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Ajuste Tecnológico de la Jornada Laboral: 3.- El error de Jospin

“De buenas intenciones está empedrado el infierno” se suele decir. Es cierto. Recordemos una que a los españoles nos toca de cerca. La buena intención de calmar a un desequilibrado mental llamado Adolfo Hitler para evitar la guerra. ¿Cabe mejor intención?; bien es verdad que no se sacrificaba a un carnero, como en el caso del hijo de Abraham, sino a los españoles. Las ”democracias” permitieron la invasión de España por las tropas regulares de la Alemania nazi y de la Italia fascista en apoyo de un Golpe de Estado fascista tras fracasar su intento de acabar con un gobierno democrático que estaba sacando al país de la miseria y el atraso en la que vivía bajo Alfonso XIII de la mano de la II República Democrática de España.

La “Sociedad de Naciones” incumplió sus propios estatutos bajo la doctrina entreguista de Inglaterra y Francia. Tras los familiares, los vecinos son siempre los peores enemigos. Fracasados los intentos de la Unión Soviética que apoyó tomar decisiones contra esta agresión internacional, los sucesivos gobiernos de la II República sólo encontraron en ella, y en el dignísimo Presidente de México Lázaro Cárdenas, apoyo contra los ejércitos alemán e italiano que sin rebozo libraban batallas en suelo español contra el ejército democrático mientras se exigía a España que no permitiera el auxilio de las brigadas internacionales formadas por voluntarios individuales. Fue todo un “sin Dios”. Fue el primer capítulo de la II Guerra Mundial que, para no verse obligados a reconocerla como tal, se calificó de Guerra Civil. Fue más que eso.

Un cínico y fraudulento “pacto de no intervención” burlo la doctrina de la Sociedad de Naciones con ostentoso cinismo, de la que con claridad dijo Azaña” La única no intervención efectiva aplicada a España fue la no intervención de la Sociedad de Naciones. Su fruto inmediato fue la invasión de los Sudetes y luego del resto de Checoeslovaquia. A ella le siguió, en ese mismo año 1938 la “anexión” de Austria, un eufemismo para no reconocer que se trataba de otra invasión. Lograda la implantación de un nuevo régimen fascista en España, Francia e Inglaterra declararon la guerra a Alemania tras la invasión de Polonia. De haberlo hecho en 1936 la II Guerra Mundial quizá no se hubiera producido o hubiera terminado antes porque Alemania no hubiera sido tan poderosa como era en1939. Sólo tras invadir Polonia se declaró la II Guerra Mundial tras esa invasión y no las de España, Checoeslovaquia y Austria? Pero evitar una guerra era una buena intención.

Mutatis mutandis, y sin duda hay mucho que mudar, Jospin tuvo una buena intención. Fueron muchas sus políticas de mejora social: mejoró el seguro de salud para los más pobres; promovió la representación de mujeres en la política; legalizó, pero sin llamarle matrimonio, le llamó Pacto Civil de Solidaridad, la unión civil entre dos personas, fueran del mismo o de distinto sexo; creó la policía de proximidad con el fin de acercarla a la población; finalmente, para aumentar el empleo redujo la jornada a 35 h/semana como prometiera en su programa electoral; redujo el paro en 900.000 personas, que no fue poco, lo que mejoró la situación económica del país. Sin embargo fue un error.

Los errores pueden ser de naturaleza, una confusión de conceptos, o de magnitud. Los errores de naturaleza es cuando se hace una cosa por otra y los de magnitud lo son cuando por exceso o por defecto no se hace lo que se debía haber hecho. El de Jospin lo fue de concepto al privatizar a empresas públicas, entre otras France Telecom, Thompson multimedia, la Société marseillaise de crédit, EADS Banque Hervet y el Crédit Lyonnais, Air France, Aérospatiale-Matra, etc.; también redujo el IVA y otros impuestos en vez de mejorar más la educación y la asistencia social.

Su error de magnitud, el que ahora analizaremos, fue no haber reducido la jornada laboral al menos a 32 h, con lo que el incremento del empleo hubiera sido mucho mayor. Esa disminución de 40 a 35 h, un 12,5 %, significaba que cada 8 trabajadores se necesitaba uno más, rebus sic stantibus. Si la reducción hubiera sido el 20 %, a 32 h/semana, la disminución del paro hubiera sido superior a 20*900.000 /12,5 ~ 1.440.000 trabajadores, es decir 540.000 personas más, afectando a casi millón y medio de trabajadores, más o menos casi 6 millones de personas supuesto familias de 4 miembros; eso hubiera favorecido fundamentalmente a los sectores más marginales, sin duda, la delincuencia, que fue su gran problema, hubiera sido menor o, incluso, casi nula.

