EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS

Cuando la prisa urge nuestras decisiones, es muy probable que lo decidido resulte erróneo. La sobrevenida convocatoria de elecciones el 29 de noviembre ha ocurrido de manera súbita, con unos plazos de reflexión reducidos a unas pocas semanas. Hay poco tiempo para estudiar serenamente qué es lo que más conviene a este país nuestro. Y ello habida cuenta de los vendavales que soplan en el mundo, cuyo impacto y sus consecuencias llegan a nuestros lares mucho más intensamente de lo que pensamos.

Si. Casi todo lo malo que ha sucedido en España, aparte de nuestros conocidos demonios interiores, se ve gravemente afectado por un proceso a escala mundial que hace tambalearse el principal imperio contemporáneo. El declive de los Estados Unidos, máxima potencia política, nuclear, económica y financiera mundial, repercute de manera sonora sobre la vida del Planeta. Sus ecos han llegado hasta aquí. El sistema económico sobre el que se asienta, da boqueadas agónicas intentando hallar la fórmula que le permita seguir exprimiendo al mundo entero creando cada vez más utópicas fuentes de valor. En la Historia, para conseguirlo, primero acumuló grano; luego, se hizo industrial; posteriormente, se trocó en financiero y ahora se plantea sobrevivir como capitalismo ultra-tecnológico. Pero le ha salido al paso un gigante que había permanecido dormido durante tres siglos: China que, en apenas unas décadas, ha logrado aventajarle en la carrera tecnológica, entre otros escenarios. Y, además, prescinde ya del dólar como moneda universal. China es la parte visible de un amplio mundo hastiado del diktat estadounidense.

Obsesionado por generar valor, a costa de lo que sea, ese capitalismo estadounidense se consume hoy en terribles desgarrones internos entre los grupos que componen su cúpula, que va dejando a un lado a sus desangrados ex socios. Devora a sus propios hijos. Pero la derrota de sus rivales internos no le garantiza su propia supervivencia. Todos pierden con su declive. Y arrastran a todo su contorno. Ese capitalismo depredador, necesita generar incesantemente guerras armadas y guerras de ideas para imponer las suyas, porque su desmesurada ambición se lo exige.

Ahora su guerra de ideas, la que más nos afecta, la está planteando abiertamente contra la democracia. Durante una prolongada temporada, ese capitalismo voraz coexistió con la democracia, sobre todo por temor a que el socialismo y el comunismo rigieran los destinos del mundo. Pero, tras la implosión de la Unión Soviética, por cuya demolición el capitalismo financiero apostó muy fuerte, ya no necesitaba enmascararse con un semblante democrático; y, desde entonces, se propone liquidar los sistemas democráticos, empezando por el propio, formalmente vigente en Estados Unidos. También se está planteando desarbolar las democracias formalmente vigentes en Europa. Es el caso de la democracia española, arrancada a la dictadura franquista tras un proceso coral, de masas, que Washington trató de teledirigir.

Mal que bien, la España democrática experimentó una serie ininterrumpida y evidente de mejoras impensables durante la dictadura; recordemos, dictadura avalada por Washington desde la visita a España del presidente estadounidense Dwight Ike Eisenhower y su abrazo al dictador en la madrileña plaza del Callao en 1959.

Con la democracia constitucional, a partir de 1978, crecieron el nivel de vida, los servicios públicos, la renta, los salarios, las pensiones, la conciencia cívica… y los derechos constitucionales. En síntesis, España se abrió al mundo y surgió la ciudadanía, sojuzgada por Franco durante 40 años, que germinó en un clima de libertades democráticas plasmado en la Constitución, tras sortear numerosos obstáculos. La convivencia se hizo aquí viable y duradera.

Pero de ese proceso democrático coral, que Washington había tratado de manipular, su imperio recelaba. Porque el desarrollo aquí de la democracia implicaba una aproximación natural y paulatina, cada vez más cercana al socialismo de modo que, ciertas conquistas de derechos constitucionales, como el de la vivienda, a ojos del pueblo español, se convirtieron en convicciones y metas irrenunciables.

Para impedir que los españoles de a pie pudieran satisfacer su derecho a la vivienda, que la Constitución garantiza, de Estados Unidos partieron los denominados fondos-buitre, surgidos del imperio en declive, monstruos inmobiliarios de una voracidad tan extrema como inhumana. Sus métodos consisten en expulsar a la población autóctona de los barrios que ellos adquieren a precio de saldo para reevaluarlos a niveles prohibitivos. Actúan bajo una aterradora ecuación que combina la crueldad más sádica con la más desalmada avaricia. Aterrizaron aquí para, a costa de extraer beneficios desmesurados merced a sus aliados locales, maximizar sus beneficios a costa de la degradación social. Con ello, avivaron más conflicto social del que la ya conflictiva sociedad española puede soportar. Y surgió lo que todos hemos conocido en las fechas más recientes. La sociedad española, señaladamente los jóvenes, han dicho ¡basta! Y las circunstancias han determinado una convocatoria electoral prematura, con poco tiempo y poco espacio para la serena reflexión.

Lo que el elector tendrá ante sí cuando se sitúe frente a las urnas, será un triple eje sobre el que su voto va a repercutir, indefectiblemente. Un eje que incluye el alcance sobre su circunstancia inmediata, su país; otro, de alcance europeo, dada la inserción continental de España; y otro más, de efecto mundial. Si, mundial. El hilo conductor de esos tres ejes es la democracia. Si la democracia retrocede en España, si ganan aquí los enemigos jurados de la democracia, ésta retrocederá en Europa y la escena mundial dejará de contar con un agente político dinamizador, como España, que ha tenido la audacia de decir no al dictador imperial antidemócrata y a su pupilo genocida e infanticida.

Por ello, estas elecciones cobran tanta importancia. Puertas adentro, la irresponsabilidad de los mercados inmobiliarios alentados por los buitres tiene que terminar y el voto a quienes más han hecho por atajarla contribuirá a ponerle fin definitivo. No hay subterfugio posible. El rentismo desaforado, hijo de los buitres y aplicado por macro-caseros desalmados –nunca el del pequeño casero que alquila uno o dos pisos, sino el de los que mueven decenas de viviendas y oprimen a los inquilinos– debe acabar de modo total.

En la escena europea, votar aquí por las candidaturas progresistas será garantía de que la democracia no ha muerto en el Viejo Continente, acosado y en trance de asfixia por parte del caprichoso tipo rubio del garrote. Y a escala mundial, que España mantenga bien alto el pabellón de la democracia que tanto nos costó aquí conseguir, será un sonoro aldabonazo en la puerta del imperio declinante, que se unirá a de los sonoros portazos ya dados en Nueva York y Berlín contra tanta insensatez como la que se ha apoderado de la Casa Blanca, de Wall Street y de tantos de sus títeres en Bruselas.

Serenidad pues. Reflexión. Mesura y conciencia de la responsabilidad individual de un voto que, si se atiene a los tres ejes precitados -más los que cada cual quiera incorporar-, facilitará en España una convivencia que otras opciones electorales no parecen querer, ni mucho menos, garantizar.

 

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