos para formalizar en breve plazo de tiempo una unión aduanera, comercial y económica entre los nuevos estados forzados. A partir de ahí, con Israel como miembro de pleno derecho del organismo internacional y con el apoyo incondicional de Estados Unidos, Israel se ha dedicado sistemáticamente a ignorar o contravenir las resoluciones adoptadas por Naciones Unidas, desde la devolución de los territorios ocupados en la Guerra de los Seis Días y “el reconocimiento de la soberanía, integridad territorial e independencia política de todos los Estados de la región y su derecho a vivir en paz” (Resolución 242 del Consejo de Seguridad), hasta las múltiples decisiones que le exigían paralizar los asentamientos en territorios ocupados, las matanzas indiscriminadas de Palestinos o la construcción del nuevo muro de la vergüenza. Israel, de ese modo, se convertía en portaviones permanente de Estados Unidos en la zona más rica en energías fósiles del planeta, por tanto intoncable y con derecho a hacer lo que le viniese en gana con o sin el beneplácito de la comunidad internacional.

Los acuerdos de Madrid y Oslo, 1991 y 1993, sentaron las bases para que Israel y Palestina pudiesen convivir en paz. Empero, las buenas intenciones de Mahmoud Abbas, Shimón Peres y los representantes de los Gobiernos de Estados Unidos y Rusia, chocaron con la estrategia de los halcones judíos que en ningún momento estuvieron de acuerdo en la creación de un Estado Árabe en las puertas de su nueva casa. La aparición del grupo de resistencia islámica Hamás, que aspira a la consecución de un Estado palestino según las fronteras de 1967 y que contó con el apoyo de Israel para debilitar a Arafat, y la intransigencia de los gobiernos israelíes ha llevado a Palestina a una situación insostenible donde la vida no vale nada.

Gaza, con una pequeña franja litoral, tiene 385 km2 y una población de dos millones de personas, es uno de los territorios más poblados de la Tierra con 4167 hb/km2. No tiene riquezas de ningún tipo, sus puertos y fronteras son controlados por Israel, quien también entra en el territorio cada vez que lo considera conveniente o lo bombardea según le apetezca. No tiene capacidad de decisión gubernamental ni organizativa, tampoco fondos presupuestarios que le permitan mejorar la existencia de sus ciudadanos. Es en verdad, un enorme campo de concentración en el que sobrevivir cada día es un éxito. Por su parte Cisjordania, que entra de lleno en los acuerdos alcanzados por Isarael y Emiratos Árabes, es un territorio interior fronterizo con el Mar Muerto, Israel y el río Jordán, pobre, muy pobre y al que Israel considera territorio disputado contra la opinión de Naciones Unidas que estima es parte de Palestina. Al igual que en Gaza, es Israel quien toma las decisiones que permiten vivir o morir en la zona mientras la Comunidad Internacional calla y mira para otro lado.

En esas terribles circunstancias, la monarquía petrolífera y feudal de los Emiratos Árabes decide firmar un acuerdo con Israel, similar al que tiempo atrás firmó Egipto, que permite paralizar momentáneamente la ocupación de Cisjordania por los hebreos. Nada se ha hablado con los representantes de los Palestinos, nada sobre sus condiciones miserables de vida, nada sobre el respeto a las fronteras de Palestina. Se trata simplemente de un acuerdo entre dos países con usos totalitarios para favorecer sus intereses nacionales a costa del futuro de Palestina, que seguirá esperando el próximo bombardeo de sus ciudades, la construcción de otra muralla de hormigón o su exterminio como pueblo, pues no es otra cosa lo que está sucediendo en esos territorios casi inhabitables en los que está confinado. 

Pedro L. Angosto, nacido en Carabaca en 1960, obtuvo el Grado de Licenciatura en la Universidad Autónoma de Madrid en 1984. Doctor en Historia por la Universidad de Alicante gracias a una Tesis sobre el político y escritor Carlos Esplá dirigida por el profesor Emilio La Parra, ha publicado unos quince libros de historia del siglo XX español y colaborado en numerosos periódicos y revistas. Es director científico del Archivo Carlos Esplá de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.