¿Para qué votar y no abstenerse?
“Una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil”
(Abraham Lincoln)
- Publicado en Opinión
“Una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil”
(Abraham Lincoln)
"Donde se queman libros, se acaban quemando también personas" (Heine)
Se identificó a quienes asaltaron el Capitolio estadounidense y provocaron cuatro muertes con su vandalismo. Pero esa barbarie no se habría dado, si sus protagonistas no se hubieran visto azuzados por un discurso incendiario de su líder político. Trump fue incapaz de admitir su derrota electoral y convenció a sus huestes de que les habían robado las elecciones. Había que defender por tanto la democracia y la libertad por otras vías que no fueran las urnas. No hubo ninguna sanción para quien fue la musa de semejante atrocidad histórica.
En Otra ronda (Thomas Vitenberg, 2020), una película danesa que merecía haber sido más galardonada en el último Zinemaldia, un profesor de historia hace optar a sus alumnos por unos perfiles biográficos que se corresponden con personajes muy conocidos.
Como bien señalan los autores de La burbuja de publicaciones científicas alimenta la infodemia, asistimos a una inflación de publicaciones en muchas áreas científicas. Estamos inmersos en la cultura del publica o perece. Ya no se trata de pasar por la imprenta para dar a conocer nuestros trabajos, con el fin de que sean leídos y discutidos, dando pie a un intercambio de ideas.
Es obvio que debemos vacunarnos todos cuanto antes. Y en esas andábamos. Muy contentos por estar en una región geográfica donde hay vacunas accesibles. Los pocos que se adelantaron a su turno, sin pretenderlo, ayudaron a vencer el escepticismo inicial contra las vacunas en general.
Me han hecho reparar en una especie de revista o blog que se llama Disidentia. Lo considero un homenaje a mi querido maestro Javier Muguerza, que nos habla del imperativo de la disidencia, intentando poner al día las formulaciones del imperativo categórico kantiano, con la modesta pretensión de no secundar algo que nos parezca injusto.
Ya nos hemos acostumbrado a que la economía vaya bien o mal, independientemente de cómo les pueda ir a nuestros bolsillos. Por otro lado, en las campañas electorales, los cabezas de cartel se atienen a las encuestas y a los vaivenes de uno u otro sondeo, desentendiéndose de nuestros problemas. Indicadores como el índice de precio al consumo determina un posible aumento salarial, el productor interior bruto condiciona las inversiones en unos u otros capítulos presupuestarios. La expectativa de alcanzar una determinada edad se debe a un promedio. Los índices de natalidad nos hacen ver cuán envejecida esta nuestra población. En definitiva las estadísticas tutelan buena parte de nuestras vidas.
Hace un año algunos pensábamos que una pandemia global podía contribuir a replantearnos las reglas del juego y propiciar nuevos modelos de contrato social. El confinamiento domiciliario nos daba ocasión de revisar nuestras preferencias y reparar en lo primordial. Pudimos redescubrir que la vida es algo sencillamente insustituible, al ser la condición de posibilidad para todo lo demás. Por eso las personas no tienen precio y poseen dignidad, para decirlo en términos kantianos. Ninguna cosa, por valiosa que sea en términos relativos, puede quedar por encima de un integrante del género humano.
Una simple magdalena inspiró a Proust la escritura de En busca del tiempo perdido, una de las grandes obras de la literatura universal. Los filósofos también han tenido sus propias “magdalenas”, detalles biográficos que han determinado la génesis de sus obras inmortales.
En su célebre Fábula de las abejas, Bernard Mandeville nos habla sobre la relación entre virtudes públicas y vicios privados. Aunque parezca paradójico, estos últimos constituirían el motor que dinamiza las primeras generando prosperidad pública. “Fraude, lujo y orgullo deben vivir”, leemos en la moraleja del relato, “mientras disfrutemos de sus beneficios”. Esta sería la clave: generar beneficios para todos. ¿Pero qué ocurre cuándo no es así?
¿Moderación responsable o la frivolidad propia de una política sin entrañas que sólo atiende a sus propios intereses? He ahí el auténtico dilema que se ventila en las elecciones madrileñas del cuatro de mayo. Dedicarse a la política para medrar personalmente o consagrarse a la gestión del interés público. No hay más vueltas que darle. Por decirlo con palabras del Kant de Hacia la paz perpetua, toca elegir, una vez más, entre moralistas políticos o políticos morales. Estos acomodan conjugan las responsabilidades con sus convicciones. Aquellos tan sólo simulan tener unos principios de los que carecen.
Pablo Iglesias primero se presentó como eurodiputado. Las papeletas llevaban su rostro. Fue un triunfo fulgurante. Rubalcaba dimitió como secretario general del psoe. Luego vinieron las contiendas electorales como candidato a la presidencia del gobierno. Cada vez que se repetían unas elecciones, cosechaba peores resultados y obtenía menos escaños. Con todo, su menguado número resultó vital para formar un gobierno de coalición.
