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La Comuna de París (1871) como utopía (I)


  • Escrito por Felipe Aguado Hernández
  • Publicado en Historalia
París durante la Comuna, Le Monde Illustré, mayo de 1871. / Wikipedia París durante la Comuna, Le Monde Illustré, mayo de 1871. / Wikipedia

PRIMERA PARTE: EL CONTEXTO Y EL PROCESO REVOLUCIONARIO

La Comuna de París de 1871 es uno de los acontecimientos más importantes en la historia contemporánea en general. Particularmente es decisiva y paradigmática para el movimiento obrero y para todas aquellas personas interesadas en la transformación profunda de la sociedad. Los acontecimientos concretos se extendieron entre el 18 de marzo del 1871 al 28 de mayo del mismo año. Actualmente, ciento cincuenta años después de la revolución comunera, aún despierta interés y, además de las interpretaciones clásicas, hoy podemos añadir análisis que nos permiten reconocer en la Comuna el primer momento histórico contemporáneo en que un pueblo pone en marcha una sociedad utopista. Es lo que intentamos con el presente trabajo

I.CONTEXTO. ANTECEDENTES

Como escribe Freymond (1973, I, 7): La comuna no se entiende sin un conocimiento profundo del período que la precede, es decir de los años1860-1870. En efecto, ningún acontecimiento histórico se produce espontáneamente. Viene precedido del desarrollo de múltiples factores y acontecimientos de carácter económico, social y político. Eso ocurre, obviamente, con La Comuna de París del 1871.

Ha habido historiadores y comentaristas que la han interpretado como una reacción emocional y visceral de los parisinos ante las tribulaciones y las miserias derivadas de la Guerra Franco-Prusiana del 70-71, que terminó con una tremenda derrota de los ejércitos franceses, mal dirigidos y preparados, frente a los prusianos. Toda guerra es de por sí un fracaso humano, y los sufrimientos que conlleva afectan principalmente al pueblo trabajador. Eso ocurre en Francia tras el desastre militar y el fracaso político que supuso para el orgulloso Imperio de Napoleón III.

La derrota militar, no obstante, no explica por sí sola la revolución del 71 en París y en otros lugares de Francia. Hay una crisis económica subyacente desde el 1867 que frenó el desarrollo sostenido de la industria y el comercio desde 1848. Se trata de una de las crisis cíclicas del capitalismo, que se observan con absoluta nitidez en el S. XIX. El desarrollo económico fue acompañado de la pauperización de los trabajadores. Lo comprobamos en los documentos de la época y lo leemos con nitidez en el Manifiesto de la Asociación Internacional de Trabajadores de 1864, más conocido como El Mensaje inaugural de la Internacional, elaborado y expuesto por Marx, en una asamblea pública en Londres: Es un hecho de la máxima importancia que la miseria de la masa de los trabajadores no ha disminuido de 1848 a 1864, período que sin embargo se distingue por un desarrollo sin par de la industria, por un crecimiento inaudito del comercio (Freymond, 1973, I, 43). En el Manifiesto se detallan las miserables condiciones de alimentación, de salud, de las condiciones del trabajo, especialmente el infantil, de la vivienda… de los trabajadores.

Desde 1852, el Imperio bonapartista se convierte en el reino de los negocios y las sombras, como escribía Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Se asiste a una profunda transformación del capitalismo. El 18-X-1852, Proudhom escribe a Ch. Edmond: He aquí lo que puedo deciros como seguro, después de una observación atenta, en París, y en nuestros departamentos, desde hace cuatro meses: La economía de la sociedad se transforma totalmente. ¡He ahí el hecho! (Dólleans, 1969, 231). El capitalismo inicial, individualista, de los famosos “capitanes de industria”, se va transformando en capitalismo monopolista de cada vez más grandes y anónimas corporaciones mineras, ferroviarias, de transporte marítimo, del crédito…, una enorme expansión industrial apoyada por la administración pública. Basta recordar la transformación de París, impulsada por el prefecto Haussmann, que remodela profundamente la ciudad, enviando a las clases proletarias a la periferia. Algo parecido sucede en otras ciudades. El crecimiento medio anual subió al 3,5% de 1830 a 1848 y al 5% entre 1851 y 1870. La industrialización de Francia se consuma durante el Segundo Imperio. La desigualdad, como señala Piketty (2019, 162), no sólo no decrece durante el S. XIX, sino que se acentúa: Concretamente, si consideramos Francia en su conjunto, se puede constatar que la participación del percentil superior de la distribución (el 1 por ciento más rico de la población) en el total de la propiedad privada era de alrededor del 45 por ciento en 1800-1810, frente al 55 por ciento aproximadamente en 1900-1910. En el gráfico que acompaña esas líneas, observamos cómo entre 1850 y 1880 el 1% más rico llegó a poseer entre el 55 y el 60% de toda la propiedad privada.

