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De la reconstrucción que no necesitamos


La política de estos días, antes de la nueva vorágine electoral, ha venido marcada por la finalización de los trabajos de la comisión parlamentaria para la Reconstrucción Social y Económica. Ahora se buscará el máximo consenso para tener una estrategia colectiva, porque ya el Banco de España, en sus últimas previsiones, anticipa una pérdida de PIB de hasta el 12,4% y el gobernador no dudó en pedir un acuerdo para varias legislaturas.

Entretanto, los defensores de la continuidad, del “business as usual”, ya están trabajando en la reconstrucción, y el mensaje vuelve a ser el de siempre: para salir de la crisis hay que olvidarse del medio ambiente. En Andalucía volvemos a las bases especulativas tradicionales, con una propuesta que nos retrotrae a los esplendores de la era del ladrillo, pero lo de Madrid, a través de una propuesta de legislación sobre el suelo, juega en otro nivel. En un plano estrictamente económico es más de lo mismo, pero la modificación propuesta va más allá de la simple y habitual facilitación del negocio privado a cuenta de lo publico característica de la política de la derecha. De hecho, dinamita los mecanismos de supervisión urbanística y las posibilidades de gestión de la dinámica urbana. Dicho de otra manera, es tanto como quitarle el control de la ciudad a los concejales y dárselo a los especuladores.

Como ya he mencionado en otras ocasiones, es la destructiva expansión de la agroindustria y la consecuente pérdida de ecosistemas y biodiversidad las que han tenido como predecible consecuencia una epidemia que ha afectado a todo el planeta en apenas tres meses. El sistema económico mundial es el mecanismo ideal para la producción y transmisión global de enfermedades. Reactivar de nuevo el debate economía-medio ambiente es sólo una cortina de humo para ocultar la cruda realidad. No hay tal, obviamente, porque sin vida ni salud no hay economía, pero es que hemos llegado a la actual situación como consecuencia del modelo económico que ahora nos compelen a reconstruir. Esta epidemia no es un fenómeno exógeno aislado, como si cayera un meteorito, sino una consecuencia del modelo, y asumir esto es esencial para la respuesta a la actual situación.

Concretamente en España basamos nuestra economía en actividades como el turismo, la inmobiliaria o el automóvil, que hemos visto demasiadas veces que es lo primero que se abandona en cuanto vienen mal dadas. Desde este punto de vista, las perspectivas que señala el Banco de España son incluso moderadas. Son las actividades que ya se hundieron en 2008, y que los gobiernos del PP se esforzaron en reflotar a costa de precarizar el empleo, rebajar los salarios y sacrificar los sectores que podrían haber cambiado nuestra estructura económica (como las energías renovables o el I+D). así pues, no estamos en crisis, seguimos en la misma línea por la que ya nos estábamos moviendo, y tampoco la apreciación social de los acontecimientos se ha alterado mucho: de nuevo el dinero publico va a fluir hacia los sectores habituales.

Debemos entender que la situación actual no es una catástrofe, no es una crisis, sino que es una consecuencia del modelo, y esto tiene dos corolarios: primero, no va a ser cosa de unos meses; segundo, habrá más pandemias, y probablemente peores. Vamos a arrastrar esta situación durante dos o tres años porque solo hay dos formas de superar la enfermedad (a esta y a cualquier otra): la inmunidad colectiva (sea por vacunación, sea por vía natural) o un tratamiento efectivo, ninguna de ambas opciones será real antes de ese tiempo y, de hecho, solo se podrá decir que hemos superado la enfermedad con ambas. Y habrá más pandemias porque, como ya mencioné en un artículo anterior (Alimentación, biodiversidad y bulos), es una de las consecuencias más inmediatas del cambio climático.

Dar dinero para comprar coches que ni siquiera se producen en España o para facilitar visitas turísticas, cuando la actividad de ambos sectores es probable que se vuelva a paralizar y son dos problemas crónicos por solucionar de cara a reducir nuestra huella de carbono no es una buena decisión de política económica. El camino no es sostener, una vez más, los beneficios de quienes tiene gran parte de la responsabilidad de la situación de desigualdad y precariedad, sino cambiar el destino del gasto publico para poder iniciar la construcción de otro modelo.

Las palabras importan. Hablamos de reconstrucción, cuando lo que necesitamos es construir algo nuevo y dirigir la inversión y el gasto a las actividades que permitirán una transición justa. Nos dejamos atrapar por el marco conceptual de la derecha y terminamos de nuevo discutiendo entre opciones indeseables.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.