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Empoderar les sale gratis

Esta semana en la empresa en la que trabajo se "celebra" la semana de la igualdad. Me voy a ahorrar hablar de qué empresa es porque he visto en las redes sociales que diferentes entidades tanto públicas como privadas se han sumado a la fiesta.

El pasado lunes inauguraron la semana repartiendo entre los y las trabajadoras una chapa por la igualdad. Una chapa con la palabra igualdad y dos monigotes, uno verde y el otro naranja, sin ninguna referencia a la igualdad de género, de sexo, de raza, capacidades o de orientación sexual. La igualdad en su máxima expresión con dos monigotes asexuados, desracializados y sin hacer referencia a ninguna categoría social. Dos monigotes que tan solo expresan que son dos y que quieren ser iguales. La máxima expresión de la mínima intención por cambiar nada.

En esta empresa, como en tantas otras, nos encontramos con semanas temáticas a cuenta de la agenda 2030, que poco más que sirven para invitar a desayunar al Secretario de Estado o a la Directora General de turno.

El esfuerzo por empoderar a las mujeres en la esfera pública es muy atractivo para la cúpula empresarial, aumenta la productividad de la plantilla a cuenta de prometer igualdad. Una igualdad vacía de todo contenido político y sin ninguna repercusión en las condiciones materiales de vida de sus trabajadoras, ni de sus trabajadores.

En 1963, Betty Friedman escribía la conocidísima obra "La mística de la felicidad" para denunciar las escasísimas oportunidades de desarrollo personal y laboral de las que gozaban las mujeres de los años 60 en Estados Unidos, a pesar de acceder a educación superior. Ni en el país del sueño americano ni en el viejo continente las oportunidades son más esperanzadoras para las mujeres.

La economía es más fructífera con la participación activa de las mujeres en el mercado de trabajo, Kollontai imaginó una economía planificada en la que hombres y mujeres fueran económicamente independientes, pero a día de hoy, en la economía de mercado libre, buena parte de los hombres siguen siendo dependientes para coserse un botón y programar la lavadora.

En la última década, la producción literaria, cinematográfica y cultural en general en torno a los estudios de género goza de buena salud. Cada vez hay más recursos feministas disponibles y podemos adquirir mejor formación en cuanto a los problemas sociales que sufrimos por el simple hecho de ser mujeres: acoso callejero, discriminación laboral, brecha salarial, mansplaning, techo de cristal, síndrome de la impostora, suelo pegajoso, acoso sexual y agresiones, revictimizacion, descrédito, y un largo etcétera que, tambien sabemos, es más o menos cruel dependiendo del emisferio en el que nazcas y de las rentas de las que dispongas.

Frente a la cuarta ola feminista las empresas más sensibles se unen a las campañas de sensibilización durante este mes y esta semana concreta, para recordarnos que nos apoyan, que les encanta tener mujeres empoderadas en sus plantillas. Ya va siendo hora de que les respondemos que la profesionalidad se paga. Llevan muchos años hablando de conciliación, planes de igualdad y flexibilidad laboral, sorprendentemente medidas que acaban reduciendo jornadas, salarios y competencias de las trabajadoras en pro de nuestro rol como madres cuidadoras.

Empoderar les sale gratis, nos cargan de responsabilidades como si nos hicieran un favor por confiar en nosotras más allá de las responsabilidades contractuales y en demasiadas ocasiones muy por debajo de las contrapartidas salariales justas y legales.

Apostar por la igualdad real debe incumbir la transformación en la toma de decisiones y en las jerarquías de poder, y mejorar las condiciones materiales de vida de las mujeres. La igualdad no se regala a costa de chapas y pines de la 2030, la igualdad nos obligan a conquistarla. Lo que emancipa de verdad es el salario digno, que empoderadas ya venimos de casa. 

Politóloga por la Universidad Complutense de Madrid.