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De la amenaza al desafío, buscando la función adaptativa del estrés a través de su reevaluación fisiológica


  • Escrito por Aránzazu Duque Moreno y siete más
  • Publicado en Medicina + Salud

El concepto ‘estrés’ se toma del latín (stringere, tensar o estirar) a partir del siglo XIV. También comienza a utilizarse en inglés (strain, tensión) para expresar dureza, adversidad y dificultad. A finales del XIX, la medicina llega incluso a considerarlo un antecedente de la pérdida de salud.

Son varios los autores dedicados al estudio fisiológico del estrés. Entre ellos, el médico francés Claude Bernard, quien postula que todo organismo posee un mecanismo básico para su supervivencia. Conocida como autorregulación, se encarga de mantener estable nuestro medio interno ante las presiones del medio ambiente externo.

Asimismo, Walter Cannon introduce el término homeostasis, la tendencia de los seres vivos a mantener, mediante mecanismos compensatorios, un equilibrio fisiológico ante circunstancias adversas.

Gracias a este autor, el concepto de estrés se describe por vez primera como una reacción de emergencia que ayuda al organismo a movilizar energía para preparar una respuesta de lucha o de huida ante una situación de peligro.

Pero es Hans Selye quien populariza una verdadera teoría científico-médica del estrés. Lo define como una respuesta biológica no específica que genera cualquier organismo frente a las demandas y presiones del medio ambiente.

Su principal contribución es la descripción del Síndrome General de Adaptación con sus tres fases sucesivas de alarma, resistencia y agotamiento. Como consecuencia, la triada patológica compuesta por un aumento del tamaño de las glándulas suprarrenales, úlceras gastrointestinales e involución del sistema timo-linfático como consecuencia de una respuesta de estrés crónico.

Superando la concepción biológica del estrés: el protagonismo especial a la psique

Además del ámbito biológico, en el estudio de los efectos del estrés es fundamental la perspectiva psicológica. De hecho, una de las aproximaciones más difundidas en el estudio del estrés es la teoría de Lazarus y Folkman que parte de una influencia bidireccional entre la persona y el ambiente.

Según estos autores, el estrés sería una consecuencia de la valoración que hace la persona cuando considera que un determinado evento supera sus recursos. Y cuando, además, pone en riesgo su bienestar personal. Se conoce este concepto como appraisal.

Existen dos tipos de valoración. Una primaria, que percibe la situación como estresante. En la secundaria, se buscan estrategias para afrontar la situación y resolverla, considerando los recursos que se poseen.

Así, el appraisal es un aspecto cognitivo mediador esencial a través del que las personas valoran constantemente el significado y transcendencia de lo que está sucediendo en el entorno que les rodea.

Interacción entre biología, psique y entorno

Los psicólogos estadounidenses Stanley Schachter y Jerome Singer establecen que, tanto las señales fisiológicas como los procesos cognitivos y las claves situacionales interactúan para determinar las emociones.

En el contexto de la respuesta de estrés agudo, se ha desarrollado el modelo biopsicosocial de desafío/amenaza. Según este, un estresor puede considerarse como un desafío o una amenaza. Cuando percibimos que los recursos personales superan las demandas situacionales, se trataría de un desafío. Cuando ocurre lo contrario, entonces el estresor se convierte en una amenaza. Ambos se acompañan de activación simpática.

Ahora bien, mientras que el desafío se asocia con una mejora de la eficiencia cardíaca y una vasodilatación periférica, la amenaza disminuye la eficiencia cardíaca y aumenta la vasoconstricción, en previsión de daño o derrota.

En este sentido, en comparación con la amenaza, el desafío se caracteriza por una movilización y transporte de energía. Por tanto, por una conducta más eficiente.

Convertir la amenaza en desafío

Es cierto que la activación es una dimensión de carácter fisiológico, incluida en la conducta emocional y que otorga la energía para actuar. No obstante y siguiendo el modelo biopsicosocial de desafío/amenaza, la misma activación fisiológica tendrá unos efectos u otros en función de la interpretación que la persona haga de las mismas.

Una evaluación negativa de la activación (suele ser la más frecuente) convierte la situación estresante en una amenaza y hace más probable que la persona presente afecto negativo, desarrolle patrones desadaptativos de reactividad fisiológica, aumente su vigilancia hacia las señales de amenaza y experimente un deterioro de la ejecución.

En cambio, una reevaluación adaptativa de la agitación convierte la situación estresante en un desafío, llevando a una ruptura de la anterior secuencia de efectos. Es más probable que cambie el afecto negativo por positivo, que se instauren patrones más adaptativos de reactividad fisiológica. También que se reduzca el sesgo atencional hacia las señales de amenaza y que mejore el rendimiento.

A nivel práctico, para transformar la amenaza en desafío, basta con que la excitación fisiológica frente al estresor se perciba como recurso de afrontamiento funcional y adaptativo que ayuda al desempeño.

Lo anterior se logra educando sobre la funcionalidad de las respuestas biológicas vinculadas al estrés. También es importante fomentar el mantenimiento de niveles adaptativos de activación durante situaciones de estrés agudo.

Por ejemplo, transmitir la idea de que la respuesta de estrés ayudó a nuestros antepasados a sobrevivir. Asimismo, es necesario incrementar los niveles de activación en situaciones potencialmente estresantes, como en las competiciones deportivas, con el consiguiente incremento de la frecuencia cardíaca que permite acelerar la llegada de oxígeno al cerebro.

Teniendo en cuenta que los estresores siempre van a existir de una forma u otra, la respuesta más adaptativa del organismo incluye la reevaluación de la excitación sin ‘huir’ o evitar los estresores, sino asumiendo su existencia de forma positiva.

Así, se posiciona a la psique al servicio de la excitación con el objetivo de asegurar la funcionalidad y adaptación emocional. Si confiamos en que los recursos que tenemos para abordar las demandas que se nos presentan son suficientes, nuestro cuerpo responderá al desafío. Esto significa que el estrés dejará de percibirse como una amenaza.The Conversation

Aránzazu Duque Moreno, Doctora en Neurociencias. Directora del Grado en Psicología y Secretaria de la Cátedra de Humanización de la Asistencia Sanitaria. Miembro del grupo de investigación Psicología y Calidad de Vida, Universidad Internacional de Valencia; Encarnacion Rama Galdón, Profesor de Psicología, Neuropsicología, Universidad Internacional de Valencia; Irene Cano López, Coordinadora del Máster Universitario en Neuropsicología Clínica, Universidad Internacional de Valencia; María José García Rubio, Profesora Acreditada Universidad Internacional de Valencia, Universidad Internacional de Valencia; Marta Aliño Costa, Directora de Máster - Neuropsicología Clínica y Neurociencias, Universidad Internacional de Valencia; Mercedes Almela, Profesora de Psicología de la Salud en la vejez: Evaluación y Diagnóstico, Universidad Internacional de Valencia; Paula Martinez Lopez, Doctora en Psicología. Profesora Adjunta de la Facultad de Ciencias de la Salud y Directora de la Cátedra de Humanización de la Asistencia Sanitaria de la Universidad Internacional de Valencia, Universidad Internacional de Valencia y Sara Puig Pérez, Vicedecana de la Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad Internacional de Valencia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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