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⮕ APÓYANOS

Juan Antonio Tirado

¿Quién heredará nuestras bibliotecas?

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

En los años sesenta y setenta del XX, antes de convertirse con su nombre de la rosa en una estrella mundial de la narrativa, Umberto Eco era un gurú semiótico. A mí me interesa mucho el Eco ensayista y menos el novelero, pero esa es historia para otro capítulo. Uno de los títulos de sus libros acabó siendo expresión de uso común: su famosa dicotomía entre apocalípticos e integrados, que no es una cuestión que quedase zanjada en aquel momento, sino que continúa interpelándonos medio siglo después.

La Habana 1995

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

La Habana era entonces, mediados los años noventa, una ciudad incendiada de nostalgia y cercanía, el corazón roto de una isla en que las fábulas se agavillaban a las puertas de las casas y las almohadas servían indistintamente para soñar despiertos o dormidos. Entrabas de noche en un hotel de la Habana vieja, rodeado por mujeres jóvenes como ángeles de la guarda desnutridos. Te acostabas con la cabeza bullidora de presagios, y cuando a primera hora de la mañana te asomabas a la terraza descubrías que en la plaza que limitaba con el hotel había brotado, antes de que saliera el sol, un mundo de colores, palabras moduladas, risas como fondo de alcancía y belleza urgente. Salías a pasear y te encontrabas una calle que parecía una estampa después de la batalla: cascotes y grietas, agujeros donde hubo puertas, muros resquebrajados. Lo que veías no era producto de una guerra cercana, sino fruto de otra guerra cotidiana, muda y remota.

La belleza

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Se aposta uno como ojeador en cualquier sitio, en una terraza de la glorieta de Atocha, sin ir más lejos, y descubre lo que ya debería saber mirándose cada mañana al espejo: que la belleza es menos frecuente que la fealdad, o que la simple falta de gracia. La belleza es un estado o un reflejo del alma, si seguimos a los clásicos, o una lotería que le toca a algunas y algunos en el boleto genético, si nos inclinamos por teorías más modernas. La belleza cuando es radical tiene algo de celeste o de diabólico. Admiramos en la cara de la otra, del otro, lo que tiene de excesivo, de sobrehumano, aquello que nos es ajeno. De repente, en un rostro se dibuja un trozo de cielo, de infierno quizás. Y luego están las guapas y los guapos, y los resultones, pero esas son categorías más comunes y amables, en absoluto inquietantes.

Simenon

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Si Simenon fuera un vino pertenecería a una añada excelente, a la par que abundante. No es un caldo para paladares que presuman de exquisitos, o que lo sean. Simenon es un vino de crianza, color teja, de un sabor muy apreciado por los degustadores de buenos tintos. Nada que ver con una botella tiempo perdido, etiqueta Proust, gran reserva de caldo o tinta, sólo recomendado para bebedores con alto poder adquisitivo, gusto refinado y paladar de prosa educado en las mejores escuelas de retórica galas. Se puede disfrutar, según las ocasiones, de uno y otro vino. No son incompatibles, porque en la gran bodega del mundo no hay otra escala de gustos que la que marcan los individuos, porque aquella es el reino de la libertad, la arbitrariedad y el sentido propio, tan distante del sentido común, ese cementerio donde se entierran todas las diferencias.

Las muertas y los muertos

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

“Lo más importante de la vida es no haber muerto”.

Ramón Gómez de la Serna.

(A Carlos Saura in memoriam)

Hace veinte años largos hice un reportaje con mi amigo José Manuel Falcet, alias Macaón, sobre la muerte. Lo pasamos muy bien, porque la muerte es asunto de fundamento, que alimenta la conversación. Morirse ha sido siempre un tema muy actual. Más que morirse, que se mueran los demás, pues morir es cosa que afecta a los otros y cuando nos pase a nosotros seremos también otros, de modo que lo mismo dará. Con Pedro Matamorón, el hombre que se parecía a Balzac, y con Juan Roldán, hombre de buen parecer, he pasado bastantes horas hablando de la última hora por el mero gusto de divagar sobre ese espejismo tan real. A mí lo que me ha echado para atrás desde niño de la Parca ha sido la puesta en escena, la lencería de la muerte, ese bochorno de que el cadáver esté ahí delante, yacente en ataúd. Si morirse equivaliera a evaporarse, a un estar y ya no estar, sería más llevadero. Con esto se entenderá que sea muy partidario de los tanatorios, esos lugares asépticos donde se envasa a los muertos y donde hasta los féretros resultan menos escandalosos.