El desarrollo económico, no acompañado de otro social paralelo, provocó la movilización y las luchas de los trabajadores, que fueron creciendo en extensión e intensidad hasta el 68-69, fecha en que la crisis económica del 67 profundiza la crisis social y provoca una gran explosión de luchas obreras en Francia y en toda Europa. Los testimonios e informes son numerosos (ver Freymond, 1973, pp. 7-40): Algunas de las más importantes fueron las huelgas de la cuenca minera de Fureau, Gréasque, Gardanne, Auriol, La Bouilladisse; en Bélgica, la huelga de Charleroi, brutalmente reprimida; en Ginebra, la huelga de los obreros de la construcción, acompañada de manifestaciones y de solidaridad, con ecos en toda Europa; las largas huelgas de los tejedores de cintas de Bale, de los algodoneros de Rouen, de los tipógrafos de Ginebra, de la construcción de Lausana, de Leeswood en País de Gales, de los mineros de Seraing y Framerie en Bélgica, de los mineros de St.-Etienne, Rive-de-Gier, Firminy, de las ovalistas (la mayoría mujeres) de Lyon, de los ferrocarriles ingleses, de los sastres de Londres y París, de los hilanderos de lana de Vienne (Isère). La represión de muchas de estas huelgas es brutal, provocando muertos, heridos…

Las reivindicaciones de los huelguistas tienen el denominador común, como es lógico, de las mejoras salariales, pero se van introduciendo otros objetivos respecto a las condiciones de trabajo, que son horribles en general, respecto a la jornada laboral (se reivindican las diez horas de jornada), en muchos casos se pide el reingreso de despedidos e incluso la legitimidad de la elección de representantes de los trabajadores y la legalidad de las organizaciones obreras, generalmente, las cajas de resistencia.

Todo este movimiento no es comprensible sin un apoyo organizativo importante, que va creciendo año a año. Se van creando sociedades de socorros mutuos, de solidaridad, de resistencia, algunas de las cuales se van federando e incluso van convergiendo en sindicatos y en la Internacional.

La más notable de estas organizaciones, independientemente de las Trade-Unions británicas, es la Internacional. Parece cierto que la Internacional no es la promotora de las huelgas, en general, aunque las apoya y sus miembros participan. Pero como dijo el gran internacionalista y comunero, Varlin, (1977, 79): No fue la Internacional la que lanzó los obreros a la huelga, sino la huelga quien los lanzó a la Internacional. Los obreros luchan y se movilizan desde sus centros de trabajo, pero pronto se van dando cuenta de que necesitan contactos, apoyo, respaldo. Entonces, junto con otras formas organizativas, aparece la Internacional a la que se adhieren. (Ver, Dólleans, 1969, pp. 256 y ss.). La Internacional va creciendo año a año, y ya al final de los sesenta, mes a mes. De hecho, en Francia, antes del comienzo de la guerra, se constatan varias decenas de miles de adherentes a la Internacional, que se va extendiendo por toda Francia y a Bélgica, Suiza, España, Italia, Alemania y, de forma más débil, a Austria, Holanda, Dinamarca y EE.UU. Las Trade-Unions británicas no se incorporan a la Internacional, aunque a finales de los sesenta se implican algo más.

