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Todos molestamos en Lesvos

Desde que hace cuatro semanas comenzaron los primeros ataques contra organizaciones, personas refugiadas y periodistas, provocando el cierre de las primeras y la salida masiva de cooperantes y voluntarias, Lesbos es un hervidero de rumores, noticias confusas y contradictorias que tienen como denominador común la aparición de un clima de confusión y desolación. La tensión y el desconcierto se dan la mano a la par que la preocupación y la incredulidad aumentan entre organizaciones de derechos humanos y ayuda humanitaria.

El gobierno anuncia la suspensión por un mes de toda actividad desarrollada por cualquier organización no griega. La preocupación se extiende e incrementa. Si el trabajo de las escasas organizaciones que hoy quedan en la isla se prohíbe, las personas refugiadas quedarán a merced de un gobierno que tiene como única política hacia ellas el abandono y la exclusión. Hoy, sin embargo, parece que dicha medida no se ha hecho efectiva, pero la preocupación sube un grado más.

Las noticias se suceden y nuevas violaciones de derechos humanos se suman a las del día anterior. En el campo las cosas cambian poco. El mismo hacinamiento, el mismo abandono, la misma desidia y el mismo desinterés hacia una masa de refugiados a quienes se trata sistemáticamente de desposeer de su cualidad de seres humanos, la misma acumulación de kilos y kilos de basura entre las tiendas y las calles en las que los niños juegan y las ratas deambulan alegremente.

La situación de alerta creada por el coronavirus también afecta a la isla, aunque solo dos casos se han confirmado en una pequeña población del sur. Ninguno en Mitilini ni en Moria. En la pequeña clínica ginecológica española, Rowing Together, no hay médica alguna. La alarma de Madrid ha obligado a todo el equipo médico a regresar a España. Sólo la coordinadora, Isabel, se ocupa en lo que puede de las mujeres que necesitan atención ginecológica. Una toma de tensión o de temperatura, la entrega de unas compresas o la recomendación de que vayan al hospital, donde sabe, porque por ello lleva tanto tiempo aquí, que necesitarán mucha suerte para ser atendidas. Es todo lo que puede hacer. La impotencia se torna habitual.

La carretera que va de Moria a Mitilini, la capital de Lesbos, ya no vibra con los pasos de las refugiadas que ayer se dirigían a las organizaciones distribuidas por el camino. One Happy Family, quemada la escuela y asaltada y robada días después; la ya citada Rowing Together, sin personal sanitario; Refugies&Refugies cierra... La huida de cooperantes, voluntarios y activistas deja en la mayor de las indefensiones a miles de personas.

El gobierno anuncia que solo podrán permanecer en la isla aquellas organizaciones legalmente registradas y con todas las autorizaciones pertinentes concedidas. Poco después, sostiene que solo las organizaciones griegas podrán seguir trabajando en la isla, lo que viene a complementar la noticia anterior, dado que éstas últimas son muy escasas. Las organizaciones internacionales realizaron desde su llegada todos los trámites exigidos para su legalización, pero, tras años de espera, nunca les fue concedido. Nueva vuelta de tuerca al hostigamiento hacia las refugiadas. El objetivo es, sistemáticamente, el mismo: eliminar, ya sea impidiendo la entrada o forzando la salida, la presencia de refugiados en la isla. Para ello cualquier medida es válida. Si supone o no violar cualquier acuerdo internacional sobre derechos humanos, carece de importancia.

Ante esta situación el futuro se torna incierto. La población refugiada seguirá existiendo, pero su abandono será cada vez mayor. El gobierno griego no tolera la ayuda humanitaria que las organizaciones prestan. Librándose de ellas se libra de incómodos testigos a la vez que deja el campo libre para acometer impunemente cualquier tropelía contra una población altamente vulnerable e indefensa.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.