La copla de Cansinos

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Hay escritores que se ahogan en el triunfo, incapaces de nadar en las aguas cálidas del éxito, como hay otros que chapotean con gracia altanera por las orillas de las enciclopedias y de las salas de trofeos de la literatura. Rafael Cansinos Assens no pertenece ni a la estirpe de los consagrados, como Valle o Rubén, ni a la saga maldita de la bohemia o golfemia, por donde pulularon Alejandro Sawa o Armando Buscarini. Su sitio en la historia de la literatura española, a la espera de lo que sería un olímpico resurgimiento, está en un limbo mágico, en las cercanías del olvido, pero un olvido con aureola.

Una teoría de los espejos

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Me desperté de madrugada con una flor de angustia en el pecho y con ganas de orinar. Me miré en el espejo del baño como en descuido, porque a esas horas es duro contemplar al tipo desmadejado que supuestamente te refleja al otro lado de un inmenso abismo. Por lo general, los espejos de casa lo tratan a uno bien, dado que están acostumbrados a su presencia o porque uno sabe cómo componer el gesto para salir favorecido. Cuando empiezas a salir mal en los espejos de casa debes plantearte cambiar de espejos o cambiar de cara. En los espejos de las casas ajenas hay que tener siempre mucho cuidado, mirarse de soslayo, a hurtadillas, buscando en ellos un guiño de complicidad, una cierta seguridad de que no están contra ti, ya que la falta de familiaridad con esos artefactos de la copia al instante puede darte sorpresas desagradables.

La cantante porno

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Los espectadores salían del estreno de “La cantante calva” perplejos. Allí no había ninguna cantante, y menos sin pelo. El teatro del absurdo nos liberó de la dictadura de la lógica y dejó los títulos al albur del capricho o de las leyes de la eufonía.

Volpini en Babilonia

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Federico Volpini, hijo, pero no hijo mío, sino hijo del papá del mismo nombre, es el hermano pequeño de Jardiel Poncela, un tipo con un vistoso abanico de talentos (consúltese la Biblia) por más que haya gente que no quiere darse por enterada.

Los pretendientes de la Preysler

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

A lo tonto, que es algo que de natural se me da bien, me he puesto a buscar, y no encuentro en España un personaje femenino tan literario como Isabel Preysler. La llamada reina de corazones es una figura única, una planta exótica, una española rarísima, a fuerza de no serlo, un punto filipino en el mapa de los amoríos y los matrimonios postineros.

Quevedo no es el que era

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Murió 2022, el año de los tres cisnes, ahogado en el estanque de los sueños rotos, y doce uvas después solo queda un tiempo de cuerpo presente, que es ya pasado. Puesto el marcador a cero, hay algunas cosas que recordar. El año en que a Javier Marías se le paró el corazón tan blanco, Quevedo, Pedro Luis Domínguez-Quevedo Arilla, madrileño y veinteañero, escaló los cielos de Wikipedia y arrojó a las páginas interiores a Francisco de Quevedo y Villegas, escritor, nacido también en Madrid, hace 442 años. Han tenido que pasar casi cuatro siglos y medio para que el gigante autor de “El buscón” haya visto como le hace sombra un muchacho, que con solo una canción ha conquistado el olimpo provisional de Google. Su tema se llama “Quédate” y no sabemos cuánto tiempo se quedará. De momento, en Madrid la glorieta de Quevedo sigue nombrando al escritor.

