Si hoy hay una noticia que me ha despertado sobresaltada ha sido, sin duda, la polémica normativa aprobada en el Parlamento húngaro que prohíbe hablar de la homosexualidad en los programas escolares, que se prohíbe exponer contenidos sexuales a los menores de 18 años, que incluso prohíbe anuncios publicitarios donde aparezcan dos hombres, que prohíbe lecturas juveniles que pueda considerar perjudiciales, incluso podemos ver cómo se cuestionan películas que visibilizan la homosexualidad desde el respeto, la dignidad y el amor como puede ser el caso de Billy Elliot (como así indican opositores húngaros), y que tiene cargas de profundidad homófobas siguiendo la estela iniciada por Putin en Rusia, como señalan entidades de derechos humanos que comparan estas medidas legislativas con la ley rusa de 2013.