Carles Puigdemont, personaje público de primerísimo nivel en la sensibilidad de la polarización de la segunda y tercera década de esta primera centuria del tercer milenio, ha decidido decir basta. En 1995, el portavoz de CiU, Joaquim Molins, miró directamente a Felipe González y dijo “así no podemos continuar”. Y pasó lo que pasó. González mandó parar y Aznar hizo exactamente lo contrario. Ahora Sánchez quiere la consideración del canciller alemán Merz para con el catalán, es decir, quiere una alianza exterior en la defensa de la lengua vernácula, un auxilio objetivador en lugar de la extravagancia del “catalán en la intimidad”, del ahora presidente de FAES.