Cuento de Navidad

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Le hablaba una mañana a mi amigo, entonces también jefe, Manolo Rubio, sobre mis inicios en la lectura. Contaré primero cómo era mi casa. Vivíamos en el campo, en El Cortijo Nuevo, allá por Archidona. En casa no había - ni se la esperaba – luz eléctrica. Agua sí, puesto que manaba por un caño que venía de un manantial centenario y ya precario, propiedad de la familia. Mi madre lavaba en una alberca donde caía el agua del caño tras llenar tres pilas en las que bebían dos mulas. Por la mañana, con independencia de la estación, nos quitábamos las legañas en el agua del referido caño. Una noche de verano tan inolvidable como terrible mi hermana Maribel, la pequeñita de la casa junto con su melliza Mari Pili, se cayó a la alberca. Debía tener unos tres año. Mi tía Gregoria dio la voz de alarma a mi madre.

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Las paradojas del filósofo Santayana

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Al pensador Santayana le llamaron Jorge o George, según los cambiantes vientos geográficos a los que se expuso. George, o Jorge, fue un tipo raro, un ciudadano del mundo cuyo paraíso de la imaginación se edificó entre las murallas de Ávila, solo que los azares e imponderables que esconde toda vida llevaron a este recio castellano a sentar plaza de yanqui en Boston. Harvard fue su universidad, la de ida y la de vuelta, donde se formó y donde ayudó a formarse a sucesivas promociones de estudiantes. Escribió Santayana sobre asuntos variopintos y se acercó a materias tan distintas como la filosofía, la poesía, la crítica literaria, la política o la religión. No eludió la ficción, es autor de una novela, “El último puritano”. Su lengua madre fue el español, pero todas sus páginas las caligrafió en inglés. Fernando Savater le ha llamado filósofo errante. Sin duda, aunque habría que matizar que errante no sólo en el espacio, sino también en el tiempo, dado que no se sintió especialmente a gusto en el que le tocó vivir, se reclamó hijo de un tiempo sin barreras cronológicas y de un espacio sin fronteras. De las palabras con que le tocó lidiar y entenderse en los 82 años de su vida, aseguraba que ninguna le resultaba tan detestable como “progreso”.

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Lo que guardaba en mi cuaderno rosa

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Tengo un cuaderno rosa que es como un baúl de las ideas en el que voy echando lo que me pasa por la cabeza, con la esperanza de que en algún momento me sirva para componer un artículo, una conferencia, algo. Voy emborronando mi cuaderno de cosas, chispazos, ocurrencias, gracias, y rara vez lo miro, porque ando hipnotizado por la actualidad; o se me despista y entonces lamento el gran caudal de inspiración perdido, y suspiro por esa libreta de las maravillas en la que vive en estado puro mi ingenio, hasta que un día la encuentro, ¡oh prodigio!, busco anhelante entre sus hojas y lo que descubro vale menos que nada. Ese día es hoy y confieso que hasta hace un momento estaba eufórico con el hallazgo. Ah, pero todo era un espejismo, en el cuaderno descarriado no había material siquiera para un torpe párrafo. ¡Cuánto mejor hubiera sido no encontrarlo y seguir fantaseando con el depósito de talento extraviado! No hay tal, me sucede como a aquellos escritores de la época franquista que crearon una mitología respecto a las obras guardadas en los cajones, un boom extraordinario que afloraría tan pronto como cayera la dictadura. En ese engaño estuvieron muchos, críticos incluidos, pero, sobre todo, de esa superchería fueron víctimas los propios autores, convencidos de guardar en secreto grandes obras. Luego, se murió el difunto que nunca acababa de morirse, o sea, Franco, y en los cajones no había nada. Por el camino se había quedado toda una generación, teatral especialmente, unos dramaturgos que mantenían la categoría de promesas a los sesenta años.

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Sabina, ¡cuidado con la nicotina!

