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Mujeres que ilustran a mujeres. O cómo reconstruir nuestra mirada


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Durante más de una centuria, hemos estudiado la historia del arte desde la palabra. El texto, se adueñó de la narración de unos objetos que habían sido creados para ser contemplados, dejando de lado el sentido principal que debía activarse, la vista. El equilibro entre qué contar y cómo contarlo no es baladí. La forma es algo más que un envoltorio, pues la reflexionamos menos y determina nuestro entendimiento, por lo que adquiere poder y peligrosidad, ya que puede moldear el pensamiento individual y colectivo, nos puede dirigir y condicionar. Y de hecho lo hace.

La artista y activista feminista Yolanda Domínguez, explica en su último libro, Maldito estereotipo (PRH, 2020), siguiendo diversos estudios, cómo el 90% de la información que procesa nuestra mente es visual, cómo recordamos el 70% de lo que vemos, el 20% de lo que leemos y sólo el 10% de lo que escuchamos. Cada vez más nuestra mundo se mueve a través de la imagen. Redes sociales como Instagram o TikTok se imponen en los grupos más jóvenes frente a otras como Facebook, precisamente aquellas donde predomina la imagen y el texto prácticamente desaparece. Si miramos nuestras últimas conversaciones a través de WhatsApp, ¿cuántos emoticones acompañaron a nuestra palabras? Estos iconos además ayudan a que las palabras adquieran un tono o un sentido diverso.

Pero no es un fenómeno solamente actual. La historia del arte ha proporcionado al mundo imágenes con utilidades muy precisas en todas las épocas. Adoctrinar a los fieles que no sabían leer y no entendían el latín en que se daba la misa, mostrar las glorias de un emperador, las hazañas de los dioses y héroes de la Antigüedad, quiénes eran los vencedores y quiénes los vencidos. En todo esto, la pregunta es ¿qué papeles representaban las mujeres? Sin desarrollarlo extensamente, podemos resumir que durante buena parte de la historia las mujeres fueron representadas como ángeles del hogar, buenas madres y esposas; femme fatale, llevando a la perdición a los hombres valerosos; en segundo plano o desnudas y disponibles. La publicidad tomó del arte las imágenes de las mujeres rápidamente y continuó fomentando los estereotipos de masculinidad y feminidad binarios.

Pero ¿y cómo se representaban las mujeres a sí mismas? La mayoría de las veces lo hacían siguiendo los mismos patrones que los hombres. No se puede obviar que eran muy pocas las que conseguían acceder a los talleres y poder dedicarse al arte de la pintura y mucho menos de la escultura y cuando lo hacían recibían el mismo tipo de encargos que sus compañeros masculinos. Pero cuando podían, nos dejaban pequeñas muescas de individualidad, así vemos a Sofonisba Anguissola o Artemisia Gentileschi autorretratándose como pintoras, como hizo Clara Peeters de forma casi imperceptible en sus bodegones, como una forma de reivindicarse a sí mismas como profesionales.

En el siglo XX, durante las primeras vanguardias las mujeres empiezan a desligarse de los motivos que plagaban las obras de sus colegas hombres. Por ejemplo, mientras que en la pintura surrealista abundan los desnudos femeninos sexualizados y cosificados, en las pinturas de las surrealistas del grupo, como Leonora Carrington, Remedios Varo, Maruja Mallo o Frida Kahlo (si bien ella nunca se consideró una surrealista y su pintura fue más bien expresionista), nunca cayeron en esas temáticas y nos presentaron obras con un mayor compromiso, introduciendo temas nunca antes tratados por el arte y menos desde una perspectiva femenina, como el aborto, el maltrato, etc. Durante la segunda mitad del siglo XX, especialmente a partir de la década de 1970, emergen mujeres claramente feministas que nos han nutrido de imágenes de mujeres empoderadas, reivindicativas, trabajadores, luchadoras y no sexualizadas sino sexuales. Algo que poco a poco se va incorporando también a los medios audiovisuales, pero aun en el siglo XXI, de forma muy tímida.

En ese sentido, el mundo del cómic y la novela gráfica ha estado muy carente de referentes femeninos hasta hace bien poco (y menos aún el manga). En los últimos años múltiples ilustradoras han irrumpido con fuerza en el panorama literario, generando un nuevo prototipo de imágenes con los que mejorar nuestra cultura visual. No se puede despreciar que el aprendizaje infantil se basa en la imitación y que durante los primeros años, antes de aprender a leer, todo nuestro contacto con la literatura es a través de las imágenes. Además, cuanto más veces vemos una imagen repetida, más la normalizamos. De ahí que sean tan interesantes algunas propuestas de libros infantiles y para adolescentes como Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, Las niñas son de ciencias, o Mujeres en la ciencia y Mujeres en el arte de Rachel Ignotofsky, entre otros.

Pero el mundo de la novela ilustrada no es sólo para un público infantil y otras ilustradoras están creando material para adultos con un gran interés. María Hesse, Paula Bonet, TuttiConfetti, Monstruo Espagueti, Esther Gili, Pedrita Parker, Agustina Guerrero, Ana Oncina, Raquel Riba Rossy (Lola Vendetta), Electric Girl con collage y otras tantas, están creando novelas ilustradas, storyboars, o carteles, que, con humor en muchas ocasiones, nos proporcionan otras imágenes y contenidos sobre las mujeres. Ilustraciones que tratan de normalizar cuestiones tan simples como el hecho de tener la regla y que sea roja, la sexualidad femenina, las relaciones, visibilizar los problemas de acoso o desigualdad, la conciliación, mostrar cuerpos diversos no estereotipados, los propios conflictos internos, ambigüedades y contradicciones a las que las mujeres nos enfrentamos cada día, emergen en viñetas que nos acercan al menos las unas a las otras.