Se ha dicho de La Comuna del 71 que fue un movimiento espontáneo, surgido de la desesperación, que impulsó formas organizativas y reivindicaciones radicales. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que La Comuna fue una explosión popular, pero detrás de ella, como acabamos de ver, hay años de luchas, acompañadas de desarrollo de formas organizativas y de creciente conciencia social y política. Las luchas obreras arrancan casi siempre con reivindicaciones de mejoras salariales o contra los despidos, pero pronto aparecen reivindicaciones sobre el derecho de asociación o de confederación, reprimidas duramente en muchas ocasiones. La Internacional, en sus congresos de Bruselas (1868) y Basilea (1869) se pronuncia a favor del cooperativismo así como de la apropiación colectiva de la tierra, de las minas, las canteras, los bosques, los medios de transporte; auspicia la organización internacional y la creación de sociedades de resistencia; apoya la educación universal y laica a cargo de la sociedad y el trabajo y la igualdad de las mujeres respecto de los hombres. No se toman resoluciones respecto de las dos últimas cuestiones, pero Varlin, su gran promotor, obtiene un gran respaldo. Varlin escribió: pedimos que la enseñanza se adjudique a la sociedad, una sociedad verdaderamente democrática, en la que la dirección de la enseñanza sea la voluntad de todos (Varlin, 1977, 28) y más adelante: de hecho las mujeres desempeñaron un noble y poderoso papel en el movimiento (Id., 81). Pero esos objetivos no lo son sólo de la Internacional como organización, sino que se proyectan en la ciudadanía, como bien muestra el programa que los internacionales proponen a los electores para las elecciones generales de 1869 en Francia:

El pueblo soberano debe él mismo hacer el programa…y elegir entre los ciudadanos a aquellos que le parezcan más aptos para expresar su voluntad…los mandatarios deberían ser siempre revocables…y que cada año se les ratifique o no por sufragio universal…

He aquí las reformas que creemos urgentes:

  • Supresión de los ejércitos permanentes…
  • Separación Iglesia y Estado…
  • Reforma general de la legislación; elección de la magistratura por sufragio universal; establecimiento del jurado...
  • Enseñanza laica e integral, obligatoria para todos y a cargo de la nación…
  • Supresión de los privilegios ligados a los grados universitarios.
  • Libertad de asociación.
  • Libertad de reunión sin restricciones.
  • Libertad de prensa, de imprenta y de librerías…
  • Libertad individual garantizada…
  • Establecimiento del impuesto progresivo; supresión de los impuestos indirectos…
  • Liquidación de la deuda pública.
  • Expropiación de todas las compañías financieras y apropiación por la nación, para transformarlas en servicios públicos, de la banca, de los ferrocarriles, transporte, seguros y minas.
  • Los municipios, los departamentos y las colonias serán liberados de toda tutela en lo que concierne a sus intereses locales y administrados por mandatarios libremente elegidos.

Es notable la similitud de este programa con las decisiones adoptadas por La Comuna, que pone claramente de relieve la continuidad entre los movimientos y la conciencia social anterior a la Comuna y la desarrollada por ella.

Los internacionales no presentan candidatos propios a las elecciones sino que ofrecen su programa a los republicanos que quieran adoptarlo, comprometiendo su voto por ellos. Aunque las elecciones no las ganan los republicanos, la oposición obtiene tres millones de votos, el doble de los obtenidos en las anteriores elecciones del 63. Esto provoca la radicalización de muchos republicanos.

Otro hecho notable, que agiganta la conciencia política del pueblo parisino, es la gran manifestación del 12 de enero del 70, en la que intervienen más de 100.000 personas. Se convoca en protesta por la muerte Víctor Nin, periodista de La Marsellaise, un periódico progresista que ha estado informando y apoyando todas las huelgas y protestas obreras. De su redacción forman parte algunos internacionales. Es un acto claramente político contra la familia imperial, acusada del asesinato del periodista, y contra un régimen corrupto. En la manifestación, junto con los obreros, marchan también muchas mujeres. Jules Vallés escribió en El Insurrecto: Mujeres por todos lados. ¡Gran signo!.