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Escribo el artículo mientras escucho a Pablo Milanés, en Youtube, dorando la tarde de este otoño con colores de invierno. Leyenda trovera en mi corazón, tan sesenta, al que le sobresaltan las muertes de gente que forma parte de mi mester de fantasía. Con Milanés empiezan a irse los cantautores y hay que tener cuidado, porque la muerte, cuando abre brecha, se vuelve avariciosa. Con Pablo pisé las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentado, y vine del desierto calcinante, y evoqué a mis hermanos que murieron antes. Eternamente, Yolanda, etc. Milanés sigue sonando en mi gramófono en red, pero hoy vengo a este rincón digital tan coqueto a hablar sobre Joaquín Sabina, sobre el que acaba de estrenarse, con éxito, la película documental “Sintiéndolo mucho”, dirigida por Fernando León de Aranoa. Según me comenta mi amigo Pepe Guerrero, cinéfilo sin interrupción desde nuestra remota adolescencia, la peli ha gustado a la crítica, menos a Elsa Fernández-Santos, en “El País”, a la que le ha gustado entre poco y nada. Okey. Voy a mi Sabina y al de Pepe Guerrero.

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La clavícula roja de Marta Sanz

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En España, si lo que se pretende es vivir de la literatura, estamos ante una misión (casi) imposible, siempre que se trabaje con materiales específicamente literarios. Es tanto como aventurarse a un viaje abismal donde el hambre pierde elegante y ramonianamente la hache. Otra cosa es vivirse con la literatura y para ella. Incluso los autores de éxito precisan abastecerse en los alrededores de la creación: periódicos, conferencias… Entre quienes se viven literariamente tenemos hoy en España pocos escritores(as) tan vocacionalmente entregados a su oficio, tan arriesgados, tan aventureros del lenguaje como Marta Sanz. Por su ambición recuerda empeños de largo alcance como los de Martín Santos, Miguel Espinosa o su admirado Rafael Chirbes. A Marta le gusta escribirse y escribir en cueros, a cuerpo limpio, en un ejercicio fascinante, y también peligroso, donde no esconde sus miedos ni su dolor y enseña las cartas como una maga que se sincera y hace trampas, que en eso consiste el fabuloso mundo de la literatura.

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Salvador Pániker y las entrevistas

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Principio de Pániker para las entrevistas de prensa: “Toda persona entrevistada acaba reducida a los límites mentales de su entrevistador”. La regla de Salvador Pániker es cierta, aunque deja ver que él se creía más inteligente que sus entrevistadores. En su caso podía ser cierto, pero no vale como ley universal. Yo, sin buscar más allá, en mi juventud afanosa y narcisa, entrevisté a algunos tipos, futbolistas por ejemplo, cuyas palabras vertidas en prensa no reducían el límite mental del jugador sino que lo ampliaban hasta el mío. Es verdad que caigo en lo mismo que señalo de Pániker, en creerme más listo que los otros. Será, supongo, condición indispensable para establecer una regla. Nadie formula una teoría para demostrar que es más tonto que los demás. Recuerdo a un entrenador que tuvo el C.D. Málaga, Antonio Benítez, cuando yo era joven, indocumentado y barroco. Por entonces, me dedicaba al seguimiento deportivo en las páginas de la edición malagueña de  “Diario 16”. Benítez le comentó a Juan Antonio Morgado, un compañero del  diario “SUR”, que cuando yo le entrevistaba él hablaba de una manera que ni él mismo se enteraba de lo que decía. Vemos que la ley de Pániker se cumple, lo único es que conviene reformularla: “Toda persona entrevistada acaba trasladada (reducida o aumentada) a los límites mentales y verbales del entrevistador”.

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Pepe Hierro y mi primer móvil

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La tarde en que se murió Pepe Hierro, diciembre más que mediado de 2002, yo me había ido al Vicente Calderón a ver a mi equipo, que jugaba con el Racing de Santander. Entre santanderino y madrileño era el poeta de Tierra sin nosotros. Yo había llegado al estadio del Manzanares a las seis menos cuarto, quince minutos antes de que echara a rodar el balón. Apenas había fijado el culo en la grada cuando por los altavoces del campo escuché lo que jamás habría sospechado: mi nombre. Juan Antonio Tirado Ruiz y tal y cual. Tengo que constatar lo que dicen los malos periodistas, que la sensación fue indescriptible.

