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EL PERIÓDICO
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Gente ajena más covid


Cuando se es extranjero, todo te viene mal, sino todo, casi todo. Por más que pienses que eres uno de ellos (de los del país de acogida me refiero) es inútil que te creas una cosa así porque nunca serás como ellos, nunca serás como los que viven en su país y son los dueños únicos de su patrimonio y de su cultura. Por más que te compongas, tú, eres un extranjero y lo seguirás siendo. No quiero decir con esto que los pueblos no acojan bien a los que venimos de fuera, no quiero decir que en España no se acoja bien a los nuevos, supongo que habrá mil historias a este respecto y otras mil anécdotas que tampoco quiero descifrar; los pueblos acogen bien pero solo relativamente bien. Alomejor tampoco hay que pretender más. Quizás tampoco los que acogen tienen que esforzarse en hacer más por otros que han venido a su casa sin que nadie se lo haya pedido y aún así.

Europa en estas cosas vive la misma frialdad que corresponde a su clima, pero no solo los paises europeos, hoy en día, no es fácil sentirse verdaderamente como en tu casa cuando estás fuera de ella. No existe esa sensación ni problemente existirá jamás. Claro, cuando eres extranjero en Asia, la cosa se agrava más todavía si cabe, porque además te sientes completamente diferente físicamente y no te concibes ni parecido con sus comidas ni con la manera en la que te puede tratar –por ejemplo- uno de sus médicos, tú no eres oriental. Igualmente habrán tenido que pasar por esos carros la gente de color, de diferentes razas que vienen a nuestros países y que nuestros médicos deberían atender –creo que así lo hacen- con el debido conocimiento de causa.

Está claro también que una vez que has salido de tu casa –esto parece que les sucede a muchas personas- te encuentras con una duda existencial: ya no te sientes bien en ninguna parte, vamos lo que entendemos como ser culo de mal asiento. Por mucho que te integres y te dispongas de toda forma, eres extranjero y siempre habrá quien se aproveche de esta situación de “inconsciencia cultural” o de “desconocimiento del medio” de un vacío cultural, que en ocasiones es imposible de llenar y que favorecen que estés siempre como perdido en la inmensidad del océano, en ocasiones algo triste también, todo hay que decirlo.

Para desgracia de propios y ajenos, además de buscar razones raras para justificar tu “presencia” en ese país de acogida que en realidad no te acoge nada –y esto se nota perfectamente por ejemplo en Navidades y otras fechas importantes de la vida del ser- pues resulta que tus compatriotas, es decir que tus paisanos, los de tu país, tampoco te quieren ya. ¿Por qué? Por que has desertado, porque has preferido otra cultura, porque ganas más dinero, porque tienes más narices que ellos, porque has logrado un éxito que ellos ven, pero que tú ni de broma lo apercibes en tu soledad, porque vas y vienes, porque no cuidaste a tus padres en los últimos momentos, porque no pudiste venir a la comunión de tu primo...mil cosas. Cuando vienes de por ahí, te pasan factura por todo, haciéndote ver claramente que “no estás al corriente” de lo que sucede en el país (claro en el fondo has traicionado y ahora no tienes ningún derecho a opinar), de modo que ¡chitón! para todo y a callar. Ya no eres de ellos y tus hijos menos. Esos son apátridas.

Los del país de "acogida" te miran mal porque hablas un idioma –según ellos muy rápido- con tus hijos y no entienden y claro, no les gusta. Como si por el solo hecho de irse a vivir por ejemplo a Inglaterra, una familia de franceses fuese a dejar de hablarse entre ellos en francés. Pues evidentemente no, pero a esos mismos franceses le sienta a cuerno quemado que lo hagas tú, porque tú eres extranjero y estás en su tierra invadiendo en cierto modo su país y presumes de hablar otro idioma que no es francés. Si llevas una profesión y un éxito mejores que el suyo, esto no gusta porque estás en el fondo por encima de ellos, -sigue dando igual porque te tratan también por debajo- y si vienes sin profesión, o con profesión dudosilla, también sigues siendo peligrosillo porque no se sabe muy bien a qué y por qué vienes. Sucede esto en todas partes.

Está claro por ejemplo en Francia a quiénes les gustan los españoles, o los latinos y a quiénes no, en España, a quiénes les gustan los franceses y a quiénes no, o los ingleses, no hablemos de los norteamericanos. Los orientales se protegen un poco más y en términos más generales o bien por cuestiones idiomáticas tardan más en integrarse o terminan por no hacerlo nunca. Vale. Ser extranjero es ser raro, es ser alguien a quien no terminas de entender, probablemente ni en su pronunciación, y probablemente alguien que tampoco entiende nada de lo que le rodea y va por la vida dando palos de ciego.

Con la situación de la pandemia, hemos visto de todo. Pero hay que tener en cuenta que si a los que vivimos en nuestra tierra nos ha costado lo suyo confinarnos -a unos más y otros menos- para los extranjeros que residen en nuestro país, ha sido increíble. Se ha dado el caso por ejemplo ante tanta incertidumbre y perplejidad de algunas mujeres latinas que ante el horror de no volver a su país y por ende no poder ver más a su familia, salir hacia Latinoamérica. Al llegar se dan cuenta de que sus hijos están en España, de que sus padres y vecinos viven sin ti. Dichos amigos vecinales sospechan de ti porque vienes de Madrid -que por lo visto había gran población infectada- y deciden que no te acerques, que eres una apestosa.La mujer de mi ejemplo de la vida real se ha vuelto a su Perú por temor a que a su padre le pasara algo. Al final le pasa, no puede visitarle en el hospital, fallece y ella se contagia. Dos meses más tarde fallece también sola en un hospital cualquiera habiendo dejado su trabajo -con su erte- en España y su familia, sus hijas, sus nietos. Como este caso miles. Los que se han quedado lo han hecho con mucho miedo, las cosas como son y andan en general bastante desubicados. El mundo es ancho y ajeno que diría Ciro Alegría.

La cuestión es que tú estás siempre ahí, consciente de que en realidad no formas parte de nada, en realidad lo que haces son esfuerzos muy artificiales, postizos por ser una cosa que no eres y que no lo serás nunca, que cada quién lo aplique a su caso. Yo creo que uno, debe mantener su propia identidad aunque se adapte a todo muy bien, o mejor dicho parezca que se adapte o eso haga creer a los demás, porque no me creo que cuando una persona –hablo de los que ya vamos a un país más o menos hechos y no de bebés como ha sido mi caso con Francia- de repente pase a ser otra persona con otra cultura de la noche a la mañana sin que esa misma persona no sufra cambio alguno. No me lo creo y quizás no haya que hacerlo. Aquí entra a formar parte del juego, la creencia (Philèbe, Platón) y analisis de los conceptos de risa y ridículo que provienen del no conocimiento de lo que nosotros somos y lo que creemos ser, añadiendo –claro está- lo que van a creer lo demás que somos nosotros. Al final, es un juego ciertamente incómodo que no permite liberar el alma, sino sentir una pena grande por cómo la vida juega en ocasiones a la contrariedad más absoluta.

Al menos ser extranjero, también significa la no pertenencia a nadie, la no atadura y el espíritu libre de ida y vuelta. Extranjero sin atavismos, el espíritu del extranjero lo debería de tener cualquier ser humano de la tierra.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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