Por último, fue también muy importante la huelga de Creusot, bastión industrial del imperio en 1870, con 10.000 obreros mineros y metalúrgicos. Schnaider, dueño del complejo industrial, es también presidente de la Cámara Legislativa, lo que simboliza muy bien la conexión capital-poder político. Los trabajadores, sometidos a condiciones espantosas de trabajo, con salarios muy bajos, explotan en enero de 1870, abogando por la gestión obrera de su montepio y la elección de representantes que negociaran con la empresa. Van a la huelga cuando son despedidos tres de estos. Schnaider hace venir 3.000 soldados y ordena la vuelta al trabajo para el día 23. Ese día se presentan sólo 123 trabajadores, lo que tiene una enorme repercusión social y un gran eco en la prensa. La represión es brutal. El propio Varlin es detenido y encarcelado. Todo ello provoca una solidaridad y un apoyo muy amplios entre el pueblo de París y de toda Francia. Es de gran interés el “Comunicado a las mujeres del Creusot”, publicado en La Marseillaise el 13 de abril de 1870: Ciudadanas: Vuestra actitud firme y enérgica, haciendo frente a las insolentes provocaciones del feudalismo actual, es vivamente apreciada por los trabajadores de todos los países, y nosotros nos vemos en la obligación de felicitaros (Varlin, 1977, 116).

II.LOS ACONTECIMIENTOS.

Cuando los trabajadores parisinos tomaron el cielo por asalto.

La Comuna duró 72 días, desde el 18 de marzo, fecha que se considera el comienzo de la revolución, al 28 de mayo, cuando cae la última barricada, en la calle Ramponneau. defendida finalmente por un solo confederado, durante un cuarto de hora, frente a decenas de soldados de Versalles. (Vamos a seguir los relatos de Dólleans, pp. 338 y ss., Lissagaray, pp.499 y ss., Varlin, pp. 137 y ss.).

El 4 de septiembre de 1870, tras la derrota militar del ejército imperial frente al ejército prusiano, se proclamó la República en el Ayuntamiento de París, sin resistencia por parte del gobierno. El 28 de enero, después de 5 meses de asedio de París, J. Favre, en nombre del gobierno francés, firma un armisticio con el gobierno prusiano del canciller Bismarck, que a los ojos de los parisinos es una capitulación vergonzosa. La Asamblea Nacional de Francia, reunida en Burdeos el 12 de febrero, nombra a Thiers jefe de gobierno y firma la paz con Prusia el 1 de marzo. El acuerdo concede al ejército prusiano el derecho a entrar en algunos barrios de París, lo que exaspera a los parisinos que habían defendido la ciudad con uñas y dientes.

El paro, la miseria y el sufrimiento provocados por la guerra, unidos al estado de ánimo del pueblo, decepcionado e indignado por la paz firmada, propician un sentimiento generalizado de rebelión en la población de París. A partir del 15 de febrero se va reconstruyendo la Guardia Nacional, un cuerpo de ciudadanos voluntarios, la mayoría obreros, no profesionales: Se van federando los batallones, se redactan unos estatutos, se crea el Comité Central con 26 miembros elegidos por los guardias. El 27 de febrero la Guardia Nacional recupera 227 cañones, que habían sido comprados por suscripción popular para defender París, y que tenía custodiados el ejército. Aunque la Internacional dudaba, Varlin y otros internacionales promueven su participación en las elecciones de la Guardia Nacional (de hecho varios internacionales son elegidos para el C.C.) y también en los posteriores acontecimientos revolucionarios, que terminan asumiendo y promoviendo plenamente. Éste hecho es muy importante pues imprime al movimiento comunero un carácter social revolucionario. La Comuna quedó asociada en el imaginario popular, y también en el de los poderosos, a la Internacional. Tenemos igualmente una situación de doble poder, típico de los momentos prerrevolucionarios como ocurriría después en Rusia en el 17 o en Mayo-68 (Aguado, 2017 pp. 65-66 y 2018, pp. 67 y ss.)

El 18 de marzo Thiers ordena al ejército ocupar ciertos barrios y enclaves de la ciudad, así como recuperar los cañones. Esto no lo acepta el pueblo; las mujeres, como describe la maestra comunera Louise Michel, se abalanzan sobre los cañones e impiden su recuperación por el ejército. Los generales al mando ordenan a la Guardia Nacional disparar sobre la muchedumbre. La orden no sólo no se cumple sino que la Guardia Nacional se une al pueblo. Desmontan a los dos generales y los fusilan espontáneamente, sin mediar decisión del Comité Central. Los relatos de Lissagaray, Louise Michel, J. Vallés y E. Varlin son coincidentes. La revolución ha comenzado. Lissagaray, el famoso comunero yerno de Marx, resume así el 18 de marzo: ¿Qué es el 18 de marzo si no la respuesta instintiva de un pueblo abofeteado? ¿Dónde hay rastro de complot, de secta, de agitadores?¿Querer una asamblea republicana contra una asamblea realista? (Dolléans, 1969,335).