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Elogio (relativo) de la brevedad

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Escribir columnas no es un placer inigualable, ni indescriptible, pero sí una tarea gratificante. No hay que sudar la gota gorda para componerlas, aunque la pantalla en blanco es con frecuencia un fastidio y una situación embarazosa de la que uno no sabe muy bien como salir. Lo malo, claro, no es tanto tener en blanco la pantalla cuanto la mente, pero, aun así, uno puede tener una idea más o menos buena para redactar un artículo y que después no le combinen bien las palabras.

El corazón de la fábula

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

En el centro del bosque, laberinto verde lo llaman otros, se esconde la verdad de la fábula. Cualquier intento de escritura fundada es también fundacional y solo puede plantearse como un viaje al corazón de la belleza, el amor y el apabullante horror. Para penetrar en el centro de la fábula hay que desnudarse y moverse sin armar ruido. Ningún escándalo tan reprobable como el que forman las palabras al incorporarse a la frase. Si no quiere frustrar el viaje, el aventurero deberá dejar a la entrada su equipaje retórico. Cada cual debe penetrar en el tupido bosque con su propio estilo. No confunda el viajero los términos. Cuando se alude a la necesidad de desproveerse de elementos retóricos, lo que en realidad se quiere advertir es que no sirven los instrumentos de comunicación viejos; sin embargo, el hombre sólo lo es en cuanto animal simbólico y sintáctico, en tanto fundador de sucesivas gramáticas. De ahí que tendrá que inventar una nueva Retórica y valerse de ella para adentrarse en la maraña arbolada. En el corazón del bosque viven en estado puro el mal y el bien, las sombras que pintara Conrad y las luces dejadas por poetas, como aquel que miró la noche estrellada y vio tiritar, azules, los astros a lo lejos. ¿Alguno más enamorado que quien dijo que no quería islas, palacios, torres, pues no hallaba alegría más grande que vivir en los pronombres? En el centro del bosque se encuentra la serpiente, armada con un hacha que mueve a espanto. A su lado, brota la amorosa fuente de la vida: saltos de agua, cascadas como corazonadas, almendros que tocan al piano una pieza de Chopin, besos que vuelan. El mal y el bien, juntos, en permanente contienda, en encantada y enconada lucha.

Ahora que se ha muerto el loco

(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

De aquel tiempo va quedando sobre todo el recuerdo extrañado de quienes lo vivimos. Los ochenta son ya una dictadura del calendario (40 años). En la memoria a veces hace frío, aunque también hay muchas luces, y quimeras, y cubatas, y en las radios, cuando rompía la medianoche, se asomaba desde el lorquiano Guadalquivir de las estrellas un locutor de verbo caliente y claro llamado Jesús Quintero. Fue, en sus inicios, una voz clásica de la Radio Nacional de España de los sesenta/setenta, que había empezado en el teatro, como actor. Nació en San Juan del Puerto en 1940 y fue un andaluz de vocación marcadamente sevillana.