De Gabilondo se hacen chanzas por su serenidad y templanza. Dentro del circo mediático en que se ha convertido la arena política, se hace mofa y befa de lo que debería ser en realidad la tónica habitual. Una voz tranquila y reflexiva pasa desapercibida en medio del ruido. Hay frecuencias que resultan inaudibles cuando el griterío nos ensordece. En las elecciones madrileñas del cuatro de mayo no hay que elegir entre Socialismo y Libertad, sino más bien entre la Política con mayúsculas y una chusca politiquería que sería ridícula, si no fuese tan lesiva.
Como la noche y el día. Así son Ayuso y Gabilondo. Este último tiene un talante reflexivo y dialogante, acaso por su formación filosófica y el bagaje de su compromiso en la gestión del servicio público. Ha sido Rector, Presidente de la Conferencia de rectores y el Ministro de Educación que casi logró un pacto histórico.
Es bastante probable que Ayuso gane las elecciones. El cuatro de mayo se podría convertir en otra fecha histórica y antes de San Isidro, tras el dos de mayo, los madrileños conmemorarían el día en que triunfó un trumpismo a la madrileña.
Mi generación padeció una educación diferenciada en la primaria y el bachillerato. Los Institutos de Enseñanza Media eran masculinos o femeninos. La Formación del Espíritu Nacional dejaba muy claro qué papel social te tocaba desempeñar según hubieras nacido varón o mujer. También los juguetes afirmaban el signo del color que habías recibido al nacer: azul o rosa. Curiosamente los niños y las niñas habíamos coincido en el parvulario. Al menos tuvimos esa suerte. En la más tierna infancia cabía jugar y aprender juntos. Por eso resultaba traumático pasar luego al cole, donde ya no coincidías con las amiguitas de los primeros años.
Las motivaciones que inducen a plantear algo semejante resultan comprensibles. Hay muchos intereses en juego. Algunos países cuya economía depende sobremanera del turismo tiene una motivación adicional y por eso encabezan la iniciativa de propiciar un pasaporte sanitario. Los europeos ya vacunados podrían recuperar la movilidad restringida por las medidas adoptadas para mantener a raya los contagios.
Se diría que la palabra ética está de moda y tiene un uso inflacionario tendente al abuso. Se invoca su nombre a todas horas, como si fuera una especie de conjuro y bastara mencionarla para tenerla entre nosotros. Nada más lejos de la realidad.
“El éxito en la creación de la inteligencia artificial podrá ser el evento más grande en la historia de la humanidad. Desafortunadamente también sería el último, a menos de que aprendamos cómo evitar los riesgos” (Sthephen Hawking)
Eso que algunos llaman despectivamente “Régimen del 78” no tenía tan siquiera tres añitos cuando nuestro Parlamento fue asaltado y tiroteado por gente armada. Hicieron tirarse al suelo a los representantes electos del pueblo español, anunciando que enseguida vendría la autoridad competente, militar por supuesto. Afortunadamente no compareció. Javier Cercas ha fotografiado y radiografiado cuanto pasó aquel 23 de Febrero de 1981 en su Anatomía de un instante.
¿Por qué tendemos a hacer valer nuestras señas de identidad exhibiéndolas como superiores a otras, que presentamos como si fueran de inferior categoría y susceptibles de contaminar nuestra pureza? Ojalá esta duda fuera intempestiva y sólo tuviese referentes arrumbados en el desván de la historia. Sin embargo, se diría que muchos nacionalismos de una u otra tipología o envergadura tienden a caer en esa dialéctica.
Tras esperarlas durante tantos meses, las vacunas, además de suponer la mayor esperanza para recobrar nuestras rutinas de antaño, también están aportándonos una reveladora radiografía de nuestra dinámica social. Por una parte, su llegada ha matizado en un tiempo record el escepticismo que parecía imperar entre un importante sector de la población, dubitativa sobre si convenía vacunarse o era preferible que lo hicieran los demás para beneficiarse indirectamente de una inmunidad generalizada. De otro lado, los problemas detectados en su distribución podrían responder a un desaforado animo de lucro, como consecuencia de privatizar una gestión que debiera ser pública.
Se ha dado en hablar del “factor Illa” para definir un posible vuelco electoral en Cataluña, pero en realidad viene a revelar muchos rasgos del actual panorama político. Me gustaría que alguien templado y dialogante pudiera estar al frente de una Generalitat absolutamente paralizada desde hace demasiado tiempo, al verse abducida por un proceso tendente a la soberanía que ha dañado seriamente la convivencia ciudadana y perjudicado a una economía boyante.
“Cuando nuestros políticos dicen que la política no tiene entrañas, aciertan alguna ves en lo que dicen y en lo que quieren decir. Una política sin entrañas es, en efecto, la política hueca que suelen hacer los hombres de malas tripas” (Antonio Machado, Juan de Mairena)
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