El Comité Central lanza un manifiesto en el que queda claro el carácter revolucionario y socialista del 18 de marzo: Los proletarios de París, en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, se han dado cuenta de que ha llegado la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos … han comprendido que es su deber imperioso y su derecho indiscutible hacerse dueños de sus propios destinos, tomando el poder (Marx, 2013-a, 31). Los trabajadores parisienses que toman el cielo por asalto, como escribe Marx a Kugelmann (2013-b, 104), aludiendo a los titanes que irrumpieron en el Olimpo, generaron una de las más importantes revoluciones de la historia y crearon símbolos duraderos para la izquierda revolucionaria: comuna, comunero, comunista, bandera roja, himnos (la Internacional)…

El 19 de marzo El sol se ha hecho comunero (Varlin, 157) y la bandera roja, símbolo ya para siempre de todos los revolucionarios, ondea en el Ayuntamiento. La revolución era, en palabras de J.Vallés, tranquila y bella como un río azul. Thiers ordena evacuar París y el repliegue del ejército a Versalles. Se marchan el gobierno y buena parte de los funcionarios, así como gran parte de los parisinos ricos o acomodados (unos cien mil) que abandonan sus casas, sus propiedades y sus negocios. La Guardia Nacional es de facto, tras la ausencia del gobierno y los funcionarios, la única institución pública representativa de todo París. Su Comité Central se erige en gobierno provisional. Organiza rápidamente la defensa de París y toma decisiones urgentes para paliar los problemas de subsistencia de los ciudadanos y asegurar los servicios públicos y privados abandonados; suspende la venta de objetos empeñados en el Monte de Piedad, prorroga los vencimientos de pagos y deudas e impide el desahucio de ciudadanos en alquiler hasta nueva orden; decreta el control de precios de los alimentos. Convoca elecciones por sufragio universal (desgraciadamente todavía no participan las mujeres) a la Comuna para el 26 de marzo.

Las elecciones del 26 de marzo arrojan el siguiente resultado: De los 80 miembros electos, un 25% son obreros; un tercio aproximadamente son miembros de la Internacional (entre ellos Varlin) o muy cercanos a ella (entre ellos J. Vallés); el resto lo constituye una mayoría de delegados formalmente más radicales: blanquistas de varias tendencias, oradores surgidos del propio movimiento, miembros de los clubes rojos… No lleva razón Engels (2013-c, 990) cuando escribe: Pero aún es más asombroso el acierto de muchas de las cosas que se hicieron, a pesar de estar compuesta de proudhonianos y blanquistas. Los proudhonianos han desaparecido prácticamente como tales. Sólo los miembros de la Internacional y de las sociedades obreras parisienses tienen una doctrina económica y social definida (Dólléans, 339), que van aplicando y desarrollando en las pocas semanas con que contaron. Hablamos de socialistas asamblearios, partidarios de una república social (Varlin, 175). El 28 de marzo, en medio de una gran alegría popular, es proclamada la Comuna frente al Ayuntamiento.

La Comuna no organiza un gobierno de figuras unipersonales (ministros), sino que crea comisiones elegidas de comuneros que aplican las decisiones de la Comuna, coordinadas por uno de ellos. Como muy bien destaca Marx (2013-a, 35): La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. No hay división de poderes, entre legislativo y ejecutivo, sino que sólo hay una asamblea que toma decisiones y comisiones delegadas, formadas por miembros elegidos y revocables, que las ponen en práctica. Los cargos públicos debían tener una asignación como la del salario de un obrero. El de la comuna fue un trabajo eficaz, realizado en 72 días, en una ciudad de dos millones de habitantes, si bien con más proyectos que realizaciones concretas, debido a la falta de tiempo. La eficacia la mide, por ejemplo, que 10.000 trabajadores comuneros ocupados en la administración pública hicieran el trabajo de los 60.000 funcionarios de antes de la Comuna y más eficazmente que ellos. El falso mito de que la revolución no se sostiene económicamente ni organizativamente es una de las más falsas ideas inculcadas en la opinión pública por los detentadores del poder.