La tristeza del domingo

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Hubo un tiempo, entre mediados los ochenta y los primeros noventa, en que me aficioné a las llamadas revistas femeninas, no las del corazón, sino las destinadas preferentemente a mujeres profesional y culturalmente bien situadas: “Dunia”, “Elle”, “Vogue”, “Cómplice” .… revistas que leían también con gusto hombres como Vicente Verdú, Iñaki Gabilondo, Muñoz Molina, o yo mismo. Preciosos y abultados papeles, con mucho color, moda, publicidad de bella factura y unas páginas de exquisita prosa. Al menos entonces, ahora he perdido la costumbre de leerlas, no se escribía con tanta calidad de página en ninguna publicación periódica, salvando, quizás, los deportes de los lunes de “El País”, que eran el verdadero suplemento literario de ese periódico, y no “Babelia”. Pero, a lo que iba, la prensa femenina, escrita por mujeres y por hombres, era un destilado de prosa musical, bien timbrada, rítmica, intencionada y con gracia. De manera que yo solía ojear atentamente esas publicaciones en el VIP´S y luego me compraba de vez en cuando “Dunia”, que era la reina del sector. Durante años estuvo dirigida por María Eugenia Alberti, un mito de ese tipo de publicaciones, una aristócrata del periodismo, equiparable a lo que han sido Cebrián o Pedro J Ramírez en la dirección de diarios. Así que de tanto ver esos papeles me propuse escribir en ellos. Preparé un artículo reportajeado que titulé “La tristeza del domingo” y lo envié a “Dunia”. Pasaron varios meses, María Eugenia fue sustituida en la dirección de la revista y un día me llamaron de parte de la nueva directora, Sarah Gladstein, para decirme que les había gustado mi artículo y que lo iban a publicar como tema de portada. A partir de ahí empecé una fructífera etapa de colaborador.

Las rubias del verano

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Ahora que nos hemos quedado sin verano quiero hablar del verano. Y de las rubias. Es verdad que las rubias triunfan en todas las estaciones, pero es en verano cuando explotan como objetos de deseo. En agosto se cumplieron sesenta años de la muerte en extrañas circunstancias de la rubia más fantasiosa del cine, Norma Jean Mortenson, Marilyn Monroe para la eternidad. Evocaré también en esta hora del temprano otoño a la sublime Grace Kelly, de cuya muerte en la carretera han pasado cuarenta años: Grace era la reina de todas las rubias que en nuestras quimeras han sido, princesa de la promiscuidad entendida como sal de la vida. Contaba Gary Cooper que la Kelly era fría como un témpano, pero tan pronto como “la desnudabas se volvía un volcán”. El cine ha dado rubias formidables, y la propia naturaleza no se cansa de producirlas en toda su hermosura, variedad y esplendor. Mi amigo Jesús Nieto Jurado, que es un columnista joven y de un talento arrollador, publicó hace unos años una novela muy cinematográfica titulada “El año de la rubia”. Aquella rubia era la de sus sueños húmedos de veinteañero, modelados con una prosa proustiana y un toque de elegante umbralismo. Con todo, yo no he venido hoy a este rincón señorito de “El Obrero” a hablar de rubias de carne y hueso, ni de rubias de encarnadura literaria y cinematográfica, o no he venido solo a eso, o no a eso de manera prioritaria, sino a dilucidar sobre otras rubias más populares, al alcance de todos los paladares, rubias que celebran ellas y ellos, aunque parece, sin necesidad de hacer una cala sociológica, que son los varones los que más las consumen. Algunos se delatan con sus imponentes barrigas, pese a que dice mi amigo José Luis Ramírez, el mayor sabio en estos asuntos que conozco, que es una leyenda urbana eso de que la cerveza engorda, que lo que engorda son las tapas que se toman de acompañamiento. La idea de este artículo me vino de la abrumadora cantidad de memes que me han llegado este verano enalteciendo la cerveza cual delicia limítrofe con el séptimo cielo: una verdadera invasión. En mi caso, los chistes de WhatsApp me los han enviado casi todos hombres, lo que me hace pensar en un sesgo de género en la pasión por este tipo de rubias.

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¿La literatura o la vida?

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Paseaba yo una tarde por Madrid. De esto hace un par de años, quizá algo más, pues la percepción del tiempo vuela. Iba distraído, ensimismado, como dicen los filósofos que marcha uno cuando va transformado en pura tautología, cuando está encerrado en la cárcel pronominal del yo. De los barrotes del mí mismo vino a sacarme el filo agudo de una navaja. Un sobresalto me situó de inmediato en el contexto. A eso lo llamamos realidad: a una navaja abierta y amenazante. La navaja no flotaba sola en el éter, era sostenida por la mano peluda y musculada de un sujeto, de malas trazas y hablar chulesco.

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