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Una insensibilidad más peligrosa que el fuego

Desde hace años, un grito de fraternidad solidaria resuena entre las paredes insensibles de despachos europeos, los de aquéllos que, teniendo que tomar decisiones, aplauden cualquier medida convertida en escudos levantados contra una población que sufre indefensa.

Ayer, el intenso viento que azotaba a la isla de Lesvos provocó una tragedia más. Una niña de seis años moría carbonizada en un incendio cuyas causas aún se desconocen. No es el primero ni será el último. Las infrahumanas condiciones que deben soportar miles de personas hacen que su supervivencia esté permanentemente en el filo de una navaja. No hay piedad para estas más de veinte mil personas que huyeron pensando que, tras las penalidades del camino, encontrarían por fin un lugar donde vivir en paz.

Pudo ser una ráfaga de un viento inclemente aliada con el pequeño fuego que, sobre el suelo, encienden para cocinar un puñado de patatas o arroz que fortuitamente han conseguido ese día. Pudo ser cualquier otra la causa que ayer provocó ese incendio cuyas llamas eran testimonio del infierno permanente que es Moria y buscarla carece de importancia. Ayer pudo ser mientras cocinaban, anteayer fue una sobrecarga eléctrica y mañana puede ser una tea encendida que alguien arroja contra estos seres que son noticia solo cuando una tragedia ocurre.

Pero tragedia aquí es sinónimo de cotidianidad. Porque la tragedia está en el día a día de los campos de refugiados convertidos en junglas donde el hacinamiento, la violencia y la falta de los más elementales y mínimos servicios de higiene marca la vida de sus moradores. Una letrina ha de ser compartida diariamente por más de doscientas personas y una ducha, por muchas más, sin agua caliente. Olvidados, ignorados, criminalizados, convertidos en números en un sistemático intento de desposeerles de humanidad, mueren un poco más cada día ante la indiferencia y el acoso permanente de las instituciones.

Criminalizados, se les hace responsables de los males que aquejan a un mundo de opulencia en un intento sistemático de ignorar los derechos que les asisten por el mero hecho de ser personas. Se criminaliza a las personas refugiadas y se criminaliza a las voluntarias que elevan su grito allá donde pueden en un intento desesperado porque su voz se convierta en eco de una tragedia convertida en cotidiana.

El hambre, el frío, el miedo, el abandono, la amenaza, el barro, el fuego que devora en pocos minutos todo lo que encuentra a su paso, ya sean esas precarias tiendas sujetas al suelo con piedras, ya sean las vidas de pequeños niños que juegan ajenos al drama que día a día se cuela entre ellos. Hace unos días se publicaron datos concluyentes acerca de la irreversibilidad de los daños que estás condiciones de vida en las que crecen producirán en sus mentes en crecimiento. Generaciones enteras que se perderán en el camino de un drama que, ajeno a las soluciones basadas en la justica y el reconocimiento universal de los derechos humanos, no parece que haya intención de resolver.

La muerte entre llamas de esta pequeña criatura no es la primera ni será la última. Las anteriores han ocupado por un breve tiempo las páginas de algunos periódicos. Después, la situación ha seguido empeorando sin que se remuevan sensibilidades ni se asuman responsabilidades, sin que la conciencia de este infierno cotidiano que define la vida de miles de personas repartidas entre los diferentes campos se convierta en un grito unánime que exija su fin.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.