Las empresas reaccionaron de dos formas, ambas positivas: la empresa grande reestructuró la producción, incorporó métodos y equipos tecnológicamente más adecuados y al aumentar su productividad, logró mejorar la economía; en las pequeñas empresas se disminuyeron los tiempos muertos presionando a los empleados: o aumentáis la productividad o cierro la empresa. Todo el mundo puede en su trabajo dejar de perder 5 - 10 min/h de trabajo; es el tiempo, más o menos, del cigarrillo que “tenemos derecho a fumar” y que, ahora con la regulación de sanidad, lo perdemos bajando a la calle o yendo a la habitación para fumadores, sumado al café, o a los dos o tres cafés o zumos que tomamos en medio de la jornada laboral o, simplemente yendo por la fábrica de un modo más diligente de una lado a otro en lugar de ir calmado, o reduciendo el tiempo del “descanso del bocadillo”.

El mayor coste salarial convirtió en rentable la reestructuración de la producción incorporando nuevos equipos. Eso pasara con el aislamiento térmico; calculado el óptimo cuando el barril de petróleo valía 2 $, al subir a 15 $ en la crisis del petróleo del 73 resulto rentable aumentar el aislamiento; la energía que se perdida ahora costaba un 15/2 = 750 % más y ya era rentable hacerlo. Ese incremento de la calidad tecnológica de la empresa, ante el temor a futuras subidas, como así ha pasado, aumentó el aislamiento más del mínimo necesario. Eso aumentó la demanda a los fabricantes e instaladores de aislantes. También redujo la demanda de petróleo, un beneficio para la balanza de pagos, que es lo importante desde un punto de vista político, cuyo cuidado es el bien común, un objetivo distinto al interés del empresario cuya obligación es también el bien común, ¡pero sólo el de sus accionistas!

El ejemplo del incremento de la productividad tecnológica es claro en la construcción. Los mayores hemos visto hacer las excavaciones para los cimientos de los edificios con pico y pala; poco a poco vimos cómo se incorporando máquinas excavadoras. Un salario de los trabajadores fuera más elevado las hubiera incorporado antes porque la rentabilidad de la inversión depende del coste de la alternativa manual. Quedan en letras de Zarzuela aquellas canciones: ”Forja la espada espadero/ y no des paz a la mano/ porque la forjas de acero / toledano” o la de “Lagarteranas somos, venimos todas de Lagartera, /traemos mercancías de Lagartera y de Talavera”; o aquellos versos de Rosalía dedicados a los gallegos que iban por toda España segando la mies: “Castellanos de Castilla, / tratade ben ós galegos, / cando van, van como rosas; cando vén, vén como negros”. Hoy todavía ocurre eso con quienes van a recoger la fruta, pero las exigencias laborales han reducido el maltrato al trabajador y la ineficiencia laboral, todo ahora está más mecanizada. El trabajo es más cómodo y produce más riqueza.

El empresario es también un decente trabajador, no hay que confundirlo con el avaricioso capitalista explotador, aunque a veces coincidan en la misma persona ambos papeles. Unas veces se sobrepone la decencia a la avaricia y otras al revés. La obligación del gerente empresarial es elegir entre la mano de obra primitiva y la máquina moderna detrás de la que está la ciencia, la ingeniería y, en suma, la productividad. Si el reparto de beneficios es mayor sin invertir en equipos sofisticados ¡esa es su obligación empresarial!: usar la fuerza física del trabajador; cuando la opción más rentable sea invertir en equipos más automáticos y sofisticados lo hará. Así el mayor nivel tecnológico de las empresas las hará más competitivas y se crearán nuevas empresas que producirán esos equipos.

Hoy las viejas carretillas de mano han desaparecido; el pico y la pala también; y también el arado romano que aún hoy se sigue utilizando en muchos países poco desarrollados donde aún es más rentable la explotación del hombre como animal para obtener su energía física y no la intelectual derivada de la universalidad de la educación y formación profesionales. Todo ello depende de la duración de la jornada laboral.

Ante la subida del coste del barril del petróleo, ¡un 750%!, todo el mundo, además de quejarse, reaccionó aceptándola, aunque el descalabro que produjo en muchos países fue inmenso. Cuando se pretende una reducción de la jornada laboral de 20 o 25 % que sólo encarece el coste salarial, alrededor del 10 al 30 % del coste de producción, es decir, un 2 a un 7,5 % del coste del producto, se organiza poco menos que un golpe de estado del capital. ¡Y a todos les parece bien esa exagerada reacción!

Según unos datos tomados de un reciente trabajo de a. Madison The World Economy. A Millennial Perspective, OCDE, París, 201, el incremento de productividad en el Reino Unido ha pasado de 1950 al 2000del 7,86 a 27,71 = 365 % pero el incremento salarial ha pasado de 6,847 a 19,81 = 289 %. ¿Quién ha robado la diferencia? Evidentemente, el capital.

¿Por qué somos tan irracionales? Seguiremos analizando nuestra irracionalidad en otro artículo.

Secretario primero del Ateneo de Madrid.