En este contexto no es de extrañar que la editorial Planeta acabe de publicar Voces que cuentan, una antología de textos breves de reconocidas escritoras y periodistas, como Almudena Grandes, Julia Otero, Leticia Dolera, Eva Amaral o Sandra Sabatés, entre otras, ilustradas por otras mujeres, algunas ya citadas, como María Hesse, Agustina Guerrero, Ana Oncina, Sarra Herranz, etc. En este libro descubrimos algunos relatos personales e inspiradores como el de Julia Otero/Ada Diez, que nos recuerda lo importante que es el entorno en que crecemos; otros universales, como el fragmento de Morder la Manzana (Plantea, 2018) de Dolera, ilustrado por Raquel Riba Rossy, que nos hace sentirnos identificadas por cómo podemos sentirnos todas juzgadas por nuestro cuerpo, acosadas en el trabajo o en cualquier momento de la vida, e incluso sentirnos responsables de ello, hasta que lo verbalizamos, y ahí entra la sororidad; otros relatos como el de Sandra Sabatés/Sandra Cardona nos conectan con las mujeres que nos antecedieron y nos convierten en responsables del futuro que leguemos. En general leemos a mujeres valientes que escriben sobre mujeres valientes, que luchan, que trabajan a veces quizá sin ser del todo conscientes, por construir un mundo más igualitario.

No es la última novela ilustrada publicada en los últimos meses que merece atención. Moderna de Pueblo presentó su último trabajo en noviembre de 2020. Coño dramas (Planeta, 2020), nos introduce en el día a día de unas protagonistas que podríamos ser todas nosotras y nos plantea dilemas de la vida cotidiana que tienen que ver incluso con las propias incoherencias del ser humano, por ejemplo cuando vemos a una de las chicas plantearse si no se habrá ella convertido en el machirulo de su relación. La maternidad, la soledad o el síndrome de la impostora son algunos de los otros temas que se plantean en esta novela cargada de simbolismos textuales y visuales.

Por último, merece el libro La mala leche, escrito por Henar Álvarez e ilustrado por Ana Müshel, en el que de nuevo, con un toque de humor y el gamberrismo que caracteriza a Álvarez, introduce un tema tabú en nuestra sociedad, que es la sexualidad tras la maternidad. La novela nos presenta a una mujer en todas sus facetas, es madre, sí, pero también es una mujer con una carrera profesional, con amigas y con deseo sexual, en este caso, tanto dentro como fuera de la pareja, con fetiches incluidos. Pero no solo eso, nos presenta también a hombres que salen de los estereotipos, su pareja es quien se muestra más sentimental en la relación, el chico joven es quien se interesa por una mujer con éxito profesional y madre. La sinceridad del texto se desvela también en las imágenes.

Todas estas mujeres que ilustran y crean nuevos relatos, nos generan un universo plagado de realidades que no acostumbramos a ver ni a leer, absolutamente necesario para la construcción de una sociedad donde la igualdad sea real y efectiva para ambos sexos, donde las mujeres nos sintamos identificadas y podas empatizar con protagonistas. Sin embargo, ¿quiénes suelen leer estas obras? Es necesario que estos libros no solo se acumulen en las estanterías de mujeres, sino también de los hombres, pues si bien nosotras acostumbramos a leer a ambos sexos, parece que aquello que publican las mujeres solo se dirige a un público femenino. Tal vez, si los hombres leyesen a más mujeres, nos ahorraríamos tiempo en esa construcción de la igualdad, que beneficia tanto a unas como a otros. Y no olvidemos, que también necesitamos ilustrar otras realidades, mujeres negras, con rasgos orientales, trans, discapacidad, etc. Normalizar la vida en el papel supondrá que nuestra mirada se reeduque.

John Berger (Modos de ver, 1972) decía que las mujeres nos miramos a través de los ojos de los hombres, gracias a estas ilustradoras y escritoras, empezamos a mirarnos con nuestros propios ojos, ahora solo falta que los hombres también nos sepan ver. Algunos, ya lo hacen.

Doctora en historia del arte por la Universidad de Jaén, es actualmente profesora en la misma universidad. Ha trabajado en inventarios artísticos institucionales.

Ha participado en diversos proyectos relacionados con el arte contemporáneo, publicado múltiples artículos en revistas científicas y capítulos de libro; catálogos de exposiciones y libros.

Ha participado en una treintena de congresos nacionales e internacionales, e impartido conferencias en diversas instituciones nacionales e internacionales.

Realizó una estancia de investigación en la Pontificia Università Gregoriana de Roma y una estancia docente en la Universidad de Siena; recibió un premio de emprendimiento.

Es miembro del comité científico de varias revistas y es co-Coordinadora del Grupo de Arte Urbano ligado al GEIIC.

Pertenece al grupo Arquitecto Vandelvira (HUM 573). Además ha coordinado una veintena de actividades divulgativas, como cursos, ciclos de conferencias, mesas redondas, etc.


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