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Ocho de marzo. Día de la mujer

Dicen que en un antiguo Concilio, la Iglesia Católica reconoció que las mujeres tenían alma, pero si eso fue así, fue hace mucho tiempo y, en todo caso, el concepto “alma” es un concepto religioso. Hoy me propongo hablar de la mente, del razonamiento, de la capacidad de pensar y, en general, de un discurrir propio del ser humano, independientemente de su sexo y sus específicas atribuciones.

Por desgracias asistimos casi a diario, al triste espectáculo audiovisual de un “feminicidio”, palabra tristemente actual, que nos informa del desaparecer o acabar con la vida de una mujer. Este sería un feminicidio activo, pero se me ocurre que también existe entre nosotros y, con bastante frecuencia, ese querer matar el pensamiento de las mujeres. Así se actúa cuando se tejen leyes que las dejan al margen, cuando se elaboran reglamentos en los que ellas siempre figuran como “auxiliares”, o cuando son ellos los que siempre ejercen la autoridad.

Por suerte, esto ya va siendo infrecuente y podríamos decir que las mujeres ya están presentes en todos los ámbitos, pero ¿qué ocurre en algunos hogares cuando se la mantiene en un segundo plano o cuando si ella toma una decisión que al hombre le parece inadecuada, este se sienta con derecho a matarla?

Ahora quisiera pensar un poco en la forma de vestir que tiene cada sexo. El hombre suele vestir un traje sin variación alguna, pero ellas llevan vestidos variados. Esto, que parece obvio, influye en la imagen de austeridad que dan ellos, frente a la distracción que pueda inducir el modo de vestirse ellas. Y no hablo de provocaciones ni nada de eso, sólo de distracción, porque, amigos, “la forma, conforma”, y esta forma conforma la idea de que la mujer es algo que hay que mirar y tal vez no alguien a quien se tiene que escuchar. Y no hablemos de las “majorets”, que encabezan un desfile, o de las chicas que protagonizan ciertos anuncios porque si estas manifestaciones femeninas se suprimieran, algunos se sentirían muy tristes.

Es cierto que en las parejas del reino animal, al que pertenecimos sin ambages, pero del que ya salimos, en parte, con la llegada de la palabra, es cierto, digo, que tanto unos como otros exhiben sus atractivos previos a la cópula, pero aquí no hablamos de eso, ya que, en todo caso ¿por qué no ponemos a los chicos bien vestiditos y muy atractivos al frente de un desfile?

Las costumbres que habrá que cambiar, la ciudadanía que habrá que educar para que todos vayamos en la dirección correcta.

¿Y el feminismo?

Feminismo sí, siempre que sirva para dar fuerza a las mujeres, para que ellas se decidan a “ser” cada día más persona, a prepararse para ocupar los puestos sociales más comprometidos, a luchar codo a codo con los hombres, a colaborar con su presencia pensante, a decidir y a organizar una sociedad que, si prescindiese de ellas, se vería falta de esa mitad del alma masculina que justamente tiene parte femenina. Y es un 50%.

Y feminismo no, cuando eso sólo son gritos desaforados sin sentido, o reivindicaciones absurdas sobre su cuerpo. No es de recibo que alguien, ellas en este caso, quiera decidir sobre la vida de un futuro ser humano, sin tener en cuenta la ley de plazos, que facilita el aborto, y no la ley de supuestos a la considero criminal.

Porque dentro de la enorme complejidad del ser humano, no se pueden confundir los términos. 

Nació en La Coruña. Es Licenciada en Farmacia por la Univ. de Santiago de Compostela. Su vida laboral se desarrolló como Auxiliar de Telégrafos, por oposición, en Santiago y posteriormente en Madrid. Asistió como alumna a la Univ. de Mayores de la UCM. Una vez jubilada, escribió y editó diez libros, dos de poesía, un breve ensayo sobre Don Antonio Machado, tres novelas históricas, otra de tema actual, dos obras de teatro y un libro de relatos. Es ateneísta.