Los trabajos de la Comuna van encaminados en principio a reconstruir la administración de la ciudad y poner en marcha los servicios. Las primeras medidas globales fueron a abolición del ejército permanente y de la policía y la separación de la Iglesia y el Estado, forzando a las iglesias a convertirse en recintos para la reunión ciudadana y la cultura popular. Las escuelas fueron abiertas para todos los niños de forma universal y gratuita, ofreciendo sin costo alguno a los escolares material de estudio, ropa y comida y excluyendo la religión de la enseñanza. Los jueces y magistrados, al igual que todos los funcionarios públicos, debían ser elegidos y revocables. Se crearon guarderías para los hijos de las obreras y un orfanato. Se arbitraron pensiones para las viudas y huérfanos de la Guardia Nacional caídos durante el asedio de París. Se devolvieron a los obreros y artesanos sus herramientas, confiscadas durante el asedio.

Las comisiones de trabajo de la Comuna funcionaron rápida y eficazmente: Las finanzas las pone en marcha una comisión coordinada por Varlin y Jourde; los correos, otra coordinada por Theise; otra comisión, coordinada por Avrial, para materiales y armamento; Otra para la moneda, coordinada por Camélinat; organiza las contribuciones, otra comisión coordinada por Cambault y Foillet; otra comisión, coordinada por Alavoine, la Imprenta Nacional.

Las tareas tal vez más conocidas son las que desarrolla la “Comisión del intercambio y el trabajo”, coordinada por Léo Frankl, otro de los más destacados internacionalistas y comuneros. Intentaron aplicar las ideas socialistas de la Internacional parisiense en el campo del trabajo: autonomía obrera, sindicalismo, igualdad. Regularon las relaciones obreros/as con los patrones que quedaban, revisaron el código de comercio, regularon las tarifas aduaneras, iniciaron la transformación de los impuestos y las estadísticas de trabajo.

El 3 de abril se toma una decisión trascendental: la aprobación de la jornada de 10 horas, aplicable en principio en los talleres del Louvre y que después se va extendiendo a otras áreas.

Una de las decisiones más importantes y controvertidas fue el decreto del 16 de abril que permitía la ocupación y socialización de los talleres abandonados por sus dueños huidos, muchos esenciales para la vida ciudadana. Los ponen en funcionamiento mediante cooperativas obreras que pagarán una indemnización a sus antiguos dueños.

Se prohibió el trabajo nocturno de los panaderos. Acordaron que la licitación de trabajos y obras públicas se hiciera transparentemente y que los pliegos de concurso incluyeran salarios dignos para los obreros y preferencia para las sociedades obreras. Se crea una rigurosa comisión de contabilidad para verificar las cuentas públicas. Se prepara la disolución del Monte de Piedad. Un decreto del 27 de abril impide multas y retenciones sobre sueldos y salarios, una práctica abusiva muy común en las empresas, así como la restitución de las realizados desde el 18 de marzo. Se aborda la regulación del trabajo de las mujeres y la elección de sus propias delegadas.

La Comuna no era un proyecto sólo de París aunque empezara allí. Tenía vocación de empresa universal. De hecho se tomaron iniciativas para llevar la revolución a toda Francia y para coordinar otras “comunas” que habían surgido en otras ciudades como Lyon, Marsella, Narbonne o Limoges, iniciativas aplastadas por el gobierno de Thiers. Marx resume así parte de la Declaración de la Comuna de París al Pueblo Francés, de 19 de abril del 71: La Comuna de París había de servir de modelo para todos los grandes centros industriales de Francia… y la forma política que revistiese hasta la aldea más pequeña del país…Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados y éstas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandato imperativo (instrucciones) de sus electores…(Marx, 2013-a, 36-37).

