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EL PERIÓDICO
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El silencio de los bosques. Ocio y caza en las costumbres Reales del siglo XVIII


  • Escrito por Adoración González Pérez
  • Publicado en Historalia

[…]el bosque, la soledad y el mismo silencio, intrínseco a la caza, son enormes estímulos para el pensamiento […] (del Libro I, Carta de Plinio el Menor a su amigo Cornelio Tácito, siglo I d. C.

¿Por qué los monarcas gustaban tanto de la vida en el campo? La pregunta es de fácil respuesta ya que la costumbre, no siendo exclusiva de su categoría también fue practicada por otros grupos sociales privilegiados desde la Antigüedad. Destacamos aquí el hecho de que la caza y el disfrute de la naturaleza fueron en sabia combinación el elemento causante del nacimiento de lugares poblados en las proximidades de la Corte madrileña. La vida principesca exigía de otras funciones civiles, religiosas y domésticas que se debían respetar también en tiempos de descanso de los Reyes, aunque estuvieran apartados en sus posesiones privadas. El hecho de pertenecer a la condición real favorecía el pensamiento de haber sido elegido para la vida en naturaleza como si de los mejores privilegios se tratara. La vida campestre se convertía en válvula de escape para las presiones de la Corte.

Este “costumbrismo” campestre en los Reyes de la Casa de Borbón del siglo XVIII no fue una actitud nueva. Formaba parte del legado interior que, de unos monarcas a otros, se había consolidado en una herencia remontada a épocas medievales, unida a las exigencias políticas y económicas del fenómeno repoblador y de reconquista, siendo así la posesión de tierras una manifestación del poder de la Corona de Castilla.

Los monarcas castellanos, desde el siglo XIII formarían una corte de familiares, nobles y funcionarios para el control y mantenimiento de los límites geográficos de su reino. A la creación de aldeas, villas y ciudades contribuían los recursos agrarios o ganaderos que, con el tiempo, se vincularon a las propiedades de realengo. En un área extensa entre Madrid y Segovia, muchas tierras fueron destinadas a cotos y cazaderos, como los de los reyes Alfonso X, Alfonso XI, o Juan II por citar algunos. Y ahí empezamos a significar el ocio junto con la práctica cinegética como seña de identidad.

Desde tiempos de Enrique IV se celebraban batidas y monterías acompañadas de fiestas a las que acudían numerosos cortesanos. Ejercitar el ocio, el placer y el esparcimiento mediante el disfrute de la vida en el campo sería motivo de nacimiento para futuras ciudades, como señaló ya Checa Cremades, (1986), Las Casas del Rey: casas de campo, cazaderos y jardines siglos XVI y XVII, pues se acompañaban estas monterías de escenarios urbanos o en falsos bosques instalados en el interior de un jardín. El ocio de los reyes contribuyó al asentamiento. El monarca que apreciaba la riqueza del paisaje, meditaba sobre el valor de cuidad, del territorio, de su ordenación y acondicionamiento para el servicio real, satisfaciendo siempre la necesidad lúdica y representativa de la monarquía.

Pero, no olvidemos el gusto por la caza que, unido al del cuidado de la naturaleza, reforzó, durante el siglo XVI, la idea de exaltación de la vida campestre tan reflejada en las obras literarias; sirva de ejemplo el pliego de cartas dirigidas al rey en 1594 por Gaspar de Salcedo Aguirre, alabando el ejercicio de la volatería y la montería como “artes dignas de un príncipe”. Sentimiento extensible a la mayoría de las Casas Reales europeas durante la Edad Moderna, heredado del mundo clásico y recreado en grandes obras como las de Petrarca y Sannazaro, entre otros.

Acerquémonos a nuestros reyes de la Casa de Austria para ir aproximando el círculo al tiempo posterior. Felipe II consiguió recrear todo un paraíso de naturaleza para el disfrute de la caza, la meditación y el retiro, aunque resulte contradictorio por el hecho de que este privilegio no se disfrutaba en soledad. Acompañaban a estos gozos las figuras del Montero Mayor, el Aposentador, el Ballestero, o el Caballerizo, por citar algunos. El deporte cinegético se completaba con ceremonias y festejos que atraían a gentes de lugares próximos, entre los que había también sus detractores. Juan de Solorzano publicaba en 1650 un emblema contra “los que se inclinaban sobrado a la caza” y censuraba a los que consumían la salud y el tiempo cazando. Dirigido a los príncipes indicaba:

“[…]debe entenderse y templar de tal modo que el empleo y gasto de la caza no tanto venga a ser en los príncipes y reyes oficio u ocupación frecuente, sino alivio de otros cuidados […]

Los había defensores, como si se tratara de un arte, más bien de una práctica utilitaria al ir acompañada de donaciones de terrenos que habrían de cubrir muchas necesidades a sus moradores.

En un sentido más concreto ha de servirnos este relato para destacar al rey como individuo que disfruta de la caza, además de sus otras funciones. Felipe III y Felipe IV fueron grandes cazadores que se sirvieron de lugares especiales ya sabidos, El Pardo, Valsaín, todos los parajes de los Reales Sitios en general, practicando todo tipo de caza. La confirmación de esta afición ha quedado custodiada para siempre a través de las obras de los más insignes pintores de su tiempo. Famoso es el óleo que realizara Diego Velázquez sobre Felipe IV, cazador que se conserva en el Museo del Prado. La norma de representación la vemos mantenida en casi todos los demás reyes retratados de esta forma. El rey se representa siempre sobre un escenario de campo, junto a un árbol, con una vestimenta a veces elegida a propósito si se quería llamar la atención acerca de la dignidad del personaje o de sus compromisos como rey en las directrices de la guerra.

La Monarquía española del siglo XVIII, buscaría transmitir una nueva imagen, más moderna y progresista. Eso sería realidad desde Felipe V, pero, en el tema que tratamos, hay que decir que fueron aficionados a estas prácticas, en mayor o menor grado, con un objetivo personal de relajamiento o de representación cortesana; conocido es que Carlos III salía diariamente a cazar.

Tal como lo pintó Francisco de Goya, el atuendo solía ir más acorde con la imagen lánguida o bonachona que quiso comunicar. Lleva su casaca de color pardo, una gorguera blanca de encaje y una chupa amarilla ajustada con cinturón, además de las bandas representativas de las Órdenes de Carlos III y del Toisón de Oro. Así lo señaló el ilustre profesor Julián Gallego, al expresar que la caza había dejado de ser una disciplina preparatoria de guerra para convertirse en un divertimento.

Fijémonos en la imagen que acompaña al artículo, bello retrato que hiciera el pintor Miguel Jacinto Meléndez en 1712, sobre el primer monarca Borbón de nuestro siglo XVIII, en Felipe V, del Museo Cerralbo de Madrid. La actitud ha cambiado, aunque nunca la práctica. Con una elegancia exquisita se nos muestra a un rey refinado, con vestido de la moda francesa, nos llama la atención si para ejercitar cacerías sería muy cómodo. Casaca roja con bordados en oro, las camisas y volantes de color blanco, sombrero azul adornado de plumas y peluca también a la francesa. En este caso, formaría parte del conjunto de hombres que se dedicaron a cazar por gusto, por imposición del protocolo o porque el contacto con la naturaleza siempre supo contribuir a la privacidad. El silencio.