Otra cuestión muy significativa en el desarrollo de la Comuna fue la oposición de los socialistas a la creación de un “Comité de Salud Pública”, de carácter represivo, con tantos recuerdos negativos de la Revolución del 1789. Hubo una división en la Comuna al respecto y finalmente, aunque se aprobó, el Comité no funcionó. La Comuna fue, esencialmente, pacífica mientras no la bombardearon y la asaltaron. Es muy significativa en esta línea la quema de la guillotina en medio de una fiesta popular o la destrucción de la Columna Vendôme, símbolo del chauvinismo imperialista francés.

No deja de asombrar el cambio de clima de convivencia y de seguridad pública en la ciudad. Ha desaparecido la delincuencia, la prostitución, las reyertas. Marx escribe (2013-a, 50): maravilloso en verdad fue el cambio operado por la Comuna de París. De aquel París prostituido del Segundo Imperio no quedaba ni rastro … Ya no había cadáveres en el depósito, ni asaltos nocturnos, ni apenas hurtos; por primera vez, desde los días de febrero del 48, se podía transitar seguro por las calles de París, y eso que no había policía de ninguna clase.

Historiadores y periodistas conservadores han acusado tradicionalmente a la Comuna de violencia y desmanes. Es cierto que los hubo, como señalamos un poco más adelante, pero en muchísima menor medida que los del gobierno de Versalles, y en buena medida reactivos frente a acciones gubernamentales, de una atrocidad sin límites. Y no sólo en el momento de la represión final contra los comuneros, una vez aplastada la Comuna. Durante todo el asedio hubo múltiples actos de violencia con prisioneros en situación miserables y ejecuciones de comuneros e internacionalistas apresados por Versalles. Hubo muchos ofrecimientos de intermediación por parte de diversas instituciones y organizaciones, bien acogidos, en general, por La Comuna, pero sistemáticamente rechazados por Thiers. Por ejemplo, los alcaldes y los diputados de Francia que envían una delegación a Versalles, a la que el gobierno responde: No se negocia con asesinos (Dólleans, 345). También de la Unión Nacional de Cámaras sindicales, o de periódicos como Le Temps. grupos de diputados, incluso delegaciones de La Masonería. En realidad Thiers no quería una negociación con La Comuna, sino que quería su aniquilación total y la extirpación de todas las ideas internacionalistas y la erradicación de los comuneros, algo que ha sido del gusto de tantos dictadores en la historia. Recordemos a Hitler. Recordemos a Franco y su aniquilación hasta las raíces de los republicanos.

Tampoco aceptó Thiers el cambio de rehenes, que incluso propuso el Arzobispo de París. Los versalleses torturaban y fusilaban por centenares a los federados que hacían prisioneros. Los comuneros, reactivamente, hicieron en represalia algunos rehenes. En el tumulto del asalto, y desesperados, los comuneros ejecutaron a 6 rehenes, entre ellos el Arzobispo de París y algunos sacerdotes. Algunas fuentes elevan esta cifra a varias decenas. Algunos historiadores incluyen además, para alcanzar la cifra de cien ejecutados por los comuneros, a unos cincuenta en la calle de Haxo, información falsa pues consta que el propio Varlin detuvo esa ejecución en una de sus últimas actuaciones. Unas pocas decenas frente a cientos, a miles después, mientras la propaganda oficial, y aún hoy muchos historiadores y periodistas, acusan a los comuneros de asesinos. La basílica del Sacre-Coeur de Montmartre, lugar donde comenzó la Comuna, fue erigida al parecer, aunque existen algunas discrepancias, en expiación por los “crímenes de la comuna”, en aplicación de la ley del 24 de julio de 1873.

También esgrimieron los represores de la comuna y sus escritores allegados los incendios de París, que se atribuyen a los comuneros, especialmente a las comuneras llamadas ”petroleras”. Es cierto que ardieron unos doscientos edificios públicos y muchas viviendas durante la Comuna. Pero no es cierto que fueran los comuneros los únicos responsables. Más de la mitad de los edificios y casi todas las casas ardieron en los bombardeos del ejército. A otros edificios les prendían fuego los comuneros como defensa para frenar el asalto de los versalleses: la cronología de los incendios sigue los pasos del avance del ejército. Sólo muy pocos fueron incendiados con intencionalidad destructiva en medio de la desesperación de la derrota y de las matanzas gubernamentales y algunos por el propio ejército para desalojar a los comuneros que los defendían.

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